Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Los dos caminos de la melancolía

Gemma Sobrecueva Uscanga

Oh muerte, yo te amo, pero te adoro, vida...

cuando vaya en mi caja para siempre dormida,

haz que por vez postrera

penetre mis pupilas el sol de primavera.

(Versos de Melancolía, A. Storni)

La definición de melancolía en los diccionarios suele ser algo como “Tendencia a la tristeza permanente” o algo más amplio como “término que deriva del latín y que, a su vez, tiene origen en un vocablo griego que significa ‘bilis negra’. Se trata de la tristeza vaga, permanente y profunda, que puede haber nacido por causa física o moral  y que hace que el sujeto que la padece no se encuentre a gusto ni disfrute de la vida.”  Suele tratarse como una condición psicológica, como una enfermedad que se cura con fármacos y distintas terapias.

A lo largo del tiempo, el artista se ha aproximado a la melancolía de muchas maneras. En la música, en la pintura, en el cine y en la literatura. Sería muy largo aproximarnos a ella desde cada una de las artes y desde cada uno de los artistas, por lo que he elegido a una poetisa, una de las grandes, una mujer de naturaleza melancólica de cuya poesía surge inevitablemente un sumergirse en las profundidades del alma. Es Alfonsina Storni.

Alfonsina nació en Suiza en 1880 pero creció en Argentina, en la provincia de San Juan. Hija de familia numerosa y con dificultades económicas, queda huérfana de padre a los pocos años. Trabajó como obrera en una fábrica de gorras hasta que la contrata una compañía de teatro y se dedica a viajar con ella. Estudia  la carrera de maestra rural y empieza a escribir en revistas literarias locales. A los 20 años, siendo madre soltera,  se muda a Buenos Aires y decide empezar de nuevo. Tiene varios trabajos que combina con su entrada al mundo literario. Comienza su amistad con varios literatos e intelectuales de la época y empieza a publicar sus libros y recitar sus poemas. Su carrera literaria despega y se hace cargo de una sección fija en la revista La Nota y en La Nación. En los años veinte le es recomendado reposo absoluto y pasa temporadas en Mar del Plata y Córdoba, pues sufre de agotamiento y crisis emocional. A lo largo de su carrera literaria, sufre de duras críticas tanto por una sociedad que la tacha de feminista como por los nuevos poetas argentinos que buscaban un lenguaje metafórico teniendo como protagonista sólo a la imagen, todo lo contrario a la poesía de Storni, que escribía a modo de confesiones. En 1935 se le diagnosticó cáncer de mama y perdió su seno derecho, empeorando su salud. Se encuentra anímicamente mal y con unos dolores físicos muy fuertes. En 1938, se marcha a Mar del Plata y una noche, a sus 46 años, se arroja al mar.

Para acercarnos a la melancolía lo haremos desde un artículo de Romano Guardini, Acerca del significado de la melancolía, pues se aproxima a ella no como una mera cuestión psicológica a tratar con pastillas, sino como algo espiritual, que penetra en la profundidad de la existencia humana, tanto “como para que podamos abandonarla sólo en manos de los psiquiatras”. Guardini empieza el artículo con varias citas de Sören Kierkegaard, un hombre profundamente melancólico, y desde allí construye una definición de la melancolía que va más allá de una enfermedad y de una condición negativa, para convertirla en algo más.

La melancolía la define como una atadura interior, que viene del alma, se posa sobre todo lo que ordinariamente surge, se agita y actúa libremente. Esta vulnerabilidad es provocada por una multiplicidad de disposiciones: “una oposición interior y las tendencias vitales presentes; una tensión entre los motivos, un antagonismo recíproco entre los impulsos, una contra-dicción en la actitud respecto a los hombres y las cosas, en las exigencias para con el mundo y la propia vida; en las normas según las cuales se mide todo.”

Para un corazón melancólico que reclama el absoluto, el caer en la cuenta de la finitud de las cosas provoca un terrible desencanto.

¡Los días que fueron, los días perdidos,

los días inertes ya no volverán!

