Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El puente sobre el río Kwai: esperanza en el Trabajo

Juan Rubio

"Trabajemos, pues, sin argumentar, que es el único medio de que la vida sea tolerable”.   Cándido, Voltaire.

La filmografía del legendario David Lean, tal y como señalábamos en un artículo anterior acerca de su Doctor Zhivago, está marcada por la lucha contra el Destino. Sus héroes siempre se debaten entre el determinismo y una posible vía de escape. Si en la adaptación de la novela de Pasternak la respuesta se halla en una permanente búsqueda de la belleza, El puente sobre el río Kwai propone el trabajo como camino a la libertad.  

La película que consagró al director británico en el olimpo cinematográfico -no en vano obtuvo siete premios Oscar- constituye un auténtico tratado sobre uno de los grandes pilares de la civilización moderna: el trabajo como medio de emancipación.

De este modo, la estructura del guión se basa en un recorrido por las fases psicológicas y espirituales que atraviesa el hombre en su relación con el trabajo.

[AVISO: detalles del argumento a partir de aquí]

Al principio, el Coronel Nicholson y sus hombres, prisioneros del ejército japonés en la Birmania de la IIª G.M., contemplan la construcción del puente como un castigo y una imposición humillante. Sin embargo, la fastidiosa tarea se acaba convirtiendo en una prueba del coraje y la valentía de los prisioneros quienes, bajo el liderazgo moral del Coronel, descubren en el puente un monumento a su propia dignidad en medio del cautiverio. Una vez consumada la gesta, el Coronel experimenta una extraña melancolía ante la obra acabada, tras lo cual afronta un profundo dilema. El puente supone una ventaja decisiva para los japoneses frente al ejército británico. Para el Coronel, en cambio, significa mucho más que un factor estratégico: es la encarnación del espíritu indomable que ha salvado a sus hombres.

¿Será capaz el Coronel de destruir su propia obra?

Lean, en definitiva, asume la premisa emancipadora del trabajo y se dedica a llevarla al límite para comprobar cuánto alberga de verdad y cuánto de espejismo.

El castigo dignificante: la ambigüedad moral del trabajo

En un principio, el Coronel Nicholson se niega en rotundo a cumplir con el castigo del comandante Saito, pues según la convención de Ginebra los oficiales prisioneros están excluidos de los trabajos forzados. Para evitar que el Coronel muera en medio de las torturas, los soldados británicos acceden a construir el puente y, finalmente, Nicholson se ve obligado a liderar la obra.

Lo que ocurre a partir de aquí constituye el verdadero meollo de la historia y reproduce de forma magistral el carácter ambiguo del trabajo como fenómeno humano y moral.

La construcción del puente no sólo es una empresa necesaria para los fines estratégicos del ejército japonés (permitir el transporte de armamento en tren etc.), sino que también tiene el objetivo de minar la moral de los prisioneros. Sin embargo, el campo de batalla espiritual en el que se convierte la obra da como ganadores al Coronel Nicholson y a sus hombres. Al superar la prueba que supone esta penosa tarea, los cautivos demuestran que aún les queda algo de dignidad. Su condición de prisioneros les impide escapar del campo de concentración, pero el levantamiento del puente erige en ellos una libertad interior inquebrantable. De este modo, nos asomamos a la ambigüedad moral del fenómeno fabril: al mismo tiempo que supone un desgaste para el cuerpo y un sufrimiento para el que lo desempeña -un castigo, en sentido amplio-, también aporta una recompensa. Es la dualidad del esfuerzo, que primero condena pero al final resulta liberador.

La tarea de construir el puente sobre el río Kwai es un castigo que, paradójicamente, vuelve más libres a los prisioneros británicos.

Nostalgia ante la obra acabada: el vacío después del trabajo

Cuando el puente ya ha sido construido y sólo queda esperar a las últimas comprobaciones antes de la inauguración -un tramo de la película que funciona como perfecta visagra entre el segundo y el tercer acto- Lean esculpe una de las escenas más fascinantes de su filmografía.

El coronel Nicholson, apoyado al borde del puente, se asoma al río y reflexiona en voz alta acerca de la futilidad de la vida y de su larga carrera militar. El comandante Saito, detrás de él, se exclama: “hermoso”, refiriéndose al paisaje del atardecer. Nicholson, y esto es muy revelador, le contesta: “sí, es una bella obra”, creyendo que el japonés habla del puente.

