Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Ni muy sosa ni muy salada

Santiago Huvelle

Quien se planta ante la obra de Sebastião Salgado no puede dejar de reconocer que se encuentra ante un hombre extraordinario, ante un artista que posee una sensibilidad exquisita, una mirada enriquecida y enriquecedora. Tampoco puede uno dudar de su labor como fotógrafo social, que dio a Occidente la oportunidad de conocer su vergüenza. Y por último, alabar su compromiso y valentía ante su propia vocación, que le llevó a abandonar una situación cómoda –un trabajo bien remunerado como analista económico– para perseguir una llamada incierta pero poderosa.

Salgado ha sido testigo de las entrañas desparramadas del mal, ha visto morir a niños pequeños a causa del hambre –una cuestión de reparto, afirma –y ha visto como el afán de dominio y los deseos oscuros de los hombres desembocan en una violencia tan abrumadora que no duda en llamar al hombre el animal más violento que ha pisado la tierra. Es tan terrible lo que han visto sus ojos que por un tiempo la cámara de Salgado enmudece. Su visión del hombre está en ruinas. Al borde del abismo, lo salva el descubrir que el hombre y la naturaleza son uno, todo ello gracias a la experiencia de reforestar las áridas tierras de su finca. A partir de entonces, Salgado empleará su cámara en retratar la inmensa naturaleza, y al hombre como parte de ella, cuyos más puros representantes son una tribu de Brasil aislada y por ello no contaminada por el hombre blanco.

El fotógrafo, posa su mano sobre un árbol joven que llegará a su madurez dentro de 400 años explicándonos cómo somos nosotros parte de un ciclo que se renueva siempre, y que en este reposado pensamiento podemos recuperar la imagen rota del hombre. Final del documental y créditos. Los hombres somos la sal de la tierra, se dice en el documental, pero cuidado, no seamos demasiado hombres o la tierra quedará muy salada y morirá. Ni muy sosa ni muy salada, al ritmo de la naturaleza.

Sebastião Salgado: Oil Field, Kuwait, 1991 ©Sebastião Salgado

Ahora bien, lo que sí se puede poner en duda es la figura barnizada que nos presentan Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado. El documental La sal de la tierra (2014) tiene algo de hagiografía secular, en la que se incluyen pensamientos y enseñanzas del santo. Cuando digo que el documental nos presenta a un Sabastião santo, no pretendo afirmar que se trate de un héroe moral, nada de eso. Pero es que un santo no es un buen burgués, lleno de buenas obras y conciencia tranquila. De hecho la dimensión moral del artista no forma parte de los rincones revelados por la cámara de Wenders y Ribeiro. Pero el barniz de santidad brilla en el fotógrafo sentado, paciente y meditativo, en el bosque que él y su esposa han plantado. Es la estampa viva de un santo oriental (de hecho, la vida del fotógrafo tal como ésta es presentada en el documental tiene ciertos paralelos con la del príncipe Siddhartha: el reino que va a heredar y que rechazará se ubica en la City londinense, las experiencias de sufrimiento y muerte se llaman Etiopía y Uganda, sigue una época de silencio, y llega la iluminación debajo de un árbol llamado Instituto Terra).

El final del camino parece inevitable; el horror de lo humano ha conducido al artista, que no carece de sensibilidad y espiritualidad, a volverse sobre un estrato anterior, la naturaleza, y de ubicar allí al hombre para salvarlo. Frente a este diagnóstico y esta cura, quisiera traer aquí a un italiano que conocí en Etiopía, que no ganó un premio Príncipe de Asturias, ni posee mucha sensibilidad (toca el acordeón, canciones del tipo Old MacDonald had a farm), y sobre todo, se horrorizaría ante cualquiera que hablase de él como un santo (no lo voy a hacer yo, aunque a alguno se lo parezca): abba Angelo. Salesiano de la misma edad que Sabastião, vive en África hace más de 40 años. Es cojo, debido a un accidente que involucró una moto y un camello (el camello no sufrió daño importante, la moto sí). Recibió un disparo, y salvó la vida cuando lo dieron por muerto. Declarado enemigo de las cobras (las cobras matan muchos niños, por lo que me dijo), ha recibido más de una picadura. Cuando lo conocí estaba intentando poner en orden sus papeles para volver a Eritrea, después de que el tiranillo de turno lo hubiese expulsado de allí junto a otros misioneros. La verdad es que no sé si abba Angelo sigue vivo, si está en Etiopía o Eritrea. Lo que no me cabe duda es que no está en Italia, pues marchó hace años de allí para no volver; se fue muy joven con deseos de perder la vida, porque entendía que ser sal en la tierra implica entrar alegre en la muerte.

Ahora bien, el querer morir de esta manera es todo lo contrario al volverse abono de la tierra para continuar el ciclo según la filosofía-panteísta del discurso final de Salgado sentado en su bosque. La imagen del hombre es distinta, no porque el salesiano sea un ingenuo y no conozca el horror –lleva cuarenta años allí donde el horror se manifiesta con tanta claridad. La imagen del hombre rota en mil fragmentos debe ser reconstruida mirando la imagen modelo, el arquetipo llamado Cristo. Y esta reconstrucción es lo que entiende el cristiano al oír el mandato de Dios: ser sal en la tierra.

La sal de la tierra que nos presentan Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado queda difuminada; la que se presenta en los Evangelios, en cambio, es clara. Ser sal es un mandato de Cristo y conviene captar en primer lugar qué significa ser sal. A mí me gusta (aunque puede escandalizar un poco) como lo dice Kierkegaard, “ser sal no es ser para sí, sino ser para el otro, es decir: ser sacrificado”. Otra manera de entender lo que significa ser sal, es falsa. Por muy bonita que quede en el encuadre.

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