Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

V ciclo de cine universitario de la UFV

Aaron Cadarso

Durante el V ciclo de cine universitario de la Universidad Francisco de Vitoria guiado por el profesor Juan Pablo Serra, se visionaron una serie de películas que muestran desde muchas perspectivas un asunto tan cercano como lejano y sin ninguna duda capital como es el amor para el hombre.

El amor en el cine más convencional es retratado como una formula cíclica, un viaje de tres fases: encuentro, desencuentro y la decisión final. Pero no cabe duda que el amor, a pesar de ser aparentemente tan cercano, es un quebradero de cabeza para aquellos realizadores que quieren capturarlo de forma fehaciente en el séptimo arte y como no, para el propio hombre que se interroga a sí mismo.

Definir las líneas definitorias de las relaciones humanas es un reto para nuestra vida. ¿Qué hago? ¿Qué es lo que quiero? En la película “Esa cosa llamada amor”, sin querer entrar en muchos detalles de la película en sí, sus protagonistas aparte de querer tener éxito en la música country estaban desesperados por enamorarse. ¿A toda costa? Lo cierto es que se palpa una falta de un “modelo amoroso” sólido y convincente. El posmodernismo ha generado que aquellos cánones de enamoramiento se hayan ido perdiendo debidos, insisto, a una falta de modelo ético de amor, de relación. El individuo se diluye ante la indecisión que le proporciona su libertad. ¿Por qué debo comprometerme con alguien? Los tiempos cambian y el cine lo detecta mostrando tramas como ésta, que ejemplifican la falta de modelos amorosos clásicos como El hombre que mató a Liberty Valance donde James Stewart y John Wayne representan diferentes formas de mostrar el amor hacia una mujer. Con dialéctica o con tozudez, pero siembre de forma honorable y honesta.

El individuo de hoy en día suele pensar más en el “yo” que el “nosotros”, la falta de compromiso por una meta común agoniza de dudas y miedos; de ahí que sea lo más normal del mundo si sucumbimos a los pasteles del mundo materialista.  Como hijos de nuestro tiempo, la actualidad –en aspectos referidos a las relaciones amorosas–, cruje sobre suelo podrido. El anhelo por la inmediatez en todos los aspectos de la vida a propiciado una desvirtuación de la escala de prioridades que antaño colmaba el amor. El amor ha sido la tele de nuestros ancestros hasta que nosotros inventáramos la caja tonta muchos años después. Cuando alguien voluntariamente quiere enamorarse se equivoca de cabo a rabo pues enamorarse supone una entrega, una verdadera apertura que propicia la locura de amar a alguien más que a uno mismo. Ese paso, dejando atrás los intereses personales es la llave para poder hallar un terreno fértil alejado de previsiones miedosas de futuro. Esta utopía romántica no hace más que alejarse cada vez que chocamos con ese tímido anhelo de reconocer al otro como meta vital, la necesidad de redescubrir a mi semejante.

Un director que no deja a nadie indiferente y que su máxima ha sido siempre retratar un mundo carente de amor para demostrar su importancia, es Michael Haneke. En el ciclo se trabajó la formidable “Código desconocido” relato de realidad de varias historias entrelazadas que muestran personajes de distintas clases sociales, en un desasosegado París de finales de los años noventa, destinados a que cada uno de ellos configure el mosaico de dolor y dudas en la que está sumido occidente respecto hacia el camino redentor del amor.

En la trama se palpa una violencia silenciosa entre padres e hijos, novios… la violenta paz silenciosa que vivimos en el primer mundo. Haneke quiere representar esta torre de Babel que nuestra civilización está empeñada en levantar, la gran torre de éxito por encima de los demás, un gran inútil monumento destinado a la incomunicación.  El hombre contemporáneo es incapaz de comprender que hay una alternativa a esa utópica torre destinada a la incomunicación, pues quien cree que vivir sin amor es posible debe reconocer que, lo que está haciendo en realidad, es vivir el sinsentido.

Si queremos comprender que el pegamento social, el motor del mundo requerido para edificar nuestra torre vital es el amor, descubriremos que amar es hacer feliz a alguien y al hacer feliz a alguien daremos sentido a nuestra vida  pues nos daremos cuenta de que al amar no edificamos una torre sino que empedramos un camino. ¿Hacia dónde? Hay un camino propio de quienes aman, y quien ama conoce y quien conoce en realidad re-conoce. ¿Qué reconoce? El camino a casa.

Aaron Cadarso es licenciado en Comunicación Audiovisual por la UFV con título propio en cinematografía. Actualmente escribe críticas cinematográficas para el medio Revista Red Carpet. Trabaja como gestor de la web del Instituto John Henry Newman con funciones de redactor y community manager.

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