¡Qué tristes las horas que se desgranaron

bajo el aletazo de la soledad!

¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas,

las sombras creadas por nuestra maldad!

¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas,

las cosas celestes que así se nos van!

(Versos de ¡Adiós!, A. Storni)

La sensación de echar de menos ‘algo’ que sea para siempre y de buscar en el día, en las horas, en la realidad y en las sombras ese ‘algo’ que no sea finito y no encontrarlo, provoca una tristeza y una especie de angustia que, cuando termina el día, lo único que puede exclamarse es que “¡así se nos van!”

Guardini dice, y concuerda con la psicología moderna que considera que “lo que llamamos ‘vida’ está dominada por dos instintos básicos enfrentados entre sí. Uno, el instinto de existir, de afirmarse, de desarrollarse, de ascender. El otro, el instinto de dejar de ser, de anonadarse.” Y en el melancólico esto sucede con una intensidad especial. El melancólico presta atención especial y es consciente de esa lucha interior que le pide dos cosas que se contradicen. Amo la muerte pero adoro la vida. Quiero ser, existir y llegar a lo más alto, pero también quiero cesar mi ser y sumergirme en el mundo, en la naturaleza que me causa temor y  a la vez atracción.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,

como una romana, para concordar

con las grandes olas, y las rocas muertas

y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos

y la boca muda, dejarme llevar;

ver cómo se rompen las olas azules

contra los granitos y no parpadear;

ver cómo las aves rapaces se comen

los peces pequeños y no despertar;

pensar que pudieran las frágiles barcas

hundirse en las aguas y no suspirar;

ver que se adelanta, la garganta al aire,

el hombre más bello, no desear amar …

Perder la mirada, distraídamente,

perderla y que nunca la vuelva a encontrar:

y, figura erguida, entre cielo y playa,

sentirme el olvido perenne del mar.

(Versos de Dolor, A. Storni)

La ola grande e imponente del punto más alto en la cresta del mar, pero también la playa pequeña con peces pequeños y aves rapaces. Entre el cielo y la tierra. Entre la regia furia de la ola y el olvido en la quietud del que navega el mar. Entre la playa más terrenal y el cielo más etéreo habita el melancólico y ahí se debate su alma.

Soy un alma desnuda en estos versos,

alma desnuda que angustiada y sola

va dejando sus pétalos dispersos.

[…]

Alma que siempre disconforme de ella,

como los vientos vaga, corre y gira;

alma que sangra y sin cesar delira

por ser el buque en marcha de la estrella.

(Versos de Alma desnuda, A. Storni)

Guardini se pregunta, ¿qué es lo que hace que la vida se tome así contra sí misma? Sin duda existe este tipo de melancolía, en la que la tensión vital desemboca en la destrucción de la vida; dice Guardini, “el dolor y la muerte adquieren una peligrosa fuerza de atracción. Surge una profunda tentación a dejarse desaparecer.”

Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera;

una constelación; la que te guste;

todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido...

(Voy a dormir, A. Storni)

“La interioridad herida se esfuerza por apartarse de aquello que la lastima.” (R. Guardini) El último poema de Storni, Voy a dormir, es su carta de despedida. Sobrepasada por el dolor, físico y moral, decide quitarse la vida. Es la salida que encuentra una pobre alma atormentada. Un alma que no pudo encontrar ningún sentido en su dolor y probablemente ninguna otra salida a su melancolía. Un alma que en el arrojo al mar encontró ese apartarse de todo lo que le hacía daño.

Guardini dice que, hasta ahora, lo que hemos visto es lo doloroso y negativo de la melancolía, pero que también “hemos entrevisto que algo precioso y visible surge desde esta indigencia.” El melancólico que se percata de su condición de ser creado, finito pero con deseos de infinito descubre que “(…) esa sombría tristeza, encierra a veces un punto infinitamente precioso: que la presión se relaje, que el encierro interior desaparezca y que, entonces, se libere la existencia de ataduras, y sea posible ese sentirse elevado, flotando en el aire, de la totalidad del hombre; que el hombre experimente esa transparencia de las cosas y de la existencia (…)” ¿Qué hace falta para que un melancólico tenga la osadía de tomar la realidad -con lo que tiene de dolor y de alegría, de finitud y deseos insatisfechos-  tomarla de frente y dar un sí a aceptar vivir como el ser incompleto que somos y aun así atreverse a la existencia, y aún más, dando gracias por ella?

