Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El judaísmo: experiencia de Dios

Del 5 al 12 de Julio el Grado de Relaciones Internacionales UFV organizó un Curso de Verano en Israel, para conocer de primera mano la situación de Oriente Medio. Entre las conferencias impartidas, destacó la del rabino Baruj Garzón, que habló sobre el judaísmo como experiencia de Dios. Desde el Instituto John Henry Newman, os compartimos el audio y la conferencia transcrita de esta magistral intervención.

Muchas gracias por permitirme reunirme aquí con ustedes para hablar de algo que me gusta mucho, que es hablar de Dios mientras aprendo a hablar con Dios, eso será más importante creo yo pero bueno mientras tanto, paso a paso.

La verdad es que siempre es un placer reunirme con los amigos de la universidad Francisco de Vitoria por la cual tenemos una gran admiración por la seriedad de su trabajo y por la perspectiva y orientación de la formación que en un mundo que parece que se desmorona a nuestro alrededor pues vemos que hay pilares sólidos y sobre esos pilares está construido el suelo en el que ustedes se mueven y se forman y van a crecer y para nosotros, los que creemos a Dios, que mas que creer en Dios los que queremos a Dios creo que es una gran esperanza.

La vedad es que no está de moda hablar de Dios pues solo hablamos del cuerpo, entonces vamos a hablar un poquito del alma y como me han dicho que describa al judaísmo yo lo describiría como la experiencia de Dios, porque la verdad que “judaísmo” es una palabra que no existe en hebreo. Dios es una palabra tiene una raíz griega, “Theos” idea de luz. A nuestro alrededor nuestros vecinos tienen la idea de fuerza, “Alá” como Elohim. Entre los dos está el tetragrama, las cuatro letras:

Y (iod), H (hei), V (vav) y H (hei)

Lo podrán ver en muchas catedrales dentro de un triangúlalo. Es nada más y nada menos que el verbo “fue”, “es” y “será”, es decir, del verbo ser en pasado, presente y futuro pero en una sola palabra. Si ya el pasado es difícil de concebir porque se nos olvidan la mitad de las cosas, el presente es tan fugaz que cuando  le nombramos ya dejó de ser presente, y el futuro, pues todavía no estamos dotados del don de la profecía y por lo tanto en estos tres tiempos en el que artificialmente creemos vivir –por lo menos mentalmente– se esconde una realidad que es la eternidad de nuestro ser, de la esencia de nuestro ser de la que vamos a hablar. El que es, fue y será es una provocación para romper los límites del tiempo e intentar concebir más allá de la palabra, una realidad eterna, un viso de eternidad. Es un reto mentalmente y espiritualmente muy difícil y complicado porque no se trata de ser más inteligente sino de ser mejor persona.

Pasar por el camino de la ética nos parece un poquito difícil y raro; para saber, hay que ser. Esa es la aventura del conocimiento de Dios en esta tierra, en esta condición humana en la que nos encontramos.

El que es, fue y será nos convoca, nos busca más de lo que nosotros le buscamos a Él. Intentó buscar la humanidad entera después de Adán. No lo logró, la vio dividida entre los Cainitas y los Abelitas, optó por Set, el tercero. De nuevo división en la torre de Babel. Optó por Abraham; de nuevo división entre Ismael e Isaac. Luego Esaú y Jacob hasta que llegó un pueblo  al que Él llamo –“Mi pueblo”  antes incluso de darle la Torá. Cuando convocó a Moisés para liberarle de la esclavitud el pueblo entendió que sin una formación ética, sin un conocimiento del dolor del otro, conocimiento del sufrimiento del otro, del inmensamente otro como dice el esclavo, no había fundamento para una ética y a partir de esa ética es cuando el pueblo merece recibir la revelación.

Esa aventura que va de la ética a la revelación, es la aventura que todos estamos viviendo día a día.

