Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El hombre va infinitamente más allá del hombre

Fabrice Hadjhadj

1. ¿Por qué nos encontramos reunidos aquí? ¿Por una ceremonia protocolaria y afectada en la que cada uno habrá cumplido su función sin poner en ello el corazón? ¿Es por abrir una nueva "ventana de diálogo", como si aún se tratara de aumentar nuestros medios de comunicación o de quedar como hombres abiertos y tolerantes? Puede que esté reventando el murmullo de las conveniencias. Sin embargo, mi objetivo no consiste en provocar, sino en hacer una pregunta sencilla. Mi objetivo no es hacerme el excéntrico, sino ser un hombre que se dirige a otros hombres, por encima de las etiquetas y de las modas. Ser hombre, ante todo, significa esto: no vivir sin más, sino interrogarse por las razones de vivir. Esta pregunta surge con la crudeza de la tensión desgarradora en la que se encuentra el hombre: desea la alegría en la verdad y en la amistad, y sin embargo sabe que va a morir. Sí, todos, aquí, ya seamos ministros o bedeles, aspiramos juntos y moralmente a una beatitud. Y al mismo tiempo, todos, aquí, ya seamos embajadores o agentes de seguridad, estamos condenados, físicamente, a la decrepitud. De manera que, bajo la luz de los proyectores, y a pesar de la potencia de los micrófonos, una gran oscuridad y un gran silencio nos rodean...

2. Este cuestionamiento es, ciertamente, lo propio del hombre desde el origen. Es un animal que se sorprende de existir. ¿Somos simios evolucionados, primates elevados al colmo de la sofisticación? Lo dudo. Pues el colmo de la perfección para un primate consistiría en una agilidad suprema para moverse de rama en rama, o en una facilidad absoluta para conseguir plátanos. No consiste, sin embargo, en la capacidad de quedarse sin aliento, esa facultad que le deja a uno los ojos completamente abiertos, estupefacto y desarmado ante el vértigo de estar vivo. No consiste en esa inclinación por la contemplación que, por ejemplo, le permite a uno maravillarse de tal modo ante las rayas de un tigre que acaba olvidando el peligro de sus garras.
Algunos dicen que la aparición del hombre, a lo largo de la evolución, se debe a una mayor capacidad de adaptación al mundo. Al mismo tiempo, el hombre se presenta como un gran inadaptado: en lugar de vivir apaciblemente según sus instintos, busca un sentido, descifra el mundo como un bosque de símbolos, y desea un más allá, un más allá no necesariamente como otro mundo, sino como una forma de penetrar en el secreto de este mundo, de apagarlo en su misterio, y de beber de su misma fuente.
De este modo, todos tenemos aquí, ya seamos ministros o agentes de seguridad, la sensación de ser pasajeros o de estar de paso. No solamente por ser mortales; sino también, porque en nuestra vida misma, deseamos una superación, no necesariamente una superación hacia otro lugar, pues esto no sería más que turismo, y el turismo, en materia de espiritualidad, es más común de lo que imaginamos. Lo que deseamos, más bien, es una superación/un ir más allá en la intensidad de nuestra forma de ser aquí y ahora, los unos con los otros, sin hipocresía, en una verdad y una amistad profundas (reconozcámoslo, en cuanto rascamos un poco el barniz del decorum, vemos lo lejos que nos encontramos aún de esta verdad y de esta amistad, porque éstas supondrían que todas las máscaras se vinieran abajo y que nos quedáramos, espiritualmente, al desnudo).
Nietzsche nos lo recuerda: "Lo que engrandece al hombre no es ser una meta sino un puente: lo que puede ser amado en él es el ser una superación y una caída". Con esta frase, Nietzsche recuerda a Rousseau cuando éste dice que el hombre se distingue de otros animales no por su perfección, sino por su "perfectibilidad" y, sobre todo, parece retomar una afirmación de Blaise Pascal: "Sabed que el hombre va infinitamente más allá del hombre".

3. Este cuestionamiento del hombre que busca un más allá adquiere, hoy día, en este lugar, un significado particular. Pues vivimos hoy día la crisis radical del humanismo. Probablemente la mayor crisis a la que debemos enfrentarnos hoy día: no tanto una crisis financiera o ecológica o religiosa, sino una crisis antropológica e incluso metafísica. Nos encontramos en un momento único de la Historia, aun cuando las llamadas a un nuevo humanismo, como a un retorno de la Ilustración, no pueden ser más que signos de ceguera.
Cuando uno pretende fundar el humanismo en el hombre mismo, ocurre lo mismo que cuando se intenta levantar un edificio sin apoyo externo alguno: se derrumba. Para que el edificio se levante, necesita un suelo. Para que el hombre se eleve, necesita un Cielo. Lo que yo llamo Cielo, es una esperanza. Los otros animales se engendran por instinto. El hombre necesita razones para dar la vida. Sin estas razones, sin una esperanza, puede que no se suicide, porque su propia inercia le arrastrará a continuar su curso como un objeto en el vacío del espacio, pero ya no dará la vida, porque no verá motivos para tener hijos, pues todo acaba en la putrefacción. La esperanza no es la cereza del pastel, debe manifestarse incluso en nuestra carne, incluso en nuestro sexo. Los Judíos lo saben bien: es en su sexo donde se encuentra el signo de la Alianza con Dios, porque, si yo no creo en esta Alianza, ¿por qué continuar la aventura humana? , ¿por qué obstinarse en alimentar el osario? Esto es lo que hace único al hombre entre todos los animales: necesita elevarse hacia el Cielo antes de acostarse como debe con su mujer.
Es en esto en lo que el hombre va infinitamente más allá del hombre. Busca razones de vivir más allá de sí mismo. Aspira a una alegría que aún no ha alcanzado verdaderamente y de la que espera el cumplimiento en algo con forma, digámoslo, sobrenatural. Podemos retomar aquí un verbo inventado por Dante, y decir que el hombre está hecho para "transhumanar".

