Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El alma de Europa, ¿diluida en los mercados?

La tarea que tenemos por delante no concierne a Católicos y Judíos, o a Judíos y Cristianos, sino a Judíos y Cristianos por un lado, y por el otro a las crecientes y agresivas fuerzas secularistas de la Europa de hoy, que desafían y ridiculizan nuestra fe.

Cuando una civilización pierde su fe, pierde su futuro. Cuando recupera su fe, recupera su futuro. Por el bien de nuestros hijos, y por el de los suyos que aún no han nacido, nosotros -Judíos y Cristianos, lado a lado- debemos renovar nuestra fe y la voz profética de esta fe. Debemos ayudar a que Europa recupere su alma.

La idea de que los líderes religiosos salven el euro y la UE suena absurda. ¿Qué tendrá que ver la religión con la economía, o la espiritualidad con las instituciones financieras? La respuesta es que el mercado económico tiene raíces religiosas. Emergió en una Europa llena de valores judeo-cristianos. En la Biblia Hebrea, por ejemplo, la prosperidad material es una bendición divina. La pobreza quiebra tanto el espíritu humano como el cuerpo, y aliviarla es un deber sagrado.

Las primeras herramientas financieras del capitalismo moderno se desarrollaron en el siglo 14, en los bancos de las ciudades cristianas de Florencia, Pisa, Génova y Venecia. Max Webber detectó la relación entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo. Michael Novak hizo lo mismo con el Catolicismo. Los Judíos, que representan un quinto del uno por ciento de la población mundial, han ganado más del 30% de los premios Nobel de economía. Cuando le pregunté al especialista en economía del desarrollo Jeffrey Sachs por su vocación profesional, me contestó sin dudar, tikkun olam, el imperativo judío de "sanar a un mundo herido". El nacimiento de la economía moderna es inseparable de sus raíces judeo-cristianas.

Pero no estamos ante un equilibrio estable. El capitalismo es un proceso constante de destrucción creativa. El mercado mina los mismos valores que le hicieron emerger en un primer momento. La cultura del consumo es la antítesis profunda de la dignidad humana. Inflama el deseo, erosiona la felicidad, debilita la capacidad para posponer la satisfacción puramente sensual, y nos impide distinguir entre el precio de las cosas y su valor.

En lugar de ver el sistema tal y como lo hizo Adam Smith, es decir como un medio de orientar el interés personal al bien común, corremos el riesgo de transformarlo en un medio para potenciar el interés personal en detrimento del bien común. En lugar de tener un mercado acotado por principios morales, utilizamos al mercado como sustituto de los principios morales mismos. Si puedes comprarlo, negociarlo, conseguirlo y permitírtelo, entonces tienes derecho a ello -como dicen los anunciantes- porque te lo mereces. El mercado deja de ser un mero sistema para convertirse en una ideología por derecho propio.

El mercado nos ofrece posibilidades, de tal modo que la moralidad en sí misma se reduce a una serie de elecciones en las que el bien o el mal carecen de sentido más allá de la satisfacción o frustración del deseo. El fenómeno que caracteriza a la persona humana, la capacidad de emitir un juicio más allá de la inmediatez, de no sentir un deseo únicamente sino de preguntarse también si debería o no satisfacerlo, supone una redundancia. Cada vez nos cuesta más aceptar que puede haber cosas que podamos y queramos hacer, y que estén aceptadas por la ley, pero que sin embargo no deberíamos llevar a cabo porque son injustas, deshonrosas, desleales o degradantes. Cuando el Homo economicus desplaza al Homo sapiens, el fundamentalismo del mercado es quien manda.

Hay un dicho Americano muy sabio: nunca malgastes una crisis. Y la actual crisis económica y financiera nos ofrece una oportunidad fuera de lo común para detenernos y reflexionar sobre el camino que hemos tomado y adónde nos lleva.

Los instrumentos financieros son el núcleo de la crisis actual, las hipotecas subprime y la titulización de los riesgos fueron tan complejos que los gobiernos, las autoridades reguladoras, e incluso algunos de los propios banqueros fallaron a la hora de entenderlas y ver la extremada vulnerabilidad que les acompañaba. Aquellos que animaron a la gente a que pidiera hipotecas que luego no podrían pagar, han faltado a lo que enseña la Biblia: "no pondrás un obstáculo delante de un ciego" (Lv. 19, 14)

La acumulación de deuda personal y colectiva en América y Europa tendría que haber servido de alerta para cualquier persona familiarizada con el año Sabático y el año del Jubileo, instituidos en la Biblia, y que precisamente fueron creados por el peligro del endeudamiento. Aquellos que fomentaron esta actitud temeraria se protegieron a ellos mismos de las consecuencias, pero no a los demás. En definitiva, el fracaso financiero es el resultado del fracaso moral: un fracaso que supone una responsabilidad a largo plazo con las sociedades de las que formamos parte y con futuras generaciones que tendrán que pagar por nuestros errores. Considerar al mercado como un fin y no como un medio amplía aún más las dimensiones de este fracaso.
La Biblia ilustra de forma muy gráfica qué es lo que ocurre cuando uno deja de considerar el oro como un medio de intercambio para empezar a verlo como un objeto de adoración. El ídolo del Becerro de Oro. El antídoto contra este ídolo: el Sabbat, un día a la semana en el que ni se trabaja ni se contrata, ni se compra ni se gasta. Es tiempo dedicado a cosas que tienen valor, no un precio: la familia, la comunidad, y el agradecimiento a Dios por lo que tenemos, en lugar de preocuparnos por lo que nos falta. No es casualidad que en Gran Bretaña, el domingo y los mercados financieros fueran regulados al mismo tiempo.

Los mercados necesitan valores morales. Tendemos a olvidar que las palabras clave del mercado económico son profundamente religiosas. "Crédito" viene del latín credo, que significa "creo". "Confianza" viene del latín y significa "fe compartida". El fideicomiso (el "trust" en inglés) es un concepto moral y religioso.

Intenta llevar una economía sin confianza y sin fideicomisos, y comprobarás que es imposible. Fue la quiebra de la confianza lo que llevó a la crisis de los bancos. Y la confianza no puede ser creada por los sistemas. La confianza depende de una ética del honor y de la responsabilidad interiorizada por aquellos que regulan los sistemas.

Estabilizar el euro es una cosa, sanar la cultura que lo rodea es otra muy distinta. Un mundo en el que los valores materiales lo son todo y en el que los valores espirituales no significan nada, no puede constituir ni un Estado equilibrado ni una sociedad buena. Ha llegado la hora de recuperar la ética judeo-cristiana basada en la dignidad del Hombre a imagen de Dios. La Humanidad no fue creada para servir a los mercados. Los mercados fueron creados para servir a la Humanidad.

Publicado en The Times, el 12 de Diciembre de 2011 Traducción: Juan Rubio

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