El situar a Dios como el que es, fue y será es sacarle del espacio, es el primer movimiento, es un Dios que yo no puedo manipular, no tiene dimensión, luego no está en el mundo bidimensional o tridimensional en el que yo me muevo, no está en el mundo de las imágenes ni de las estatuas, está más allá.  El situarlo en el tiempo es trascender la idea de Dios inmediatamente, forma parte de la provocación. Lo importante, como segundo paso, es que la experiencia de Dios en el judaísmo no solamente nos lo hace ver como algo material,  por lo tanto exterior sino que lo interioriza, como dice el rey David – “Y en mi carne veo a Dios”. Ese Dios que me acompaña, que forma parte de mi esencia no es el Dios que yo busco, ni el Dios que me busca es el Dios que está.  Yo tengo que hacer un esfuerzo para no escucharle, para sentirle ajeno a mí. Esa idea de transcendencia es la que simboliza este solideo (kipá); ese solideo significa -“Aquí termino yo.” Mi dimensión humana termina aquí, hay algo por encima de mí, que tiene más memoria, sabiduría y poder que yo. De ahí a llegar al omnipotente o al omnisciente hay un camino pero por lo menos, si empiezo con este gesto de humildad ya me estoy preparando para la trascendencia… todavía no le llamo Dios porque a mí esa idea de Dios-luz o Dios-fuerza todavía me resultan muy material. Hay que purificar la idea Dios. Ni “Theos” ni “Alá” satisface a la idea de las cuatro letras fundamentales, ni por supuesto de la primera la “Y” (jota), la más pequeña, aquella que Jesús dijo que no venía ni a cambiar ni una sola jota, seguramente se refería a la primera letra del nombre de Dios, la que marca la esencia.

Antes de pasar a la segunda parte, les voy contar un cuento:

Llegó un judío que había hecho las Américas a Polonia a su pequeño shtetl, su pequeña aldea y vio que los judíos iban a la sinagoga.

-¿Donde van ustedes con tanta prisa?

-Vamos a la sinagoga a escuchar al Rabino

- ¿Al Rabino? Ustedes son tontos. ¡Yo soy ateo! No sabéis. No habéis viajado ni salido nunca de este pueblo.

-Pero el rabino también es ateo.

-¿Cómo? ¿Un rabino ateo? Esto me interesa.

El “americanito” fue a la sinagoga y se sentó junto al supuesto rabino ateo.

-Rabino yo soy ateo.

-Yo también.

-Explíquemelo.

El rabino respondió:

-Yo soy ateo en cuanto al Dios en el que tú crees. La idea que tú rechazas de Dios no es la idea que yo tengo de Dios.

Estamos empleando la misma palabra pero no estamos hablando de lo mismo, por eso el camino que yo quisiera hacer con ustedes es la experiencia de Dios, no el descubrimiento, sino intentar experimentarle en nuestra vida cotidiana. Según el versículo: “Y en mi carne veo a Dios.”  

El judaísmo como visión del hombre

La experiencia de Dios empieza por una visión del hombre. Muy sencillo: si no salimos de la otredad, si quedamos con esa nostalgia  de volver al vientre de nuestra madre donde la fusión con el otro era total… Es complicado liberarse de esa dependencia pero inmediatamente la vida nos llama a descubrir la otredad, la madre ya no está en la fusión, está fuera. A veces está lejos y lloramos porque no la sentimos cerca y luego está el otro, que son los hermanos, el padre, los vecinos, los amigos del colegio, o del movimiento juvenil, o de la discoteca y vamos descubriendo la otredad  hasta que llegamos al matrimonio donde de pronto tengo que intentar una nueva fusión pero con un ser que es completamente otro, que quizá tenga otro proyecto de vida, tiene otros sueños, tiene otra historia y mi reto ahora es saber cómo con  alguien me fundo con un nuevo ser según el proyecto del Génesis en el que el hombre y la mujer por el matrimonio forman un solo ser.

