Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

La soledad del hombre de fe

Cincuenta años después de la aparición de La soledad del hombre de fe, podemos preguntarnos ¿se encuentra el hombre de fe contemporáneo en una situación distinta que la descrita por Soloveitchik? ¿O acaso se puede decir más bien que su soledad se ha intensificado, que cabe volver a declarar con el rabino que el creyente está solo?

En su ensayo, que Nagrela editores y el Instituto John Henry Newman han tenido a bien presentar en una edición que incluye una nueva traducción de Julio Hermoso, el Rav Joseph Soloveitchik se plantea el lugar que ocupa el creyente en la actual sociedad secularizada.  Para ello escoge dos pasajes del Génesis en los que se nos ofrecen dos relatos de la creación del hombre; en efecto, en Génesis 1 nos encontramos con un Adán que Soloveitchik tilda de mayestático, llamado por Dios a vivir inmerso en el universo, participar de él como co-creador, transformar, innovar, progresar y habitar el mundo respondiendo al mandato divino de ser fecundos y someter la tierra. Adán es conquistador, domina la naturaleza por la ciencia, mejora las condiciones en las que vive el hombre a través de la técnica y la política, se lanza a la aventura de explorar el espacio, es emprendedor y su medida es el éxito. En Génesis 2, en cambio, Adán es creado a partir del barro, es invitado a cultivar el Jardín del Edén, y en las tardes pasea por el jardín conversando con su Dios. Un Adán humilde, contemplativo, cuya lógica no es económica, retributiva, sino que realiza lo inverso, pierde y encuentra, es derrotado y en ello radica su triunfo.

Adán 1 está solo y no lo sabe. No es que no tenga a nadie a su lado. Las empresas que emprende las realiza junto a otros, hace pactos, vive en sociedad y puebla ciudades. Pero la lógica del éxito  no vale para encontrarse verdaderamente con el otro, de mirar al otro como un tú. Adán 2 entiende que en lo más íntimo de su ser habitan las preguntas que no admiten solución definitiva ni respuestas cerradas, se trata de un allí donde no cabe realizar progresos como los que suele realizar en su relación con el mundo, donde los problemas no son problemas sino misterios… Y entiende que allí, en su ser íntimo, se encuentra solo. Nadie puede vivir por él, preguntarse por el sentido de su vida, su destino, el quién es él, más que él mismo.

Adán 1 conoce a Dios, al Dios creador, arquitecto del universo, que ha hecho las estrellas y ordenado los sistemas; Aquél que ha impreso el orden matemático en el mundo y en el hombre. Adán 1 ve el vestigio de Dios cuando aprende a leer en la naturaleza aquello que descubre en su propia inteligencia. Sin embargo, para Adán 2, esto no basta. Aun cuando reconoce este aspecto de Dios y se asombra, siente que falta algo, que no logra redimirse de su soledad.

El drama de la soledad, dice Soloveitchik, sigue un camino particular en un hombre que vivió estos dos aspectos de la naturaleza humana, Adán 1 y Adán 2. Abraham en la ciudad de Ur, Mesopotamia, trabaja con éxito y explora, descubre, indaga; mira el cielo estrellado, los astros y sus movimientos eternos. Conoce la religión de Mesopotamia pero siente un vacío que no alcanza a llenar…

“El hombre de fe, para redimirse de su soledad y misterio, debe encontrarse con Dios en un entorno de alianza personal en el que pueda estar cerca de Él y sentirse libre en su presencia. Abraham, el caballero de la fe, buscó y descubrió a Dios en los estrellados cielos de Mesopotamia. No obstante, sintió una intensa soledad y no pudo hallar consuelo en la silenciosa compañía de Dios, cuya imagen se reflejava en los insondables confines del cosmos. Sólo cuando se encuentra con Dios sobre la tierra como Padre, Hermano y Amigo –no únicamente a lo largo de las rutas astrales no cartografiadas –se siente redimido” (pp. 75-76).

Han transcurrido cincuenta años desde la primera aparición de este ensayo, y la vigencia de su mensaje es la misma hoy que entonces, así como la pregunta fundamental que nos invita a hacernos: ¿qué ocurre cuando el hombre olvida un aspecto de su naturaleza, vive sólo como Adán 1 y olvida que es también Adán 2? Y por otro lado, ¿qué hace el Adán 2 ante esta situación? ¿Regresa al mundo, como hizo en su momento Eliseo con el pueblo, para ofrecerle participar del drama de la Alianza, para que pueda involucrarse en el gran y solemne coloquio que Dios tiene pensado para el hombre?

LA SOLEDAD DEL HOMBRE DE FE  ·  Joseph B. Soloveitchik  ·  Trad. Julio Hermoso  ·  140pp.  ·  Nagrela Editores  ·  Madrid 2015

Enlace a Nagrela Ediciones

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