Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El Pueblo Elegido y sus diferencias

Instituto John Henry Newman

Se celebra este año el 50 aniversario de la declaración Nostra Aetate, el documento que supuso un impulso renovador en el diálogo entre judaísmo e Iglesia Católica. Sin duda un cristiano de hoy hallará en el pensamiento de autores judíos como Buber, Rosenzwieg, Soloveitchik, o actualmente el rabino inglés Jonathan Sacks, un rico fondo de ideas vivas y vivificadoras. Un diálogo que le llevará a explorar y contrastar sus propios pensamientos sobre la naturaleza de la fe, los valores universales o la antropología latente en la experiencia religiosa y la Revelación del Dios Único. Pero este enriquecimiento dialógico está también al alcance de quien se asome al Pueblo de Israel en sí mismo, a su historia y sus tradiciones y sea capaz de reconocer en él, según las propias palabras de San Pablo, el “olivo cultivado” en el que hemos sido injertados (cf. Rm 11, 16-24).

Ésta ha sido fundamentalmente la intuición de José Barta, tal como ha sabido expresarla en su obra La encrucijada del Pueblo Elegido (Madrid, 2015), presentada el pasado Martes 27 de Mayo, en la Universidad Pontificia Comillas, en un acto celebrado conjuntamente con la Fundación AEDOS y el Centro de Estudios Judeo-Cristianos. Según el mismo autor, el libro persigue dos objetivos:

1. “Elaborar una síntesis –con los riesgos que eso conlleva –sobre la realidad polimórfica del judaísmo actual” (pág. 9), y permitir al lector cristiano, en particular al católico, “descubrir las raíces de muchos de sus ritos y oraciones propios, así como de algunas costumbres familiares”.

2. “Alertar sobre una realidad social que, con la pérdida del sentido trascendente de la persona, ha olvidado el referente de lo bueno y de lo malo, de lo verdadero y de lo falso, de lo ético y de lo inmoral” (pág. 9), una llamada de atención que surge a partir de la certeza de una responsabilidad, que el autor conecta con la Misión existencial de judíos y cristianos “a ser luz de las naciones”.

La obra de Barta sirvió para poner las bases de diálogo que se llevó a cabo aquella mañana, en la que intervinieron intelectuales de la talla de Miguel García-Baró, Rafael Alvira y José Ramón Busto Saiz, así como miembros de la comunidad Judía, tales como Isaac Querub (Presidente de la Federación de Comunidades Judías de España) y Gabriel Perry (Presidente de la Comunidad judía Masortí Be-tel, de Madrid).

Isaac Querub señaló la importancia de “asumir la verdad del pasado” como “lo primero que debemos hacer en un diálogo como éste”; eso implicaría reconocer la semilla antisemita en la doctrina cristiana, que es posible rastrear a lo largo de los dos últimos milenios en sus dos mitos constituyentes: el mito del pueblo deicida –los judíos son responsables de la muerte de Cristo–, y el mito de sustitución –la Iglesia viene a reemplazar al Pueblo de Israel como Pueblo elegido de Dios, pasando a ser los israelitas gentes ciegas, obcecadas  y de duro corazón–. Isaac Querub citó pasajes del Adversus Iudaeos, así como homilías de San Vicente Ferrer, y el principio de persecución, “bautismo o muerte”. A partir de la expulsión de los judíos de la península Ibérica y el posterior problema de cristianos viejos y cristianos nuevos, los falsos conversos judaizantes y los auténticos conversos, se habría derivado en un cambio de importantes consecuencias para la historia europea: del odio religioso al odio racial.

José Ramón Busto Saiz, discrepando de la lectura de la historia hecha por Querub, señaló que, para una visión general de la historia como la presentada se ha de “mirar el conjunto, y no hacer una antología”. Por otro lado, el mito del pueblo deicida y el mito de sustitución no son la causa de las persecuciones religiosas, sino más bien su justificación ideológica, que corona un conflicto social ya presente en un contexto determinado; los mitos no constituirían las causas de la persecución sino que buscarían legitimarla. Sus raíces por tanto no deben buscarse en la doctrina cristiana, como afirmaba Querub, sino en tensiones sociales de comunidades particulares e históricas. Para conocer la doctrina cristiana sobre la relación con el judaísmo, aquello que la Iglesia sostiene, basta acudir a la Biblia, al Antiguo y Nuevo Testamento, particularmente a la Carta de San Pablo a los Romanos, en donde se dice que Israel es un olivo cultivado por Dios, y que el pueblo cristiano es como una rama salvaje injertada en él.

Rafael Alvira, por su parte, centró su reflexión en torno a la Palabra, por el peso que tiene tanto para judíos como cristianos. La identidad del Pueblo de Israel es una identidad dada por Dios, y nace de la elección de Dios, de hacer de dicho pueblo su interlocutor en la historia. La palabra que se da, que da a conocer y funda un ámbito de encuentro, de presencialización y realización, depende del grado de amor que la inspire: “tanto más profundo es el amor, más profunda es la palabra”.

Para finalizar esta breve reseña del acto, me gustaría destacar la intervención de la profesora Olga Belmonte, quien presentó algunos retazos del pensamiento de Franz Rosenzweig, filósofo judío que mantuvo un diálogo fecundo con el cristianismo a lo largo de su vida. Entre los problemas que se planteó, destaca la cuestión del asimilacionismo: adoptar ideas, creencias y modos de vida propios de la nación en la que se vive puede llevar al detrimento de la propia identidad judía. Así como algunos de sus contemporáneos vieron en el sionismo una alternativa a este peligro, Rosenzwieg prefirió proponer la “disimilación”, que implica volver a la vocación de eternidad del Pueblo elegido. Dado que la elección es un concepto con una trayectoria particular en la modernidad, Rosenzweig recupera su significación bíblica. La elección de Dios es la comunicación de una vocación específica, la vocación de eternizar el instante, de darle un significado eterno a los gestos cotidianos. Es esto lo que se realiza en el tiempo litúrgico, tanto en judíos como cristianos. En la fiesta, la eternidad se vuelve contenido del presente. Y respecto del tiempo histórico, esa vocación de eternidad se vive en la espera del Mesías, de la venida del Reino de Dios como posibilidad siempre presente, en un horizonte de porvenir abierto a una radical alteridad, más allá de cualquier sistema.

El acto finalizó en un activo coloquio con los presentes, donde se habló de un principio sagrado para cualquier diálogo: no deshumanizar al otro, antes bien, reconocerlo como alguien sagrado.

Y respecto al diálogo judeo-cristiano, esta cita de Sacks que recoge José Barta en su obra, bien podría reflejar el espíritu general de los presentes:

“Durante medio siglo Judíos y Cristianos nos hemos centrado en un diálogo “cara a cara”. Ha llegado la hora de pasar a una nueva fase, el tipo de colaboración que yo llamo “codo con codo, hombro con hombre” (en J. BARTA, La encrucijada del Pueblo Elegido, p. 58, Madrid 2015).

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