Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Tras los pasos de una generación de fuego

Gemma Sobrecueva

Cuando se escucha hablar de los escritores de la conocida "generación perdida", en el París de los años 20, lo común es pensar en un grupo de americanos que viajaron a París a vivir una vida bohemia, llena de excesos, de alcohol, de fiesta, de jazz, de mujeres. Nos los imaginamos sentados en los cafés escribiendo sus cosas, fumando cigarrillos y, como la concepción que a veces se tiene del artista, comportándose de forma bohemia. Para algunos, unos personajes dignos de admirar por su talento; para otros, unos parias de la sociedad que se dedicaban a la bebida y a la "buena vida".

Vivieron en una América en guerra que no les comprendía, en un contexto histórico, social y cultural gris y deprimente, el periodo de la post guerra, la América que se hundía. Pobreza, destrucción, hambre y a la vez prohibición, dualismo moral, puritanismo. ¿Dónde tenían cabida la verdad y la belleza del arte en una sociedad como esta? ¿Es posible que el artista, desde su pluma y su papel, se preguntara por el sentido y el futuro de esta desolación?

Comúnmente, cuando se hablan de las novelas de esta generación, se piensa en unos tipos que escribían de lujos y excesos como Fitzgerald con El Gran Gatsby, o de viejos grises y solitarios como Hemingway con El viejo y el mar. Sin embargo, en el fondo de su literatura hay grandes temas que tocan al hombre y que le hacen preguntarse por el mundo, por la realidad en la que vive y su lugar en ella.  

¿Por qué confluyeron, particularmente, este grupo de artistas en París en los años 20?

Hubo dos mujeres americanas que fueron decisivas para el establecimiento de esta comunidad artística en París: Sylvia Beach y Gertrude Stein. Esta última llegó a París en 1903; fue una escritora, poetisa y sobre todo una especie de “mecenas” del arte. Abrió un salón literario donde se reunían artistas vanguardistas (pintores, bailarinas, toreros, literatos, críticos, etc.) Tenía el suficiente dinero para comprarles sus pinturas y patrocinarlos, además les ayudaba personalmente a salir adelante, a cuidar de sus familias y les criticaba las obras, por lo que la tenían en muy alta estima. Por su salón pasaron varios artistas a los que les compró cuadros cuando aun no eran conocidos: Cézanne, Monet, Renoir, Daumier, Gauguin, Picasso, etc. Y por allí pasaban también escritores, como John Dos Passos, Ezra Pound, Erskine Caldwell, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck y Francis Scott Fitzgerald.  

Sylvia Beach llegó a París en 1916, fue una editora y librera. Como tal, abre la Shakespeare and Company, librería donde bullía la vida literaria parisina. No sólo los poetas y escritores podían intercambiar sus obras a buenos precios, sino que era como otro salón literario donde se intercambiaban ideas, se discutían obras y se encontraban entre amigos. En Shakespeare and Company solían estar James Joyce, Hemingway y Erza Pound. Allí llegaban las últimas obras publicadas que no se encontraban  en América. Por tanto, París era una ciudad perfecta para el intercambio literario: existían los espacios donde encontrarse, la retroalimentación que se buscaba y la ayuda financiera, importante para poder seguir escribiendo.    

“… it was not a generation of expatriates who found themselves in Paris in those years but a generation whose patria, wherever it may once have been, was no longer waiting for them anywhere” (Archibald MacLeish)

Acababa de terminar la Primera Guerra Mundial y en este periodo de posguerra es en el que escriben estos expatriados. Muchos de ellos vivieron la Guerra (ya sea en el frente o como conductores de ambulancias o vehículos militares) y se expatriaron a Europa, dejando atrás un periodo de consumismo en Estados Unidos (acreedor de los aliados), que creó en el mundo una euforia hacia el consumo excesivo, una fe a-crítica en el capitalismo y un exaltado nacionalismo. Empezaban los “felices años veinte”, los años dorados del derroche, donde el desenfreno, la publicidad y los créditos causaron una sociedad que se dedicaba a comprar y comprar. Esta locura finalizó en 1929, con el Crack del 29 y el inicio del periodo de la Gran Depresión. En estos felices años veinte (y en la etapa negra que los siguió) se sitúan los escritores que analizaremos y en este contexto escribían. Según Riley Fitch, Hewmingway y su generación “recurrieron al arte, esto es, al orden y la belleza, a la conservación de la palabra. El estilo sería una barrera en contra del caos y la pérdida de fe.”

