Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

150 años del nacimiento de Miguel de Unamuno. Entrevista a Alicia Villar

Santiago Huvelle (entrevistador)

Profesora Villar, Miguel de Unamuno se veía a sí mismo como un “sentidor de los problemas últimos”; su manera de entender la filosofía lo acerca a autores como  San Agustín, Pascal, Rousseau o Kierkegaard. ¿Qué le exige, en definitiva, a la filosofía?

Miguel de Unamuno buscó una visión integral del mundo y de la vida, y en “Del sentimiento trágico de la vida de los hombres y de los pueblos” indicó que esta visión surge de un sentimiento previo respecto a la vida misma. En el primer capítulo de esta misma obra, citó a San Agustín, Pascal, Rousseau y Kierkegaard, como ejemplos de hombres de carne y hueso, hombres cargados de sabiduría, más que de ciencia. Para Unamuno la filosofía se plantea del para qué de las cosas y de la vida, su finalidad.

Su filosofía puede parecer asistemática, pero la reiteración de determinados temas esenciales otorga una cierta unidad a su pensamiento.

¿Explicaría esto la enorme variedad de géneros literarios que emplea?

Muchos de sus preocupaciones centrales se expresan en obras muy distintas, por ejemplo lo que llama el “problema de la Esfinge”, el tema de la muerte, se plantea en “Del sentimiento trágico de la vida”, en un drama con el mismo nombre, y en poesías,  ensayos y relatos.  

En todo caso, Miguel de Unamuno es un autor con múltiples facetas que en ocasiones convergen.

En una de sus Meditaciones evangélicas, Unamuno escribe “El alma de cualquiera de nosotros samaritanos espirituales, va un día como los demás a sacar agua al pozo tradicional, al tesoro de la ciencia y del consuelo humanos, al estudio”. Sin duda uno de los temas que más preocupan al filósofo es el auge del cientificismo. ¿Qué es lo que más critica Unamuno de la pretensión cientificista?

Unamuno entiende que el cientificismo es una especie de idolatría, que niega la posibilidad de acceder a la sabiduría por otras vías distintas a las del método científico. Se rebela contra el reduccionismo de cualquier signo y contra aquellos que califican de locos  a los que tratan de adentrarse en misterios e incertidumbres que la ciencia no puede resolver. Reconoció la importancia de la ciencia, pero criticó a aquellos que levantan un altar a la ciencia (“Amor y pedagogía”) y advirtió que el cientificismo arraiga cuando la ciencia lleva una vida lánguida.  

Admiró a los auténticos científicos, como Darwin y a Ramón y Cajal. El 22 de febrero de 1909, pronunció un Discurso en la Universidad de Valencia, con ocasión del I centenario del nacimiento de Darwin, y le calificó como “uno de los hombres más grandes que el género humano ha producido”.

Volviendo sobre esa preocupación central que mencionaba, “el misterio de la Esfinge”, ¿cómo aborda Unamuno el tema de la muerte?

Este tema resulta central desde su crisis espiritual de 1897. Se recoge como tal en sus anotaciones del “Diario íntimo” y en sus “Meditaciones Evangélicas”. En la primera de ellas, llamada “El mal del siglo”,  considera que la fe en el progreso o el remedio estético, la belleza por la belleza, son falsos consuelos cuando se confrontan con el hecho de la muerte y que todo sea perecedero. Entonces, ¿para qué todo?, se pregunta.

El tema de la muerte y el deseo de pervivencia no sólo es el eje “Del sentimiento trágico de la vida”, sino que también se anticipa en “Mi confesión” y en el “Tratado del amor de Dios”, obras que quedaron inéditas hasta los años 2011 y 2005.

Para Unamuno, como para Spinoza, la esencia de cada ser es perseverar en el ser por tiempo indefinido, de ahí el anhelo de pervivencia. Miguel de Unamuno se plantea profundizar en la experiencia y en la conciencia de este anhelo, y en las diversas formas de otorgar un sentido a la existencia.

Previo a la publicación de Del Sentimiento trágico de la vida, el filósofo habría comenzado trabajando en el Tratado del amor de Dios. ¿Se podría hablar de un Unamuno del amor a la vida?

Efectivamente, en algunas de sus cartas indica que porque ama la vida, la quiere inacabable. Se preocupó del tema de la muerte y reflexionó sobre la necesidad de pervivencia y de consuelo. Piensa que sólo a la luz de la muerte se ve en claro en la vida.

En “Mi confesión” aborda lo que llama erostratismo, la búsqueda de la fama a cualquier precio y que expresa la necesidad de pervivir. Después, en 1905, al terminar “La Vida de Don Quijote y Sancho”, comenzó un “Tratado sobre el amor de Dios”  y trabajó en esta obra durante años. Con el tiempo se transformó en “Del sentimiento trágico de la vida” donde expresa su deseo de una vida inacabable, y el conflicto entre la razón y el sentimiento. De ahí deriva una ética que se fundamenta en la compasión. Observa que el amor compadece, y compadece más cuanto más ama. Así se llega a compadecerlo todo, al amor universal (DSTV, cap. VII).

¿Con quién busca dialogar y qué busca despertar con su obra?

Según los escritos. Su obra ocupa más de 12.000 páginas y fue un intelectual que participó en múltiples debates, de orden social, político, literario, filosófico. Denunció y se enfrentó con el dogmatismo y la intolerancia, de distintos signos.

En sus ensayos espirituales buscaba despertar la interioridad dormida, despertar del “sueño de la inconsciencia”. Entendía que era una forma particular de ejercer la misericordia. También quería vivificar el cristianismo.

Por último, ¿en que reside la actualidad del pensamiento de Unamuno?

A mi juicio, resulta actual por varios motivos. Por una parte, por su compromiso con las circunstancias de su tiempo. Conocer sus escritos es conocer nuestro propio pasado, sus tensiones, debates y conflictos.

Por otra parte, muchos de sus escritos incitan a pensar y ahondar en las grandes cuestiones. Finalmente, fue un intelectual que se abrió a la espiritualidad y que combatió los reduccionismos de cualquier signo. Destacó la importancia de la creación de ideales que permitan llevar una vida más plena.

Imagen-ICONO: Unamuno visto por Ramón Casas, Museo Nacional de Arte de Cataluña

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