Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El cine, umbral de la experiencia mística

Juan Rubio de Olazabal

"Malick comparte la convicción del filósofo Stanley Cavell (The World Viewed) o del cineasta experimental Nathaniel Dorsky (Devotional Cinema) de que existe una conexión directa entre metafísica y representación cinemática" ("One Big Soul", Les Cahiers du Cinéma-España, sept. 2011).

Más allá de que consideremos apropiado el calificar a Terrence Malick de cineasta metafísico, su reciente Árbol de la vida supone una ocasión estupenda para retomar algunas preguntas esenciales en torno al cine, al arte y al sentido de la vida. Toda manifestación artística tiende, en general, a representar las inquietudes existenciales del ser humano y a intentar enriquecer su experiencia vital. Entonces, ¿qué tiene el cine de específico que contribuya a esta misión universal del arte? Aunque pudiera parecer improbable, podríamos decir que existe una estrecha relación entre la esencia formal del cine y la capacidad contemplativa del ser humano.

En el artículo antes citado, Reviriego lo explica con somera claridad: "No hay que creer en ninguna entidad superior para admirar profundamente El árbol de la vida (que es en esencia una plegaria, como la cúpula de la Capilla Sixtina), del mismo modo que no hay que creer en los milagros para sentir el asombro (o aquello que los teólogos llaman "éxtasis") frente a la trascendencia invocada en Ordet (Dreyer). No son obras que apelen a la religión, sino al cine en sí mismo como umbral de la experiencia mística".

Otro modo de decir que realmente no existiría un cine de género religioso como tal que aborde temas espirituales o figuras históricas de las religiones, sino que el hecho cinemático en sí mismo guarda una semilla de experiencia religiosa en su interior. Ya no podríamos hablar de lo religioso como un género dentro del cine, sino que el cine verdaderamente religioso sería el que mejor llevase a plenitud su esencia espiritual como arte. Es más: ¿acaso no es posible que exista cine de temática religiosa que sin embargo no proporciona una experiencia espiritual acorde con su naturaleza artística, y a la inversa? El cine se presentaría entonces como un marco único para acceder a una experiencia de lo intangible a través de la contemplación, independientemente de que los personajes y la trama escogidos tuvieran una conexión explícita con lo religioso. Llegados a este punto, el enfoque ha quedado claro, pero ¿puede esta peculiar visión del cine encontrar una justificación auténtica en las características propias de este arte? ¿Qué explica la naturaleza genuinamente religiosa del cine?

Los riesgos de este periplo a través de la esencia del cine y de su vocación religiosa nos obligan a recurrir a un guía de autoridad incontestable. "El principio consiste en que el hombre, por primera vez en la Historia del arte y de la cultura, había encontrado la posibilidad de fijar de modo inmediato el tiempo, pudiendo reproducirlo (o sea, volver a él) todas las veces que quisiera. Con ello el hombre consiguió una matriz de tiempo real" (Esculpir en el tiempo). Andrei Tarkovski, director ruso de arte y ensayo, se tomó más enserio que nadie la tarea de analizar el cine como arte autónomo e independiente del resto. Su conclusión, que el cine se apodera literalmente del tiempo y nos permite atesorarlo y controlarlo, tiene una consecuencia inmediata sobre nuestro modo de relacionarnos con este arte: la contemplación. Las páginas de Esculpir en el tiempo, la obra en la que Tarkovksi condensa toda su experiencia y su pensamiento estético, logran un fenómeno insólito: las observaciones sobre las características técnicas y estéticas del cine hacen continuamente referencia a su dimensión contemplativa. Parece como si lo técnico y lo espiritual se fundieran en una misma cosa. "Una imagen solo será realmente cinematográfica -entre otras cosas- si se mantiene la condición imprescindible de que no sólo viva en el tiempo, sino que también el tiempo viva en ella [...] El ritmo cinematográfico está determinado no por la duración de los planos montados, sino por la tensión del tiempo que transcurre en ellos". Al penetrar en la esencia del cine, Tarkovski descubre su facultad única para captar un hecho en toda su naturaleza, con toda la autenticidad de lo real: "el espectador va al cine buscando experiencia de la vida, porque precisamente el cine amplía, enriquece y profundiza la experiencia fáctica del Hombre mucho más que cualquier otro arte".

¿Por qué decimos que el cine constituye el umbral artístico de la experiencia mística? Porque por primera vez en la Historia consigue sacar al Hombre fuera del tiempo y le permite contemplarse a sí mismo en el tiempo, pero fuera de él. Hasta ahora no se conoce un modo más cercano a la superación de lo físico, a la elevación de lo terrenal a lo imperecedero. Salvo la oración, claro. No es casualidad que Tarkovski fuese un gran amante de las imágenes religiosas, y particularmente de los iconos que, siendo arte, constituyen una oración en sí mismos.

Como diría Nathaniel Dorsky, a quien mencionábamos en las primeras líneas, "ver una película conlleva unas tremendas implicaciones metafísicas: puede ser, en el mejor de los casos, una forma de acercarse a lo inefable y de hacerlo manifiesto". Con Tarkovski hemos encontrado una fundamentación estética para esta desafiante visión del cine. Y no significa que todas las películas deban parecerse a la filmografía del director ruso o de otro cualquier director de "cine-oración". Sencillamente, el arte cinematográfico tiene un potencial único y, cuanto más se desarrolle, más lo disfrutaremos tal y como es.

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