Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Sentir gratitud, saber a quién agradecer y saber cómo agradecer

Álvaro Abellán-García Barrio

Conferencia de clausura de la Escuela de Acompañamiento. Dr. Álvaro Abellán

Durante esta semana ustedes han reflexionado y vivido ese hermoso dinamismo del ser humano que arranca con la experiencia gozosa de encuentro, que forma o renueva en nosotros unas convicciones, que a su vez orientan e inspiran las decisiones importantes de nuestra vida. Ese es ciertamente el dinamismo del ser humano. Ahora bien, ese dinamismo atesora un ingrediente secreto que es necesario, pero que muchas veces pasa inadvertido. Ese ingrediente es el agradecimiento, y tiene tres momentos: sentir gratitud, buscar a quién agradecer y saber cómo agradecer.

Decía Chesterton que la prueba de toda felicidad es el agradecimiento. Fíjense bien: no la satisfacción por un trabajo bien hecho, sino el agradecimiento. ¿Cuál es la diferencia? Estamos satisfechos de lo que nosotros hemos logrado. Estamos satisfechos cuando alcanzamos los resultados esperados, o cuando recibimos un salario justo. La satisfacción es legítima, pero esconde todavía cierto repliegue sobre uno mismo, y nos mantiene en la lógica del tener o acumular cosas o experiencias. Cuando no estamos satisfechos, buscamos acumular lo que necesitamos para satisfacernos. Cuando estamos satisfechos, descansamos como quien ya lo ha logrado todo; y corremos el riesgo de abandonar la tensión propia de esta vida.

La felicidad es otra cosa; y no es hija de la satisfacción, sino del agradecimiento, que tiene otra lógica. Porque agradecemos lo que es gratis, lo que no nos merecemos. Lo que es don. Al sentir gratitud, lo que nos sale no es quedarnos satisfechos, sino corresponder. Por eso la felicidad no nos deja tranquilos y recogidos en nuestro sofá, sino que nos saca de nosotros mismos y nos impulsa a buscar a quién estar agradecidos y cómo agradecer.

Esta es la primera idea que quería compartir con cada uno de ustedes, como primera promoción de mentores ECyD. Que la prueba de la felicidad, la nuestra y la de los adolescentes, pasa por la gratitud. Ya lo saben, lo he visto en sus rostros durante estas dos semanas. Les animo a que preserven y conserven esas sensaciones cuando lleguen días más fríos, que vendrán. Y les pido que ayuden a los adolescentes a forjar en ellos, desde la experiencia de encuentro, un espíritu agradecido.

Vamos con la segunda idea. Uno siente gratitud sin necesidad de saber a quién estar agradecido. Todos conocemos a alguien que ama su propia vida, que valora a sus amigos, que adora las puestas de sol o le encanta contemplar el mar o las estrellas… y que, sin embargo, desconoce a quién le debe todo eso. Pues bien: la búsqueda honesta de aquel a quien debemos agradecer todo es una de las vías cordiales más firmes para encontrar a Dios. Permítanme que les ponga un ejemplo personal, que es tan mío como de ustedes.

Ciertamente, estoy agradecido de que Sonia me invitara hace ya casi tres años a impartir una conferencia sobre “la teoría del encuentro” a un grupo de legionarios, consagradas y formadores que empezaban a repensar el ECyD. Sé que Sonia y las personas allí presentes están agradecidas por mis palabras de entonces. Hasta ahí, todo normal. Pero lo que allí ocurrió nos cambió la vida a todos los presentes; y en cierto modo cambió la vida y el nombre del ECyD (sin cambiarlo, por cierto, lo cual daría para otra lección magistral sobre lo que significa ser original: que no es novedad superficial, sino la capacidad de remitir y actualizar el origen, de transfigurar la realidad gracias a quien todo lo hace nuevo). Lo que allí ocurrió es mucho más de lo que hicimos; y a la hora de reconocer lo que vivimos y de estar agradecidos por lo vivido, más allá de la cadena de “gracias” entre rostros humanos tuvimos que alzar la vista al cielo para dar gracias a quien nos regaló mucho más de lo que nosotros hicimos.

