Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El atrio de los gentiles o qué tiene que ver la verdad con la vida

A.B. y S.H.

Cuando el Papa Benedicto XVI llamó a acoger en la Iglesia a aquellos hombres extraños a la religión pero que no renuncian a Dios, o al menos desean acercarse al Dios desconocido, la imagen del patio o atrio de los gentiles pasó a ocupar un lugar en la imaginación de muchos cristianos. Sin embargo, esta imagen bien puede llevar a un malentendido si no se explicita la naturaleza de este espacio de diálogo.

Para poder hablar de Atrio antes tendríamos que preguntarnos ¿qué es la fe? Y aquí puede surgir un primer obstáculo, uno que históricamente ha tomado la forma de un debate continuado entre la fe y la razón o la fe y la ciencia: entender la fe de forma distinta a como la entiende la tradición judeocristiana. En el fondo se ha infiltrado en el tema de la fe como experiencia una vanidad intelectualoide. Es cierto que cuando  el cristianismo llega a  Roma y Grecia no entra en debate con las religiones olímpicas porque para los cristianos esas religiones son míticas. Éstas no son entendidas como “religión” si no como política del Estado, por ello entra en discusión con la filosofía –como dice Benedicto XVI hablando de Terencio Varrón–  el cristianismo entra en debate con la filosofía no porque quiera entrar en el juego intelectualoide de razonar  la fe  en el nivel intelectual –sí y no– sino porque la  filosofía era una forma de vida,  y  una forma de vida que era distinta  a la  forma de vida cristiana;  ¿y por qué  se trataba de un choque de  formas de vida y no de trenes intelectuales?  Porque el cristiano tenía una vivencia-idea de la fe como la tenía un judío. La fe no era para ellos adherirse a determinadas ideas, asociarse a una escuela, sino la experiencia vívida de un acontecimiento, un hecho histórico que penetra en la propia vida y la transforma: un encuentro que trae consigo una propuesta, una aventura a la que Alguien te invita, te convoca, te llama, y que trae consigo la exigencia vital de arriesgarse y ponerse en camino. Abraham no se puso en camino después de oír  la retórica de un sofista, ni caer bajo el hechizo seductor de un hombre convincente, sino a partir de una promesa: Su vida se convierte en una historia llena de experiencias vividas que le llevaban a verificar que se podía fiar del Aquél que quería realizar con él una Alianza imperecedera.

En el Atrio de los Gentiles no se trata de atraer a uno como comparsa para convencerle de algo, sino para razonar juntos.  ¿Y desde dónde se razona?  Desde  la fe entendida como experiencia: este es el punto. Partir de la experiencia es lo primero. Cuando se quiere tomar otro camino la razón escapa, se eleva, se engolfa de vanidad y crea un mundo teórico, un mundo de ideas que no pisan la tierra, que no conocen la carne, la vida vivida, ni parten de la Revelación. Se engarza en un reto intelectual donde hay siempre un derrotado y se pierde la experiencia de lo revelado. Y con Revelación no hay que “entender” la Biblia. La Biblia es el testimonio de la Revelación, el testimonio de quienes han vivido algo maravilloso que no pueden dejar de contar. Pero  entonces, ¿qué es aquello que la Revelación revela? La experiencia del amor. Pero esta experiencia de amor no es algo evanescente, etéreo, sino tangible, reveladora de la potencia de la carne. Fe en  hebreo, “emunah”, significa apoyarse en lo sólido, es decir,  tener una experiencia  de algo que te ha sucedido, un acontecimiento, un encuentro con una persona medible que pesa tantos kilos o que  aunque no la conozcas, porque  está transfigurada, cuando te habla dices: “eras tú  el que estabas en Jerusalén  crucificado”.  Y en ese encuentro con una persona real re-conoces una humanidad nueva, algo que conocías indirectamente pero que no sabrías pronunciar, porque estaba escondido en tu interior; esto es lo que se puede traducir:  hacer razonable lo vivido en la historia, por eso, Abraham es el padre de la fe, porque experimenta un encuentro con el misterio, un misterio tan secular como que aparezcan dos personas en medio  del desierto y le digan: “me han dicho que te diga  que salgas de tu casa y te pongas en camino”… no hablan de metafísica, no hablan  de realidades trascendentales, no hablan de ideas, no le presentan un deseo realizativo como dice algún filósofo, sino que le dicen  que se fíe y que se ponga en camino… ¿y qué sucede con este hombre? Que su mujer se ríe de él porque cree que es un crédulo estúpido, pero aún así él se pone en  camino y empieza  a tener una serie de experiencias de la acción  de Dios en la historia y eso es el aval por el cual él confía, y aún cuando tenga tentaciones –porque en la historia ésta es la dinámica de la fe: que tu decisión  siempre libre, garantizada por esa libertad que te da alguien que te ama no como una marioneta, si no con toda tu dignidad se vea tentada, habite en lo incierto muchas veces–, la historia irá probando que Aquél de quien uno se ha fiado es digno de ser fiable.  

