Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Malick y Berlioz

Juan Serrano Vicente

No voy a negar yo aquí que no haya influencias heideggerianas y existencialistas en la película. Primero, porque las hay. Segundo, porque no conozco tanto al profesor alemán como para corregir a personas que sin duda saben más de estos temas que yo. Tercero, porque no me interesa refutar teorías, acertadas o equivocadas en la medida en que el arte -y el Árbol de la Vida lo es- compete no solo al creador sino también al «veedor» (con término tomado del profesor Alfonso Pérez de Laborda, que me enseñó Antropología Filosófica, y a quien seguro cautivó Malick con esta película).

Lo que vengo a querer decir es que importa mucho lo que Malick quiera decir, pero importa más lo que uno ve en la película. Uno que se pone delante de ella seriamente, claro está, buscando entender y entenderse -y, por tanto, queriendo entender también al autor-. Y esto porque la obra de arte, siendo dependiente de su creador de un modo material e incluso formal, escapa a su control. El arte no es, en el sentido de pertenencia, de sus autores. Es de algún modo mucho más que ellos. Sería quizá excesivo, pero posible analógicamente, utilizar la categoría de inspiración tal y como la entiende la teología católica para hablar de la relación entre el artista y la obra de arte. Hay un espesor de realidad y de belleza que no es puesto por el artista, que le excede y le supera.

Aclarada esta premisa, que sin duda podrá no ser compartida, creo que lo que voy a decir es posible verlo en la obra de Malick. Desde hace varios visionados -la última vez que la vi hacía la octava-, empezó a formarse la idea de que El Árbol de la Vida puede entenderse perfectamente como un réquiem. Una Misa de Réquiem para ser más exactos. Cierto es que se pregunta por el sentido de la existencia -algunos hablan de un «cuestionable» trasfondo filosófico-religioso muy «new age»- e intenta indagar acerca de la vida-después-de-la-vida. Sin embargo, creo que es posible una lectura más profunda y mucho más personal: el camino vital ante la exigencia de justicia inherente al hombre por el hecho de ser hombre. No voy a intentar justificar con la biografía de Malick esta tesis, aunque es posible hacerlo. Porque creo que es más interesante tomarlo no como un trabajo personal del autor -que sin duda lo es- sino como un posible camino que todos los hombres pueden recorrer.

La piedra de toque de esta mirada son dos momentos de la película: la respuesta de Dios al justo -en este caso, la señora O'Brien- al principio de la película en lo que algunos han dado en llamar «imágenes metafísicas» y que son, creo yo, el modo en que Malick hace visibles las palabras de Dios a Job: «¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra? Indícalo, si sabes la verdad. ¿Quién fijó sus medidas? ¿Lo sabrías? ¿Quién tiró el cordel sobre ella? ¿Sobre qué se afirmaron sus bases? ¿Quién asentó su piedra angular, entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?» (Job 38, 4-7). Durante esta primera escena suena el Lacrimosa del Requiem for a friend de Preisner. El segundo momento es cuando suena el Agnus Dei del réquiem de Berlioz, al final de la película, cuando el Jack O'Brien adulto está atravesando la puerta que hay en el desierto a punto de llegar a la playa, donde se desarrolla la escena final de la película.

La clave de interpretación adecuada me parece la lógica retributiva: el hombre percibe que sus actos tienen consecuencias, e intuye una especie de ley según la cual todo debería regirse, que formulada asépticamente equivaldría al karma. Lo que sucede es que no se cumple siempre, de ahí la intuición -también racional y kantiana- de una especie de justicia divina que no se cumple aquí, pero que se debe cumplir al final si la vida tiene sentido. Todos estamos frente a esta pregunta fundamental, pero no todos la resolvemos del mismo modo. La respuesta cristiana, sin embargo, supone una diferencia radical en muchos aspectos; el primero y fundamental es que Dios mismo ha venido a romper la cadena de la lógica retributiva.

Jesús, quien en la concepción cristiana es la misma divinidad que se ha encarnado, es, por supuesto, el único justo. En este sentido, es sencillo comprender que Job no tiene ningún derecho a replicar a Dios y acusarle de injusto. Este hombre-Dios, el hombre Jesús de Nazaret, no solo es, en la concepción teológica católica, el que no cometió pecado -eso lo cumple Job-, sino que es la misma Justicia en grado sumo. Este justo, Dios mismo, es condenado a la muerte asumiendo sobre sí todo el mal de los hombres. No únicamente «sus pecados», sino propiamente «su pecado», es decir, toda la debilidad y la imperfección de los hombres. Lo que supone este descubrimiento con respecto a toda la historia de las religiones es superlativo: el círculo infinito de la lógica retributiva ha quedado roto para siempre. Es decir, lo que salva al hombre no son ya sus propios méritos, el bien que haya podido hacer a lo largo de su vida, sino los méritos del hombre Jesús.

¿Y qué tiene que ver esto con la película? Aquí viene, creo yo, el punto más interesante. Lo que hace Malick es dar una respuesta a la lógica y coherente pregunta desesperada de Job. A la justa acusación a Dios del hombre «justo» al que le va mal -ejemplos de un incumplimiento de esta ley kármica, al menos en el horizonte de esta vida, abundan en el Antiguo Testamento-, el director intenta oponer una lógica completamente nueva: solo Dios es justo. La primera respuesta de Dios ante el dolor inquisidor de una madre cuyo hijo muere injustamente es el Lacrimosa de Preisner con las imágenes que hacen visible la «fundación de los pilares de la tierra», en clara referencia a las palabras de Dios a Job. Malick «imagina» (pone imagen) el pasaje terrible en el que Dios contesta al hombre «justo» del Antiguo Testamento.

El otro pasaje del film donde Malick asume esta ruptura de la lógica retributiva coincide con el Agnus Dei de la Grande Messe des morts de Berlioz. Casi la música basta por sí sola para nuestro análisis. Un funeral, después de Cristo, no consiste en hacer memoria de las bondades del fallecido. Nunca. El hombre, por más «justo» que sea, no puede comprar la salvación. Y aquí la radical importancia del Réquiem: «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, dale el descanso eterno». Caben aquí ahora mil consideraciones acerca de otros tantos aspectos, pero baste con rescatar uno solo: la ruptura definitiva de la lógica retributiva es realizada por el Cordero sin mancha sacrificado el día de la Expiación. La salvación no depende ya -ni nunca más- del mérito propio, de hacerse digno. En todo caso, ser digno se reduce únicamente a la costosa constatación de que la salvación del hombre no depende del hombre, sino de aceptar un regalo. Y entonces es posible la libertad, una liberación total porque ya no es nunca más necesaria una autoafirmación del yo hasta el extremo: la salvación es la afirmación de un tú -Tú- que nos ha aferrado.

  • facebook (en nueva ventana)
  • twitter (en nueva ventana)
  • linkedin (en nueva ventana)