Alzar el rostro al cielo. Nuestra mirada busca al último responsable de todo lo bueno que nos ocurre, que es mucho más de lo que nosotros hacemos y de lo que otros hacen por nosotros… y se dirige, casi genéticamente, hacia arriba. Durante el curso pasado, el Instituto John Henry Newman convocó un concurso sobre la presencia de Dios en la cultura contemporánea. Ganó uno de los premios un grupo de alumnos que se limitó a unir, en un solo vídeo, multitud de secuencias de cine comercial contemporáneo en las que alguno de los personajes alzaba la vista al cielo. Era conmovedor observar esa búsqueda y presencia inconsciente de Dios en la cultura secularizada contemporánea.

Nosotros tenemos la ventaja de saber a quién agradecerle todo; y sabemos que a esa mirada al cielo responde otra mirada, con un rostro humano. Eso debería permitirnos encontrar en algunas palabras y expresiones de nuestra cultura esa presencia de Dios que late en toda expresión amorosa o agradecida, en todo anhelo honesto del hombre. Encontraremos allí una forma de diálogo con los adolescentes muy formativa.

Permítanme que comparta con ustedes este poema del agnóstico Mario Benedetti, que escribe como amante a su amada. Ustedes ya saben que el Antiguo Testamento toma al amante como metáfora de Dios y a la amada como metáfora del alma primero y luego de su Iglesia y de cada uno de nosotros. Saben también cómo se comporta el amor de Dios en la parábola del Hijo Pródigo. Desde esa luz que nos presta Dios, repasen conmigo este poema y díganme si no habla de Dios, aunque Benedetti tal vez no lo sospechaba:

«Cada vez que te vayas de vos misma

no olvides que te espero

en tres o cuatro puntos cardinales

siempre habrá un sitio dondequiera

con un montón de bienvenidas

todas te reconocen desde lejos

y aprontan una fiesta tan discreta

sin cantos sin fulgor sin tamboriles

que sólo vos sabrás que es para vos

cada vez que te vayas de vos misma

procurá que tu vida no se rompa

y tu otro vos no sufra el abandono/

y por favor no olvides que te espero

con este corazón recién comprado

en la feria mejor de los domingos

cada vez que te vayas de vos misma

no destruyas la vía de regreso

volver es una forma de encontrarse

y así verás que allí también te espero»

¿De qué tipo de amor escribe Mario Benedetti? ¿Qué idea de la fidelidad, del perdón, de la paciencia, incluso de la discreción o sutileza en el amor nos propone? ¿Quién puede amar así? ¿Quién puede enseñarnos a amar así? ¿Alguien puede amarnos así? ¿Nos sabemos amados así?

La segunda idea que quería compartir con ustedes es la de animarles a buscar, en cada palabra humana, la Palabra de Dios; en cada brizna de verdad, bondad y belleza, un regalo de Dios; en cada gesto de gratitud, el gesto de Dios. Si los adolescentes les descubren agradecidos en todo, si les descubren atentos a esa presencia que nos regala cada minuto de nuestra vida… querrán buscar con ustedes el rostro de aquel que, en última instancia, es autor de todos los regalos.

Por último, nos queda la cuestión del cómo agradecer. Esto es, sin duda, lo más difícil. Las decisiones y las acciones. Seguramente estén viviendo dentro de ustedes, ahora que se acaba el curso, dos sentimientos contrastados. Es decir, muy distintos, pero que se necesitan y potencian mutuamente. El primero: gratitud y entusiasmo. El segundo: el peso de la responsabilidad. Alguno lo formulará de esta forma: “¡Qué marrón!”. Y me gusta esa expresión, porque resalta la enorme tensión dramática entre esos dos sentimientos, tensión muy propia de los adolescentes y que el adulto trata de adormecer, a veces torpemente.

Fíjense qué dos sentimientos contrastados: a mayor agradecimiento, mayor sentido de la responsabilidad. A menor agradecimiento, menor interés por responsabilizarnos de nada. Esa tensión dialógica puede llegar a ser muy dramática. En última instancia, si estamos agradecidos a Dios por el don de la vida, debemos responder a Dios con toda nuestra vida. Es decir: que el cómo agradecer es nada más y nada menos que la traducción de esta otra pregunta: cuál es mi vocación y cómo respondo a ella.