Un ejemplo de Atrio: Jacques y Raïssa Maritain

El Atrio, por este suelo que es partir de la experiencia, de la que uno puede dar crédito por ser la suya, la que uno ha experimentado, tiene todo que ver con la verdad, con la búsqueda de la verdad. Y esto es también lo que se pide a aquél que ponga un pie en este umbral del Templo: que no renuncie al deseo de verdad que lo atenaza. Renunciar a ello es darle la espalda al diálogo profundo que pide el Atrio. Benedicto XVI, en el discurso de la Sapienza (2008) alertaba:

 

«El peligro para el mundo occidental –por hablar sólo de éste- es que el hombre precisamente, considerando la grandeza de su saber y poder, se rinde ante la cuestión de la verdad. Y esto significa a su vez que la razón, al final se rinde ante la presión de los intereses y ante el atractivo de la utilidad y se ve forzada a reconocerla como criterio último» (1º).

Éste panorama es el que dos jóvenes estudiantes franceses vivieron a su paso por la Universidad:

“Por instinto nos agitábamos contra un relativismo sin salida, contra aquella relación a la nada, porque ningún absoluto era admitido. A pesar de todo cuanto pudiera apartarnos de ella persistíamos en buscar la verdad -¿qué verdad?-, en llevar en nosotros la esperanza de una plenitud de adhesión posible a una plenitud de ser” (2º)

Aún con grandes prejuicios contra la Iglesia –“nos parecía la sociedad de los dichosos de este mundo, aprobadora y aliada de los poderosos, burguesa, farisaica, alejada del pueblo” (3º) –el matrimonio Maritain tomó la decisión de no cerrarse en su visión de las cosas, sino en conceder confianza a lo desconocido durante algún tiempo, y esa apertura les llevó a conocer y apreciar a un escritor católico tildado en su época de “libelista”, “vociferador” y “mendigo ingrato”. El encuentro con León Bloy supuso para ellos una entrada en el Atrio. Lo visitaron en su casa, comieron con él y su familia, lo ayudaron en su penuria económica, pasaron juntos muchas tardes. Acostumbrados al incisivo debate, activos en el campo de las ideas, el encuentro con Bloy no trató de esto. Como dice Raïssa en sus memorias:

“Nada de controversias. No las tenemos con Bloy. No discutimos con él. Él no argumenta con nosotros; por un tácito acuerdo Jacques y yo no pedimos a León Bloy más que el ejemplo de su vida, una comunicación confiada, tranquila, en los términos que son los suyos, de lo que él cree, de lo que él ama, de lo que él tiene por absoluta verdad” . (4º)

Aquello que habló fue la vida de un hombre que había experimentado algo esencial que le había transformado. Algo que en esa relación confiada de buenos amigos se expresó en una carta que Bloy envió el 25 de Agosto de 1905 a Raïssa y que ella conservó como un tesoro:

“<Yo no soy cristiana, dice usted. Yo no sé que buscar, gimiendo> ¿Por qué ha de continuar buscando, amiga mía, si ya lo ha encontrado? ¿Cómo pudiera gustarle a usted lo que escribo, si no pensara y sintiera como yo? No es usted solamente cristiana, Raïssa, es usted una cristiana ardiente, una hija del Padre muy amado, una esposa de Jesucristo al pie de la Cruz, una sierva amorosa de la Madre de Dios en su antecámara de la Reina de los mundos… Pero usted no lo sabe o más bien no lo sabía usted y para enseñárselo nos ha sido usted enviada…

La importancia, la dignidad de las almas es inenarrable, y las almas de ustedes, Jacques y Raïssa, son tan preciosas que no ha sido necesario menos que la Encarnación y el suplicio de Dios para rescatarlas, exactamente como a la mía… Empti estis pretio magno, han sido ustedes comprados a gran precio. Esta, amigos míos, es la clave de todo, en lo Absoluto. Hemos sido rescatados, como esclavos muy preciosos, por la ignominia y la tortura voluntaria de Aquel que hizo el cielo y la tierra. Cuando se sabe esto, cuando se ve y se siente, somos como dioses y no cesamos de llorar.

El deseo de usted de verme menos desdichado, buena Raïssa, es una cosa que estaba en usted, profundamente, en su ser sustancial, en su alma que prolonga Dios, mucho tiempo antes del nacimiento de Nachor que fue abuelo de Abraham. Es estrictamente el deseo de la Redención acompañado del presentimiento o de la intuición de lo que ella ha costado a Aquel que la podría pagar. Eso es el cristianismo, y no hay otra manera de ser cristiano.

Arrodíllese usted, pues, al borde de ese pozo y ruegue así por mí:

-Dios mío, que me habéis rescatado a gran precio, yo os pido humildemente hagáis que esté yo en unión de fe, de esperanza y de amor con ese pobre que ha sufrido en vuestro servicio y que sufre quizá misteriosamente por mí. Liberadle y liberadme para la vida eterna que habéis prometido a todos los que sientan hambre de vos.

He aquí muy querida y bendita Raïssa, todo cuanto puede escribirle a usted hoy un hombre verdaderamente desdichado, pero colmado de la más sublime esperanza respecto de sí mismo y de todos los que lleva en su corazón.

Suyo,

         León Bloy”

Como decía Aristóteles: el amor es el misterio que puede mover un planeta sin moverse del sitio, sin usar una palanca, sin hacer nada. Sólo una experiencia de amor testimoniada puede tener peso real en el Atrio de los gentiles.

 (1º) Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de la Sapienza, Roma, 2008

 (2º) RAÏSSA MARITAIN, Las grandes amistades, p.78

 (3º) P. 155

 (4º) P. 134

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