Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Dietrich von Hildebrand: valor y verdad

Santiago Huvelle

Dietrich von Hildebrand nació en Florencia el 12 de octubre de 1889 en el seno de una familia de clase alta. Su padre, Adolf von Hildebrand fue un famoso escultor, y su infancia transcurrió en un hogar donde las artes y la cultura tenían un lugar prominente. Dado el reconocimiento que en vida tuvo su padre, su casa estuvo siempre abierta a eminentes personajes de la cultura del momento: pintores, músicos, escultores desfilaban por el domicilio de los von Hildebrand y el pequeño Dietrich disfrutó así de una esmerada educación estética. Su primera conferencia pública, siendo todavía un estudiante, discurrió precisamente sobre ello, "Materia y Forma del Arte". Sin embargo, sus contribuciones a la filosofía son sobre todo en el campo de la ética y la filosofía de los valores. Discípulo privilegiado de Edmund Husserl, amigo cercano de Max Scheler, von Hildebrand, dio un giro vital en 1914. Según relata su viuda Alice, su conversión a la Iglesia Católica fue el momento más importante y decisivo de su vida:
"A pesar de lo bella y gratificante que había sido su vida, de lo enriquecedor que había sido su contacto con la verdad y la belleza naturales, es ahora cuando estaba entrando en un mundo radicalmente nuevo, el mundo de lo sobrenatural, cuyo esplendor, sublimidad y belleza eran tales que todas sus anteriores experiencias eran pálidas en comparación. Estaba anonadado por una luz cuya existencia nunca había sospechado previamente"1

El camino que había empezado a recorrer a través del estudio fenomenológico de los valores morales, se vio ampliado ahora por la mirada enriquecedora de la fe. A pesar de que siguió contribuyendo en el ámbito estrictamente filosófico durante toda su vida, sumó también su interés por la teología, el estudio de los Santos Padres, y variados temas de espiritualidad. Pronto comenzó a sumar una amplia bibliografía sobre esta temática, entre los que destacan Liturgia y Personalidad, y el que es ya un clásico Nuestra transformación en Cristo. Su contribución fue tal que en 2001, el entonces Card. Ratzinger se mostró convencido de que "cuando en el futuro se escriba la historia intelectual de la Iglesia católica en el siglo XXI, el nombre de Dietrich von Hildebrand estará entre las más destacadas figuras de nuestro tiempo".
Si algo se percibe en sus escritos es un interés muy grande en contrastar lo propuesto por la razón con la experiencia, y viceversa. Aquella verdad de la que von Hildebrand estaba convencido, no podía dejar de anunciarla, aún a costa de su propia vida. Sin duda el valor de la persona humana fue una verdad para él irrenunciable. Frente al nacionalismo, inspirado en un colectivismo peligroso al individuo, Dietrich se opuso vigorosamente, a través de la palabra y la voz; sus conferencias contrarias a las ideas de las que se nutría el Nacional Socialismo despertó en el seno de dicha organización una clara conciencia del peligro que suponía éste pensador para el proyecto en marcha. Marguerite Solbrig, amiga de Dietrich, fue la primera en informarle sobre el peligro en que se encontraba; un conocido suyo, afiliado al partido le dijo: "Dietrich von Hildebrand es un traidor. Su nombre está en nuestra lista, y dispondremos adecuadamente de él, tan pronto como arrebatemos el poder"2.

Esta radical defensa de la verdad le llevó a vivir un sinfín de experiencias que podríamos catalogar de heroicas. Su oposición a los totalitarismos y en especial su abierta confrontación con la ideología dominante en Alemania, le llevaron a ser el foco de atención de las SS y a emigrar escapando de la muerte en más de una ocasión; pero no por ello cejó de defender la dignidad humana. En Austria primero, y luego en Francia, von Hildebrand no calló. El avance del nazismo lo llevó, en una odisea desesperada, a Portugal desde donde embarcó junto a su mujer y su hijo, hacia Rio de Janeiro. Dos meses después, viajaría a Nueva York; se asomaba el año 1941.
Su vida a partir de entonces seguirá el mismo impulso que le llevó a abandonar Europa, búsqueda de la verdad desde una razón amplia y defensa de la persona. Razón, voluntad y corazón, estos tres aspectos esenciales de la persona serán recurrentes en sus trabajos, y sus análisis serán un aporte sustancial a la reflexión de éstos.
La muerte le llegaría en 1977, en la misma ciudad que lo recibió en el exilio. Su vida y su "alma de león" emigrarían una vez más. Su legado, sin embargo, quedará con nosotros para siempre.

 

Notas:

1- ALICE VON HILDEBRAND, Alma de león, Ediciones Palabra, Madrid 2001. Pág. 139
2- Ibíd. 239

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