Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Bien sobre-ordinario

Sophie Grimaldi d’Esdra

El corazón humano percibe el bien como norma y asimila muchos dones a derechos inalienables. En cambio, el hombre se escandaliza cuando la obra frágil del bien se desgaja, porque intuye que se destruye lo que tendría que ser eterno. Utilizar el término “frágil” para el bien puede resultar cuestionable pero el bien creado tiene esta fragilidad intrínseca en sentido de que es más arduo edificar que demoler. Cuando se compara al Bien inmutable, se observa que el bien inherente al ser creado podría no haber sido o podría destruirse.

Pero ciertamente en cuanto el mal es considerado como mal, se combate más fácilmente. Lo que resulta mucho más insidioso y peligroso que un brutal destrozo, es el mal “normalizado”, brecha fina pero mortífera, podredumbre que se revela cuando ya es demasiado tarde. Este mal es el que se infiltra en la vida de cada día. Es como sí  se  hinchase en el humus de la banalidad que denunciaba Hannah Arendt. Este mal trivial cuenta para echar raíces con una gran aliada, la piel curtida de la tibieza. No por ser inocuo es inofensivo. Resulta, de hecho, mucho más dañino que cualquier otro tipo de mal porque al presentarse como “normal”, no es propicio a la percepción de la caída, y en consecuencia, a la posibilidad de apertura del ser a la gracia. La herida deja pasar la luz, el callo no.

Frente a ello, está la cosecha de la gente corriente: el bien cotidiano. Cuando en una calle cualquiera ocurre un crimen o una tragedia, toda la atención se vuelca sobre este suceso como si representase todo lo que acontece en este lugar. No hay nada más falso, y es uno de los engaños del mal: produce tanto ruido que consigue casi ocultar el resto de la realidad. Para seguir con el símil, cuando sucede un crimen en una calle, al mismo tiempo miles de personas que también viven allí conforman el sustento real de la humanidad a través de gestos y modos de amar ordinarios. Solo algunas personas son capaces de deslumbrarse ante esta aparente normalidad que el bien trasluce, y asombrarse por ello. Así, el asombro se podría definir como la capacidad de percibir continuamente cada realidad como nueva y extraordinaria. Por su esencia misma, el estado de infancia permite acceder a ello de manera natural ya que se está descubriendo el mundo, y la “normalidad” del bien es un motivo de fascinación. Un ser humano adulto tiene que recorrer el camino contrario que parte del re-descubrimiento de lo “sobre-ordinario” y conduce a su vivencia. En este sentido, el asombro, haciendo patente el don de la realidad y no su obligación de existencia, constituye la primera etapa que lleva al agradecimiento.

En esta línea, se podría considerar que la opción por el bien y la opción por el mal producen dos tipos de consecuencias, las visibles y las invisibles. Un acto diminuto dirigido hacia el bien puede tener una huella incalculable si uno se sitúa más allá de los límites físicos. Allí entran la gracia y la interconexión entre los seres. En este ámbito, el mal y el bien se entrelazan para dar existencia a un Plan que el ser humano, por su finitud espacio-temporal,  no es  capaz de entender en su conjunto. En este sentido, el bien en su dimensión más ordinaria tiene una potencia (entendida como posibilidad de ser) que el mal no posee. En cuanto entra en juego el ofrecimiento, cualquier acto mínimo  puede ser una contribución descomunal al Bien. Como ilustración de ello, Madeleine Delbrêl, asistente social y mística entendió cómo la gente corriente fecunda sus quehaceres ordinarios de una dimensión sobrenatural e infinita:

“Cada pequeña acción es un acontecimiento inmenso en el cual el Paraíso nos es dado, donde podemos dar el Paraíso. No importa lo que tengamos que hacer: una escoba o un bolígrafo que sujetar; hablar o callarse; remendar o dar una conferencia, cuidar a un enfermo o teclear a máquina. Todo esto es solo la corteza de una realidad espléndida, el encuentro del alma con Dios a cada minuto renovada, a cada minuto acrecentada en gracia, siempre más bella para su Dios.” (1)

(1) “Chaque petite action est un évènement immense où le Paradis nous est donné, où nous pouvons donner le Paradis. Qu’importe ce que nous avons à faire: un balai ou un stylo à tenir; parler ou se taire; racommoder ou faire une conférence; soigner un malade ou taper à la machine. Tout cela n’est que l’écorce d’une réalité splendide, la rencontre de l’âme avec Dieu à chaque minute renouvelée, à chaque minute accrue en grâce, toujours plus belle pour son Dieu.” DELBRÊL, M. La sainteté des gens ordinaires. Tome VII, Œuvres Complètes, Nous autres gens des rues, Nouvelle Cité, Paris, 2009, 30.

Sophie Grimaldi d’Esdra es licenciada en Periodismo (UFV) con un máster en RRII y cooperación internacional (URJC). Es redactora jefa de una revista francesa de prospectiva y doctoranda en la UFV con una tesis sobre « La compasión en Simone Weil ».

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