Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

MAD MEN o la pregunta por el sentido

Rocío Solís

La serie americana de AMC, que acaba de colgar el The End, va de esto, de preguntarse de qué va la vida. Siete temporadas en las que todos sus personajes, años sesenta y la panacea del mundo publicitario como paisaje, buscan desesperadamente ser felices o en algunos casos, simplemente ser.

Se trata de una gran pretension, pero lo consigue. Eso sí, sin grandes discursos, de ahí que para muchos sea la serie en la que no sucede nada, y es verdad. Sucede sólo todo lo que acontece al hombre en sus adentros. Porque la muerte de Kennedy, la diferencia racial, la aparición del divorcio como solución a la vida que se rompe, la explosión capitalista de una publicidad que crea necesidades, el hombre y la mujer enfrentados cuando anhelan ser hermanos...todo eso, es sólo la circunstancia, o más bien, allí donde el hombre se hace y decide lo que quiere ser, siguiendo a Ortega.

Mad Men cuenta la historia de un hombre que miente para salir de la guerra, que sigue mintiendo una vez fuera de ella cuando su vida ordenada y buena ya no lo necesita y que se dedica a la apariencia de la publicidad. Y ahí, parece triunfar. Pero no es verdad. "Robe un nombre y no hice nada bueno con él" afirmara en un momento de la historia.

Durante 92 episodios este hombre, Don Draper, se enfrenta a la pregunta por el sentido de su vida. También podemos decir que se trata de la búsqueda de la felicidad o la plenitud, o si nos damos a la vertiente sociológica, como el nacimiento del bienestar huérfano e insulso del capitalismo sesentero...pero lo que cuenta la serie es más invisible a los ojos que todo lo que vemos, narra a un hombre viviendo, en palabras de Julián Marías.

Don es ese hombre, infiel, guapo, seductor, oscuro, creativo...y cuya vida siempre parece estar escupiéndole en la cara. No es una caricatura, y por eso el guión no es una receta al uso. No hay moralejas fáciles (los finales de cada capítulo son cuadros de Hopper que dejan al que mira con el corazón a trote y en silencio). Pero el espectador va entendiendo el hombre estético de Kierkegaard al ver como Don tiene todas las posibilidades delante y se pierde en todas, no apuesta por ninguna, y eso, es su muerte. Sabe que elegir un camino es perder los otros, lo que no sabe es que el camino, el elegido, es lo que hará que su vida realmente merezca la pena. O lo intuye, pero no es capaz de sostenerlo. Es un hombre que no quema naves porque cree que en eso consiste la libertad, aunque desee en lo más profundo apostar las cartas al hombre ético, y así lo refleja la quinta temporada, o más magistral y existencialmente, la soledad de la sexta. Pero no lo hace. Capítulo tras capítulo Don sigue en un eterno retorno, pero como buen arte, siempre un paso más de una elipse distinta, que parece cambiar el destino.

La pregunta por el sentido de la vida es universal, es personal y es radical. Todo esto lo contiene la serie.

Es una pregunta universal porque todos los hombres de todas las épocas de la historia se han preguntado, de una manera o de otra, que es esto que llamamos vida y que pintamos en ella; bien con una mano rupestre en la cuevas hace miles de años, bien con hombres mirando al vacío en un cuadro de Friedrich o en una escena de Mad Men. Y si nos quedamos en el mundo de Mad Men, veremos que todos los personajes de la serie viven igual, al margen de su circunstancia y contexto, o precisamente en él, se preguntan que hacen en la vida y cómo hacerlo mejor para no sentir que se ahogan, incluso, y más, cuando triunfan. Porque no tener un dios al que echarle la culpa es duro, pero mucho más cuando no se sabe a Quien agradecer lo bueno y bello que nos toca. Todos parecen estar perdidos buscando la felicidad, y cuando la rozan, vulnerables sin saber cómo apresarla. Todo es efímero menos el deseo.

La pregunta por el sentido de la vida es personal, también en Mad Men. Cada personaje está solo. No sólo porque no sepan cuidar las relaciones que les constituyen, sino porque, aunque supieran, sólo ellos, cada uno de ellos, tiene que enfrentarse a su destino y responder para qué. Nadie puede sustituir a nadie en esta labor, en esta dramática y apasionante labor. La pregunta resuena en cada personaje, de ahí que la serie sea un collage de vidas llenas de matices, de pasado que el espectador sólo ve entre visillos, de futuro que hasta el espectador teme…y mirados todos juntos, se vislumbra el hilo que teje la historia…si después del todo, todo para nada, mejor hubiera sido la nada.

Por eso la pregunta es radical. Urge responderse. Y así lo vemos en Mad Men, y así termina la serie. Ha sido un bien acompañar a Don en su viaje a Ítaca, aunque ésta no esté clara, ni sea fácil, ni tenga la última palabra.

Rocío Solís 

Periodista y coordianadora del Instituto John Henry Newman

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