Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El camino del mundo. Chesterton, los hombres y San Francisco de Asís

Ricardo Morales Jiménez

Si existe un fenómeno extraño hoy en día es el de los santos. La reverberación del “paganismo”, retumbando en la fatuidad de lo natural y en el erotismo de las estrellas, ha desarraigado al hombre hasta el punto de que el pensamiento común catalogue como anacronismo y persona de dudosa capacidad intelectual a todo aquel que se atreva a refutar su argumentación en una discusión cualquiera con la frase de un santo.

A comienzos del siglo XX G.K. Chesterton quedó impresionado por el conocimiento y reconocimiento que existía de la figura de San Francisco de Asís aunque perteneciera a la iglesia. Dibujado como el “más amable de los santos”, ha pasado a la conversación de las golondrinas como un rara avis de la institución mágica y taciturna que adormece a la sociedad y que provoca ceguera ante la llegada del Mesías Social.

La vida de San Francisco estuvo marcada fuertemente por las piedras que iba encontrando en el caminar y que, como en “Qué bello es vivir”, una y otra vez acababan truncado sus anhelos personales, sus dibujos de eternidad entre los hombres.  Primero  San Francisco el batallador, lisiado antes de la batalla. San Francisco el comerciante, truncado por el hurto a su padre ante la experiencia del Espíritu Santo de reconstruir una vieja iglesia. Quizás lo único que podemos decir, con la ayuda de Chesterton, es que San Francisco fue desde su más tierna juventud hasta la desnudez de su muerte un trovador. Un poeta de colores que uso de librillo la vida y sus criaturas y firmó con sus propios huesos.

Vivió  apasionadamente su existencia, quizás hasta con falta de prudencia. Se arrojó a la vida sin frenos y su relación con Cristo  fue de un auténtico enamorado. Abrazar a un leproso en un camino es signo inequívoco de que algo quemaba a San Francisco por dentro. No bordeó, como dicta el miedo al verdadero sentido común, las periferias de la humanidad sino que abrazo al pobre hombre cuyo desconcierto solo es equiparable a la confusión y perplejidad que deja la infinitud en la pequeñez. “Yo Soy” y “Estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”.  Esta locura, que a los ojos del mundo quema, es la transpiración de los actos más humanos de los santos. Algo que con finura cualquiera de nosotros podría hacer. Y esto se entiende y se hace deseable cuando conocemos los accidentes y miserias de los santos. Cuando nos cuentan la caída del burro y los arrebatos de cabezonería de Santa Teresa de Jesús, el hijo de lo fútil de San Agustín o el suicido económico de San Francisco, que frente al juez se rasgó las vestiduras, renunció a su patria y con el sayo que luego sería hábito deambuló, en la absolutidad de la Nada, entre el helor de la noche en los bosques de Asís.

“Un hombre no se revuelca en la nieve por una corriente tendencial que hace que todas las cosas cumplan la ley de su ser (Cita encubierta de Matthew Arnold, que utiliza esa expresión para definir a Dios en su obra. St. Paul and Protestanstim). No se priva de comer en nombre de algo, externo a nosotros, que conduzca a la rectitud. Hace cosas así, o así de bonitas, a instancias de un impulso muy diferente. Hace esas cosas cuando está enamorado. Lo primero que hay que retener de San Francisco va ligado a lo primero que aparece en su historia: que al decirse desde el principio trovador, y al decirse después trovador de un romance más nuevo y más noble, no estaba empleando una mera metáfora, sino entendiéndose mucho mejor de cómo le entienden los eruditos. Fue un enamorado. Fue un enamorado de Dios y fue real y verdaderamente un enamorado de los hombres, que posiblemente sea una vocación mística mucho más rara. Un enamorado de los hombres viene a ser casi lo contrario que un filántropo; de hecho la pedantería del vocablo griego lleva en sí algo de sátira. Se podría decir que un filántropo ama  a los antropoides. Pero así como San Francisco no amó a la humanidad sino a los hombres, así tampoco amó al cristianismo sino a Cristo. Diga el que así lo crea que fue un lunático, que amaba a una persona imaginaria; pero a una persona imaginaria, no una idea imaginaria. Y para el lector moderno la clave del ascetismo y de todos lo demás se encuentra en las historias de enamorados cuando más bien parecían lunáticos”.

Entender enteramente la figura del santo y más hoy en día es tarea  imposible para cualquiera de nosotros. Al menos para Chesterton y para un servidor. “Realmente habría que ser santo para escribir la vida de un santo. En el presente caso las razones en contra son insuperables”. La configuración  de las razones, intuiciones y decisiones de San Francisco requieren del misticismo de otro santo.

¿Pero cómo seguir la senda que dibujan sus vidas? si “cuando el hombre camina recto, va torcido. Cuando sigue su olfato, se las arregla, de alguna manera, para descomponerse la nariz, o cortársela aunque desfigure el rostro”.  

Los esquemas mentales apoyados en el difuminado sentido, de las formas y sonidos de las palabras son un embudo que termina en sendas torcidas y repletas de espinas del Monte Carmelo. “Los hombres no creen porque no quieren ensanchar su pensamiento”. Existe voluntariedad en la negación y eso es lo que hace más incomprensible las respuestas categóricas al misterio ya que se valen de un “no” y no de un “quizás o tal vez”. Con esto lo más probable es que tenga capacidad de decir “si” y “verdad” a aquello que más se ajuste a su primera negación. Y de ahí edifica un pensamiento personalista eminentemente universal. La particularidad del auge del paganismo reside en que tantas visiones individualistas y opacas de una realidad hayan tejido un primer nivel de absurdo donde todo el mundo se sienta cómodo ante las cuestiones de Dios. El ruido son las interferencias con una palabra que interpela. Despersonaliza y la asemeja a la nada de Michael Ende que devora dejando nada.

Chesterton acierta al decir que reconocernos heridos por el pecado original desde nuestro nacimiento sea quizás la mejor noticia que porte el Evangelio. Y leerlo en clave de amor, y de reconocimiento de ese amor recíproco y trino, nos arroja a la lectura de los santos, buscando un nuevo ángulo que revele y nos ayude a revelar el perfil escondido del mundo. Ya estamos enfermos de amor. Lunáticos en busca de revelación del camino por donde seguir caminando, necesitados de una palabra viva que siga allanando el encuentro con el otro y después con nosotros mismos.  

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