Y como me siento hondamente agradecido por ser su padrino, no saben lo mal que lo he pasado buscando el cómo agradecerles este privilegio y tratando de encontrar las palabras más adecuadas o las menos desgraciadas posibles. Y permítanme que ponga en pie de igualdad acciones adecuadas y palabras adecuadas. Porque la palabra es la forma más noble de acción (nos distingue de los animales y permite la comunión entre nosotros y con Dios); y porque toda acción humana es palabra (es decir: expresa un sentido o sinsentido; expresa nuestra propia identidad). Esa unidad de acción y palabra a la que todos estamos llamados la ejemplifica magistralmente el Verbo encarnado.

Encontrar las palabras o los gestos adecuados nunca es cosa pequeña. Estoy seguro de que han hablado de esto durante la semana: cómo contarles a otros lo que nosotros estamos viviendo aquí estos días. Y esa es justamente una forma de dar gracias por lo que hemos recibido: darlo a los demás e incluso, como proponía el P. José, “escribir los mails adecuados”. Al buscar las palabras y gestos adecuados, nos sumamos a una tarea que ha preocupado y ocupado al hombre desde el principio de los tiempos. Y no hablo sólo de los grandes oradores,

… sino del amante que se declara a su amada

… del amigo que acompaña a otro amigo ante una desgracia

… de la madre que educa a su hijo

… del formador que acompaña a un grupo de adolescentes.

Estoy seguro de que ustedes han vivido dramáticamente este tipo de situaciones muchas veces; y en el fondo está la pregunta: “¿Dios, qué esperas de mí en este momento?” Pregunta, por cierto, que debemos hacernos en cada minuto de nuestra vida, si realmente la concebimos como un regalo.

Hasta los poetas, ¡que son poetas! Se encorajinan con ellos mismos ante la imposibilidad de encontrar las palabras adecuadas. José Hierro se lamentaba en verso diciendo: “¡Sin palabras, amigo, tenía que ser sin palabras como tú me entendieses!”. Y Pedro, cuando por tercera vez le pregunta Jesús resucitado: “¿Me amas?”, él… ¡Qué va a responder!: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”, con plena conciencia de la insuficiencia de cualquier palabra o acción que corresponda a las palabras y obras del Señor.

No me resisto a compartirles algunas estrofas del poema de Hierro, hondamente existencial:

«Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.

Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.

Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible,

la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.

Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.

Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,

yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.

Criatura también de alegría quisiera que fueras,

criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.

Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas

y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil,

y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,

y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde...

Si ahora yo te dijera

que es tu vida esa roca en que rompe la ola,

la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,

aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,

aquel niño que azota la mar con su mano inocente...

Si yo te dijera estas cosas, amigo,

¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,

qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?

Y ¿cómo saber si me entiendes?

¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?

¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?

¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,

poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses».

Aunque el también agnóstico José Hierro insista en que tenía que ser sin palabras, logra comunicarnos lo que pretende, precisamente, gracias a sus palabras. Ahora bien: no sólo por las palabras, sino porque son palabras como puentes: son palabras generadoras de encuentro. Son palabras agradecidas que desarman todas las corazas.

Ésta era la tercera y última idea que quería compartir hoy con ustedes. Que, en última instancia, el dramatismo entre la gratitud y la responsabilidad, no lo resuelve nuestra acción poderosa. Nuestra acción poderosa sólo puede rompernos, porque nunca va a estar a la altura de los dones recibidos. Tampoco lo resuelve la ceguera de olvidar que todo es regalo (lo que sin duda nos libera de esa tensión dramática, pero nos introduce en la lógica de las satisfacciones del yo). La tensión dramática entre el agradecimiento y la responsabilidad sólo la atempera nuestra actitud siempre agradecida, que trata de responder al dar gloria a Dios, humildemente, asumiendo nuestra limitación, con toda paz, dejándole obrar a Él, mostrándole a Él, reconociendo y poniendo en juego los inmensos he inmerecidos dones que nos ha dado.

Por eso creo que las palabras más adecuadas para este momento son las que ya otros compañeros en esta mesa han pronunciado: debo decirles a ustedes “muchas gracias” y debemos decir juntos, mirando al cielo: “Muchas Gracias”.

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