4. Pero ¿cómo "transhumanar"? ¿Qué debemos entender por "transhumanismo"? Esta palabra debe resonar especialmente entre estas paredes. Pues el sustantivo "transhumanismo" fue forjado en 1957 por el biólogo Julien Huxley, el primer director general de la UNESCO. Lo que resulta muy interesante, es que este primer director general de la UNESCO no interpretaba el término "transhumanismo" de la misma manera que Dante. Su pensamiento, incluso, va radicalmente en contra del de La Divina Comedia. Pero le aventaja en el hecho de que manifiesta la única alternativa que se plantea actualmente en el mundo moderno.
Al ser hermano de Aldous Huxley (autor de Un mundo nuevo), uno podría esperar que estuviese vacunado de toda tentación eugenista. Todo lo contrario. No es que Julian Huxley fuera inconsecuente, no, es que era de una extrema coherencia. En 1941, a la vez que los nazis gaseaban a los enfermos mentales, Julian Huxley escribía con cierta audacia: "Una vez controladas las consecuencias que implica la biología evolutiva, lo eugénico se convertirá inevitablemente en parte integrante de la religión del futuro, o del complejo de sentimientos, sea el que sea, que pueda, en un porvenir, ocupar el lugar de la religión organizada". Estas declaraciones fueron escritas en 1941. Pero es en 1947, cuando ya es director general de la UNESCO, cuando son publicadas en francés. En aquel momento no se cambió una sola línea. Ciertamente, Huxley era antinazi, socialdemócrata y antirracista (lo cual, de hecho, no le impidió escribir en el texto ya citado: "Considero absolutamente probable que los negros auténticos tengan una inteligencia media ligeramente inferior a la de los Blancos o los Amarillos"), pero Huxley pretendía sustituir las religiones tradicionales por la religión de las biotecnologías.
Por supuesto, aquí no se trata de montar un juicio a Julian Huxley. Simplemente, me gustaría poner de relieve una ideología que ha llegado hasta este lugar, ya que tuvo por ilustre representante a su primer director general. Si en 1957, este primer director general de la UNESCO inventa el término "transhumanismo", es para dejar de hablar de "eugenismo", una palabra difícil de manipular desde el eugenismo nazi. Sin embargo, la meta es la misma: la redención del hombre por la técnica. Cito el texto de 1957 que inventa el término y que plantea este nuevo principio: "La calidad de las personas, y no únicamente la cantidad, es a lo que debemos apuntar: una política concertada es necesaria para impedir la fuerte tendencia de la población a hundir todas nuestras esperanzas en un mundo mejor". El Better World de Julian no se aleja tanto del Brave New World de Aldous. Se trata, efectivamente, de mejorar la "calidad" de los individuos, igual que se mejora la "calidad" de los productos, y por tanto, probablemente, también se trate de eliminar o de impedir el nacimiento de todo aquello que parezca anormal o deficiente.

5. Ven ustedes que la definición misma del hombre es lo que está en juego en nuestro encuentro. Y por tanto el futuro mismo del hombre. El hombre busca un más allá. Es, por esencia, transhumano. Pero ¿cómo se realiza lo trans del transhumano? ¿Es por la cultura y la apertura a lo Trascendente? ¿O es por la técnica y la manipulación genética? ¿Es a través del misterio de la palabra? ¿O es por la voluntad de poder? Ciertamente, la UNESCO es una organización mundial dedicada a la protección y al desarrollo de las culturas. Pero también, como cualquier organización actual, es devorada por la logística tecnocrática, es decir: por el deseo de resolver los problemas en lugar de reconocer el misterio. Prueba de ello es la ambigüedad de su primer director general.
Bien, he aquí mi sencilla pregunta: ¿debemos tomar como director a Julien Huxley o debemos tomar a Dante? ¿Es en la facilidad técnica de vivir donde se halla la grandeza del hombre? ¿O bien se halla en ese desgarramiento, en esa apertura como un grito al Cielo, en esa llamada a lo que realmente nos trasciende? Fíjense bien, un transhumanismo producido por el hombre no sería un verdadero transhumanismo: no se vuelve al más allá de lo humano, reduciendo al hombre de este modo a un objeto técnico competente. Vuelvo a ello: la maravilla del hombre no está en su rendimiento; si el hombre no fuese más que una proeza mecánica, habría que deshacerse de todos los débiles. La maravilla del hombre se halla en el misterio de su presencia asombrada. No se halla en su eficiencia, sino en la epifanía de su rostro, sea el que sea, incluso si ese rostro es deforme, o el de un crucificado.

6. Nuestra modernidad ha llegado, por tanto, a un punto extremo, porque se nos abre la posibilidad de hacer realidad concretamente el transhumanismo en términos técnicos y de considerar a los hombres bricolajes arcaicos y obsoletos. Pero este extremo también supone una gracia. Nos permite, en contrapartida, acoger mejor lo que realiza nuestra humanidad: no un desarrollo horizontal de nuestro poder, sino una elevación vertical de nuestra palabra.
Esta es la oportunidad del Atrio de los Gentiles, tomar nota de esta situación nueva. No se trata solamente de un "diálogo entre creyentes y no creyentes". Se trata de hacer la pregunta sobre el hombre, y de reconocer que lo que constituye su especificidad no es el ser un super-animal más poderoso que los demás, sino el ser un receptáculo que acoge a toda criatura con amor, para volverla, por su palabra, por su oración, por su poesía, hacia su fuente misteriosa.

Traducido del original francés por Juan Rubio de Olazábal
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