Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

La antropología teológica de Marko I. Rupnik

Reseña Santiago Huvelle

¿Qué implica decir el hombre? Olivier Clément sugiere en la Introducción que se trata de una historia, “la historia del amor loco de Dios que, mientras <dice>, <hace> al hombre” (p. XVIII). Esta historia es la que se propone contar Marko Ivan Rupnik, SJ. en su ensayo Decir el hombre, que la Biblioteca de Autores Cristianos y el Instituto John Henry Newman de la Universidad Francisco de Vitoria han tenido a bien publicar, en una nueva traducción de Pablo Cervera Barranco.

La obra respira a dos pulmones, según el decir de Juan Pablo II, y sin duda la lectura de Soloviev, Bulgákov o Berdiaev que se aprecia a lo largo de las casi trecientas páginas aportan un ángulo fresco y novedoso al lector de Occidente. Pero es sobre todo en el diálogo Modernidad-Padres de la Iglesia donde el autor inserta lo mejor de su síntesis teológica. Así por ejemplo, el autor propone recuperar la relación creadora entre Dios y el hombre de la teología de san Gregorio Nacianceno:

“El hombre <llega a ser> cuando, literalmente, es llamado a la vida con la Palabra que Dios mismo le dirige. Así pues, en cierta manera, el hombre ha sido creado en el corazón de Dios puesto que Dios era, desde el principio, el Logos, la Palabra, o sea, la conversación. El hombre es un ser llamado a la existencia como interlocutor de Dios. Para Gregorio, la dimensión dialógica, la dimensión de la conversación, de la comunicación, es la verdad más profunda del hombre” (p. 64).

La vida del hombre se entiende en estas coordenadas como un responder incesante a la llamada de Quién lo ha dicho por vez primera. Y que, al decir el hombre, no sólo lo crea sino que crea a su vez el horizonte relacional de su existir, lo crea llamándole, iniciándolo en una conversación en la que no está sólo sino ante Alguien que escucha y espera paciente y anhela oír su voz.

Este diálogo adquiere todo su peso en la Palabra encarnada, en Cristo; el hombre creado a imagen de Dios ve en Cristo el camino para realizar la semejanza. “En los fundamentos de la persona está inscrita la Santísima Trinidad” (p. 88). No hay otro modo de iniciarse en la comprensión del hombre que no sea introduciéndose en la lógica del amor. Por ello dedica Rupnik varias páginas a describir el principio agápico y la participación del hombre del amor trinitario.

Consciente de los obstáculos que el hombre se ha levantado para conocer a Dios e iniciarse en esa educación del amor tan necesaria para entenderse a sí mismo, Rupnik realiza un repaso a los malentendidos y rechazos de la modernidad que han derivado en un conocimiento de la realidad amputado. Sólo un conocimiento integral, que incorpore lo que en la Biblia se entiende como <conocimiento del corazón> es capaz de dejarse asombrar por lo que se le da, “de ver al otro y de reconocerlo como tal, de constatar su diversidad, incluso radical, y al mismo tiempo estar unido a él” (p. 129). No se trata de hablar de Dios, imponiéndole la distancia del objeto, muerto e incapaz de comunicarse, dice Rupnik, sino de hablar a Dios, afirmando toda la importancia de Dios como sujeto activo, que se revela a sí mismo porque así lo quiere, absolutamente libre. Esta apertura de la razón, del hombre todo él, a la verdad es indispensable en la teología, ciencia que no siempre ha seguido este principio:

“Evagrio afirmaba que el teólogo es el que ora. San Buenaventura decía que se hace teología para comprender cómo se santifica el hombre. Ignacio de Loyola exigía que el estudio de la teología se apoyase sobre una experiencia de fe fuerte y personal” (p. 134).

En las coordenadas de esta reflexión sobre el lenguaje para el conocimiento de Dios, Rupnik dialoga con el pensamiento de Ivanov en torno al símbolo. En la revelación Dios se da a conocer de manera personal, y el lenguaje que se crea en ese encuentro es el símbolo. Una de las características del símbolo es dejar al cognoscente en la libertad de acoger o no acoger la comunicación a la que invita,

“El símbolo obra comenzando a mover en la esfera profunda, experiencial del hombre, los contenidos que en un primer momento aparecen a la persona como a-categoriales. La persona percibe mociones, intuiciones. Nacen pensamientos, sentimientos, pero todavía no tienen un rostro netamente descifrable. Y precisamente la persona es llamada, a través del símbolo mismo, a retraducirlo, reinterpretarlo y sobre todo codificarlo, es decir, a darle una estructura categorial” (p. 157).

Esta flexibilidad relacional del símbolo, que integra todos los lenguajes, interpela a todo el hombre. Todo él participa de este privilegiado modo de conocimiento, y de una manera particular, obra sobre él la memoria, la memoria comunitaria y la tradición. En el símbolo el hombre puede iniciarse en el conocimiento del Dios que se revela, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de la descendencia y de la historia que acompaña al hombre, de un modo privilegiado; a través de la comunidad que le ofrece el símbolo, al cual accede de un modo incondicionalmente libre y personal, desde su circunstancia histórica concreta y su ser único.

Los capítulos finales del libro abordan la historia del pecado, la de la imagen distorsionada, y el amor redentor del Padre que entrega al Hijo y salva: Cristo revela a Dios, y al mismo tiempo descubre el hombre al hombre.

Decir el hombre es un ensayo teológico que no busca hablar de, sino hablar a Dios. Invita al lector a sumarse a este camino, consciente de que la antropología más auténtica comienza allí donde la Palabra resuena: en el corazón del hombre que busca y responde a la invitación de ser transformado en Dios.

Santiago Huvelle es licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, donde actualmente cursa el programa de doctorado con una tesis sobre el filósofo S. A. Kierkegaard. Desarrolla su labor investigadora en el Instituto John Henry Newman de la Universidad Francisco de Vitoria.

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