La realización de la escena, filmada de espaldas a Alec Guinness (nunca se le ve el rostro) y en ángulo contrapicado con un lento travelling-in, sugiere la pesadumbre y la desazón del Coronel con el sol ocultándose en el horizonte. Una estampa crepuscular y poderosamente evocadora de la sensación de vacío que se apodera del trabajador cuando éste, paradójicamente, ansiaba librarse de la tarea cuanto antes. De nuevo nos encontramos con el carácter dual y ambivalente del proceso fabril.  La nostalgia de una tarea injusta y agotadora pero que, a su vez, dotaba de sentido a la experiencia de cautiverio y mantenía la mente ocupada haciendo olvidar las amarguras de la vida que ahora afloran en boca del Coronel.

El ‘making of’ de la película recoge la discusión que hubo entre David Lean y el director de fotografía Jack Hyldiard en torno a la realización de la escena. Mientras Hildyard era partidario de filmar al actor de frente para que el espectador pudiera ver su rostro y percibir con mayor claridad las emociones del personaje, Lean insistió en que lo más conveniente para la intencionalidad dramática era hacer la toma de espaldas.

Con esta escena, Lean consigue sorprender a un espectador que, con extrañeza sobrecogedora, descubre que en lugar de sentirse aliviado por librarse del penoso castigo, el Coronel experimenta una tremenda melancolía. En este punto, el filme alcanza una complejidad psicológica que explota, nunca mejor dicho, en el estremecedor desenlace.

Cadenas invisibles: los límites emancipadores del trabajo

En paralelo a la trama principal de la construcción del puente, una subtrama desarrolla la historia de un prisionero estadounidense que logra huir del cautiverio japonés y prevenir a las fuerzas aliadas. El personaje interpretado por William Holden, junto a un grupo de oficiales británicos, decide emprender la misión de infiltrarse en el campo para dinamitar el puente que permitirá el paso de armamento y mercancías para el ejército japonés.

Cuando los saboteadores han logrado cumplir los pasos más delicados de la misión (pasar desapercibidos, colocar las cargas explosivas etc.) y ya sólo queda explotar el puente, el Coronel Nicholson empieza a sospechar. Su mirada recelosa otea el río. Allí, con el agua hasta las rodillas, descubre un extraño cable que va del puente al detonador que el infiltrado estadounidense está a punto de accionar. Nicholson, transido de angustia e incomprensión, reacciona con una impulsiva voz de alarma.

¿Es el Coronel Nicholson un traidor? ¿Un demente, quizás? Ni lo uno ni lo otro, simplemente permanece fiel a aquello que le ha permitido conservar su humanidad aún siendo prisionero. El puente es el depósito físico de la dignidad suya y de sus hombres, el baluarte de su lucha moral, de modo que destruirlo equivale a derribar también la integridad que tanto les había costado edificar. Nicholson mantiene un forcejeo con los saboteadores para evitar la detonación mientras otro de los infiltrados británicos les bombardea. Para cuando el Coronel se da cuenta de lo que está haciendo -luchando contra los suyos-, y se exclama “¿Qué he hecho?”, parece demasiado tarde. Sin embargo, Nicholson se tambalea y logra caer (¿muerto?) sobre el detonador provocando la destrucción del puente justo al paso de la locomotora japonesa.

Lean establece un brillante paralelismo entre la imagen del puente derruido y la del Coronel Nicholson en el suelo. Éste, irremisiblemente, acaba corriendo la misma suerte que la edificación a la cual ató su destino (un final que hay que atribuir al mérito de los guionistas Carl Foreman y Michael Wilson, pues no estaba en la novela original de Pierre Boulle). Las cadenas invisibles que le unían al puente le han arrastrado a la perdición.

Parece, por tanto, que Lean termina colocándose en una perspectiva desmitificadora respecto de la capacidad emancipadora del trabajo. Nicholson, inconscientemente, había identificado su resistencia de soldado con la construcción del puente, reduciendo su dignidad a su obra. El trabajo, podríamos deducir, también aliena, especialmente cuando igualamos el valor de nuestra vida al de sus frutos. El ayudante del general resume el catastrófico balance con su lamento de horror: “Madness… This is madness…”.  

Juan Rubio es licenciado en Comunicación Audiovisual por la UFV y titular del máster de guión audiovisual de la UN. Actualmente desarrolla su carrera como escritor de ficción en televisión y cine.

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