Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Del Me Gusta al Me Gustas

Pablo Rodríguez Montenegro

El otro día estaba en casa, sumergido en mi móvil de esa manera en que uno, sin darse cuenta, se encorva sobre el aparato, fija sus ojos en la pantalla y, a golpe de pulgar e índice, sostiene una conversación de WhatsApp que ocupa todo su mundo. Entonces, precedida de un resoplido (un tanto impostado, a decir verdad), mi madre me lanzó la sentencia: “¡estás enganchado a eso!”. Estalla la burbuja y, atónito, concibo una respuesta rápida, que sale disparada de mi boca como un acto reflejo. “No es que esté enganchado a eso, mamá. Es que estoy enganchado a las personas con las que hablo.” No es el sistema de comunicación, no es la aplicación de chat, ni el aparato móvil, ni la red social lo que nos tiene todo el día pendientes de las pantallas. Son las personas que hay al otro lado. Por tanto, debe ser que todo el tiempo que gasto obnubilado frente a los píxeles es en realidad tiempo que le regalo a amigos, compañeros, e incluso conocidos por los que me intereso. “Magnífico”, pienso. La respuesta perfecta. Pero, ¿de veras es así de fácil?

En primera instancia, tendemos hoy a demonizar, quizá, el uso de este tipo de medios de comunicación interpersonales. Decimos que el Facebook nos genera una imagen distorsionada de la amistad, que satura nuestra mente de información irrelevante y que dibuja una versión estática y estética, en el sentido más superficial del término, de las vidas de quienes nos rodean. En el móvil, por otro lado, sostenemos conversaciones superfluas dilatadas en el tiempo, medimos el interés de los contertulios a base de checks y doblechecks, y pertenecemos a grupos de conversación que, silenciados e ignorados, se transforman en pequeños clubs de asociación debida, únicos testigos de una conjunción de relaciones personales que, a menudo, caducó hace tiempo. Sean más o menos ciertas estas afirmaciones, lo que me interesa es la vinculación real con las personas que están detrás. ¿De verdad están ellas en el centro de estas interacciones? ¿Son, sencillamente, relaciones interpersonales tan auténticas como cualquier otra, y lo único que cambia es el medio en que se producen?

Existe una serie de comportamientos, de características del usuario que invitan a pensar algo distinto. Y es que parece probable que, demasiado a menudo, haya otra cosa que ocupe el lugar nuclear de las relaciones interpersonales a través de este tipo de medios. La autoexposición, la promoción, la constatación de que se ha visto o leído un contenido ajeno, e incluso a veces una suerte de síndrome de Diógenes digital, que nos induce a acumular likes, contactos y páginas de intereses, como si fuera vital perfilar nuestro propio ser a base de pinceladas de información. Todo ello puede ser perfectamente legítimo, no se trata de ello. La apreciación concreta es que sustituye a menudo el mero y genuino interés por el otro en la red, y si bien en el contacto personal directo también puede haber intereses, ruidos y elementos disonantes, parece mucho más sencillo encontrarse con otro cuando se le mira a los ojos, se le escucha de cerca, se le toca, se le ve. El otro se torna, inevitablemente, en el principal interés del instante, en sí mismo y por sí mismo. En los medios, es inevitable que surja la estrategia de comunicación, aunque sólo sea ante la necesidad de gestionar la atención, sin duda dividida entre la conversación en sí y un buen número de actividades trasversales.

En las redes y aplicaciones, el otro es un objeto, presa del estatismo. El otro es un dibujo, una imagen o un puñado de caracteres todos con la misma fuente. El otro es un estado permanente de intermitencia, augurado por una etiqueta roja, una melodía sintética o una leve vibración. “Es él”, pienso. “Es con él con quien hablo”. Pero no es cierto. No del todo. Nos comunicamos con la proyección de un tú que se vuelca con precisada selectividad; hablamos con los síntomas, con unos rasgos accidentales, por muy fieles que sean a quien sabemos que está al otro lado. No pretendo ser categórico. No se define la relación comunicacional tanto por el medio como por el cómo, o así quiero creerlo. Tomando consciencia de que, de modo inmediato, nos saltamos varios pasos cognoscitivos a la hora de “hablar” con el otro y de que la densidad de la comunicación es extremadamente más débil a través de las pantallas, podemos quizá acostumbrarnos a situar de nuevo a la persona en el centro de la actividad en redes. O tal vez redescubramos que estos medios son tan sólo precursores del verdadero diálogo y encuentro, que siempre son presenciales. Replantearnos la manera en que vamos a decidir utilizarlos y el fin para el cual hacerlo es vital para esclarecer cuál es el núcleo de este tipo de comunicación.

Tal vez entonces, haya que cambiar los “Me gusta” por “Me gustas”. Tú, y no tu foto concreta en este momento preciso. Me gustas, me interesas, te conozco y me conoces. Por eso, quizá cada vez que crucemos palabras por el WhatsApp, el Facebook o una red de cualquier tipo, debamos añadir a la lista un nuevo café pendiente.

Pablo Rodríguez Montenegro

Licenciado en Comunicación Audiovisual

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