Así pues, fue la posibilidad económica de vivir en París, la huida del puritanismo de su país, pero sobre todo coincidir en un mismo espacio y tiempo que permitían la creatividad, el intercambio cultural y un estilo de vida donde se podía escribir sin complejos y vivir de ello, todo esto, fue lo que unió a los artistas de esta generación. Pero, ¿por qué se les conoce como generación perdida o (en Francia) como la generación del fuego)?  

Se les llama así porque todos “sobrevivieron” a la Primera Guerra Mundial, vivieron los “felices años 20” y sufrieron el periodo de la Gran Depresión. Cada uno con su estilo propio, relata esa época dura de posguerra, la crisis, el materialismo de los americanos y la “gran ciudad” que traga a quienes la habitan. Fue una generación que reflexionó ardientemente sobre el hombre, lo que le sucede cuando atraviesa una crisis tan terrible como una guerra, la melancolía de tiempos mejores, la búsqueda de la felicidad en el escapismo de las fiestas, el goce, los excesos o el jazz. Si en Francia se les conoce como la Generación del Fuego, es porque tenían una pasión en su interior que “explotaba” en sus escritos y en sus fiestas, quizá con desencanto por haber visto al hombre en su peor condición (la guerra), pero con la esperanza, si así puede llamársele, de que las cosas no tendrían por qué ser así: que la guerra no es el estado del hombre, que la guerra lleva al hombre a la depresión (económica pero también personal).  

Quizá sea porque ha sido algo que hemos oído repetidas veces y en distintos contextos, hablar del “sentido de la vida” nos suena a tópico o a algo tan abstracto que resulta sumamente lejano. Pero, en realidad, no puede ser más cercano a nosotros, pues de ello depende el cómo vivamos nuestra vida y la posibilidad de alcanzar la felicidad que todos deseamos: la búsqueda de la felicidad depende del fin último que en nuestra vida descubramos o que a nuestro quehacer demos, y ese fin está conectado siempre con un porqué que determina el cómo de nuestro obrar.  

Como dice López Quintás, “nada hay más importante en la vida que llenarla de sentido”, y en ese deseo de encontrarlo se nos va la vida. En efecto, “el ser humano no se conforma con sobrevivir (…), mientras vivimos esperamos (…), sentimos un inextirpable anhelo de eternidad que se pone de manifiesto en las más genuinas experiencias humanas: el conocimiento de la verdad, el ejercicio libre del bien, el disfrute de la belleza y la entrega generosa a los que amamos”.  

Ese tipo de experiencias, inagotables para el hombre, y por las cuales es capaz de mirar hacia dentro y descubrir en él una cierta extrañeza, una misteriosa melancolía de algo que recuerda sutilmente y que le pone contra las cuerdas al cuestionarse su existencia, precisamente esto, es lo que lo impulsa a buscar un sentido a su vida. O también las experiencias del hombre que se ve rodeado de padecimientos, de dolor, de sufrimientos, que ponen en tela de juicio el que se le presente la vida como un regalo cuando en realidad se encuentra con miseria, pero está seguro de que debe haber algo más que sólo eso porque vislumbra atisbos de sentido en ciertos momentos de su vida, en personas con las que se encuentra o en instantes de felicidad. Este deseo de que eso sea lo verdadero, y no lo terrible otro, es querer dotar a la vida de sentido, pero mientras vamos descubriéndolo, “somos conscientes de que su satisfacción no está a nuestro alcance”. Este crear ámbitos de encuentro  es, según López Quintás, lo que puede dotar de sentido a la vida del hombre, merced a su actividad creativa, y llevarle a la felicidad que ansía.

Descubrir el sentido a través de la literatura (o más bien, gracias a la literatura), es saber leer entre líneas al artista que lo escribe y poder descubrirle y descubrirnos en la obra misma, que está viva y que habla a quien la lee con creatividad y con respeto. Todo hombre busca sin duda, de una manera u otra, en algún momento de su vida, el sentido de su estar en el mundo; pero el creador, el artista, puede poner en palabras y expresar en imágenes con una sensibilidad especial deseos y anhelos que nos hablan de un camino hacia una felicidad que a veces parece evidente, mientras que otras veces se percibe sólo confusamente (o ni siquiera se percibe) y se siente incluso como algo inalcanzable. Es por ello que a través de una obra literaria, o más bien junto con ella, la búsqueda de lo verdadero y de la felicidad del hombre, se nos hace conmovedoramente más cercana.

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