El melancólico busca un silencio que le es necesario, aspira a la oscuridad, pero, dice Guardini, no en el sentido peyorativo, sino entendiendo la oscuridad no como oposición a luminosidad sino “el contra valor viviente correspondiente a la luz. Las “tinieblas” son algo malo, representan algo negativo. Pero la oscuridad pertenece al ámbito de la luz y las dos juntas conforman el misterio de lo esencial.”

¿Está el melancólico condenado a una existencia sin sentido cuya salida sea el anonadamiento y el cese de la existencia? ¿La melancolía está únicamente catalogada como una enfermedad que se cura con pastillas? No y no.

Guardini se pregunta por el sentido de este fenómeno y la tarea que nos plantea. Dice que el sentido es que es “un signo de que el Absoluto existe. Lo infinito se manifiesta en el corazón. La melancolía nos indica que nosotros somos seres limitados, que vivimos codo a codo con Dios. Indica que estamos llamados por Dios e invitados a acogerlo en nuestra existencia.” Y, ¿cuál es el quehacer del melancólico que no quiere optar por su cese pero que descubre en él esa tensión tan intensa que provoca tanto sufrimiento?

Guardini responde diciendo que el melancólico tiene que manejarse con seriedad, no perder el contacto con la realidad, permanecer en el lugar que le corresponde, estando alerta en su espera, “sin desatender el deber de todos los días, por insignificante que les parezca, entonces su existencia también se vuelve clara y bella.” Qué grandeza de una vida vivida así. Qué grandeza el poder distinguir en el alma esas dos fuerzas opuestas y optar por la vida. Y no sólo ello sino descubrir el deseo “por la proximidad de lo eterno”, porque se descubre en ese silencio un esbozo de luminosidad que nos promete hacerse realidad.

El peligro se hace presente cuando el hombre no es capaz de sobrellevar lo que la melancolía le presenta, “si no tiene la grandeza de espíritu para sacrificarse, la audacia de la renuncia, si no tiene la fuerza necesaria para abrirse camino, si no logra producir lo que quiere o desarrolla sólo en parte, entonces surge la segunda forma de melancolía, la mala.”  El hombre se da por vencido. La gran tentación “de desplomarse, de dejarse estar, y de acuerdo al estado de ánimo, de gozar sin límites, experimentar todo, agotar las fuerzas vitales (…), encontramos un titanismo del espíritu, que busca sin descanso, que cuestiona todo para destruirlo, que duda con el afán de socavar”.

Aquí es donde el hombre se juega su vida y donde se descubre su valentía, su paciencia y su verdad. El melancólico no está condenado a una vida de pastillas o a un arrojarse al mar. La melancolía que es del espíritu puede llenar la vida de sentido y hacer al hombre más atento a su realidad, más consciente de lo infinito y el absoluto en la vida (en esta y en la que vendrá), de su posibilidad de luz infinita y sobre todo, de su encuentro con un Otro que descubre en el silencio.

“Sin duda, la persona melancólica tiene la relación más profunda con la plenitud de la existencia. Los colores del mundo resplandecen en forma más clara, la dulzura de los acordes interiores resuena más íntimamente. Percibe en su totalidad la potencia de las configuraciones de todo lo que vive. Del melancólico surge la sobreabundancia de vida y es quien puede experimentar el carácter indomable de todo lo existente.” (R. Guardini)

Gemma Sobrecueva Uscanga es Licenciada en Comunicación Publicitaria y Empresarial por la Universidad Anáhuac de México, Máster Universitario en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid  y Máster en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, donde trabaja como Mentora Académica de la Escuela de Liderazgo Universitario. Combina su trabajo con su dedicación al inicio de la escritura de ficción.

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