Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Preguntar es creer que en algún sitio hay una respuesta

Pablo Velasco

“¿Es posible que exista Alguien cuya llamada condicione nuestra existencia?” Con esta ambiciosa pregunta abierta a todo tipo de interpretaciones (con esa provocadora A mayúscula), termina la sinopsis que la editorial Libros del Asteroide ofrece para El libro de Jonah.

Jonah Jacobstein, joven y exitoso abogado neoyorquino, en pleno cénit de su carrera profesional y personal, con las llaves de un lujoso loft que está a punto de alquilar, se refugia en el metro durante una fuerte tormenta. Allí tiene un encuentro que marcará toda la novela: contraviniendo toda norma de comportamiento de los habitantes de Nueva York, decide iniciar una conversación con un desconocido. Se trata de un judío jasídico, “un judío cuyo judaísmo parecía caracterizarse por una certidumbre que le consumía la vida”. Tras ese encuentro tiene una extraña visión en medio de una fiesta que lo cambiará todo. Aunque Jonah hace todo lo posible por olvidarla, será solo la primera de unas cuantas alucinaciones, dudas, y decisiones (algunas más improvisadas que otras) que pondrán su vida patas arriba. Porque lo que realmente ha pasado en su vida es que se despierta en él una conciencia iluminada, un motivo que le hace interpretar de un modo nuevo y verdadero la realidad (por cierto que está podría ser perfectamente una magnífica definición de profeta).

A partir de ahí, Jonah, que no de forma inocente comparte nombre con aquel al que se tragó la ballena, reconoce que su vida cotidiana no se ajusta a esa verdad que ha podido percibir en esos momentos excepcionales. Reconoce en él “la sensación de una expectativa inconsciente por fin cumplida”.

Y comienza el espectáculo. La constatación de que las cosas de este mundo no le satisfacen plenamente provoca reconocer en él una tendencia al infinito.

La primera reacción es buscar un culpable. Seguro que ese hombre, el jasídico “le echó una maldición”.  También llega a pensar que quizá es mejor no plantearse ninguna cuestión, volver a la cotidianeidad, a lo esperado: “¿Qué podría interrumpir todo eso o alterarlo? Tal vez, a fin de cuentas, había enloquecido. A lo mejor, si conseguía agarrarse a lo vulgar, a la energía y a la regularidad de lo que le rodeaba, todo iría bien”.

Pero también se plantea otra hipótesis explicativa: Constata que en su experiencia “siempre había un ‘y sin embargo’. Había visto cosas tan reales y tan vívidas que no podía alejarse de ellas así como así. No podía abandonar la esperanza sin más.  … ¿pero por qué su fe nunca era más que un ‘y sin embargo’, por qué no era más poderosa que una salvedad, una nota al pie o una sospecha? ¿Por qué cuando intentaba asirla no la sentía más firme que si agarrara un carámbano?”.

En este asombroso desarrollo del personaje conoce casualmente a Judith Klein Bulbrook, una mujer inteligente y profunda, también con orígenes judíos, con una vida marcada por la tragedia tras la que no para de preguntar “¿Dónde estaba Dios?” en ese momento, y  que hace irremediablemente compararla a otro profeta de la Biblia, Job: “Cualquier Dios en el que valga la pena creer no habría permitido” esa tragedia. “Sabía que esta opinión no era más que otro tópico, pero se lo perdonó porque no cabía duda de que era cierta”.  Sus destinos quedarán ligados.

El libro de Jonah es la primera novela del dramaturgo residente en Brooklyn Joshua Max Feldman. Una magnífica obra lleno de preguntas y de fe. Porque preguntar es creer que en algún sitio hay una respuesta. Porque cuando se suprimen las preguntas muere la fe. Porque cuando se aceptan respuestas superficiales,  la fe se desvanece. Porque como afirma el rabino Jonathan Sacks: “la fe no es lo opuesto a la duda. Lo que se opone a la fe es la certeza superficial de que lo que conocemos es todo lo que hay”.

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