Este descubrimiento de la otredad es indispensable, nos explicará más tarde Emmanuel  Lévinas, uno de mis maestros. Esa otredad, esa experiencia de la otredad fuera de la fusión, es quizás el primer descubrimiento de la experiencia de Dios porque solo a través del otro, solo a través del rostro del otro, descubro algo infinito tangible que me habilitará si lo hago bien, si mi relación con el otro es ética, llegaré a descubrir al otro con una inmensa mayúscula, al otro infinito que ya se me anuncia en su rostro. Cada rostro es un infinito y me llama a la experiencia de Dios. No tengo otro camino –dice Lévinas – para buscar a Dios si no es el rostro del que Dios me pone delante en cada instante: el conductor musulmán del taxi esta mañana, el sacerdote que me recibió tan amablemente, y cada uno de ustedes… Ésa es la experiencia de Dios, la experiencia del otro que cambia mi perspectiva, cambia esa distancia que pongo a las cosas para clasificarlas y ordenarlas, y empieza un descubrimiento esencial que me saca de mi yo y se da esa ruptura del yo provocada por la presencia del otro. Ése es el primer camino: del otro con minúscula al otro con mayúscula.

La otredad está también dentro de nosotros, sentimos pasiones del cuerpo y del alma, aunque esta segunda nos inquieta más e  intentamos silenciarla. Tenemos pasión por la justicia – y quien no ha sido comunista a los 18 años es que no tiene corazón– porque la pulsión por la justicia social, aquí y ahora, es algo innato en el ser humano, le viene por su origen divino, porque Quien lo creó es un ser inmensamente justo y eso vive en nosotros. Lo que ocurre es que forma parte de esa segunda dimensión que intentamos acallar; preferimos ocuparnos de las pulsiones del cuerpo, ya que las podemos satisfacer, en las cuales nos podemos ahogar incluso y “salvarnos” de esa llamada de la trascendencia que vive en la otra parte del yo, en la parte más ignota y menos dominable.

El primer ejercicio es ponerse delante del espejo mañana y decirle: –Tú, no eres todo yo. Ahí vamos a descubrir la otra dimensión del yo, la que no se satisface en el “Body shop” porque ese otro yo que vive aquí, dice la mística judía, que es una princesa exiliada, la obligaron desde su origen a descender a este mundo, vivir en esta escafandra que le iba a permitir caminar en este planeta. Como los astronautas del Apolo, nuestro cuerpo es la escafandra. Los ojos no ven el yo que está dentro, los ojos son la ventana. Quien ve  y unifica, interpreta lo que veo, lo que oigo, es ese otro yo que no se ve en el espejo. Ese otro yo, si leemos en el Génesis de donde viene, le llaman alma pero en realidad es un soplo divino y dice Rabbi Jaim de Volozhin que cuando alguien sopla, sopla de lo más íntimo. Cuando Dios sopló en nosotros, esa dimensión divina –que no es la del cuerpo– sopló de lo más íntimo de lo divino y eso es lo que vive dentro de nosotros. Eso es lo que escuchamos en la voz de la conciencia, como Moisés que era capaz de escucharla las veinticuatro horas del día [lectura en hebreo]: “Y oía la voz, no que le hablaba, sino que se hablaba en él.” Y esa voz la escuchamos todos, lo que pasa que esporádicamente, y como estamos acostumbrados a mandarla a callar por que nos cambiaría la agenda y las prioridades de la vida, entonces preferimos ignorarlo pero esta allí y es la fuente de nuestra vida y es la razón de ser de nuestra vida porque esa princesa exiliada dentro de este cuerpo maloliente con sus exigencia, sus pasiones y pulsiones…

Esa ruptura del yo que hace que yo sienta que alguien vive dentro de mí, no algo sino alguien; es una pregunta fundamental. Vivimos siempre en el mundo del “qué”… ¿Por qué no nos atrevemos a vivir en el mundo del quién? Dice el profeta Isaías:

¿Pueden dos personas encontrarse en este ancho mundo sin que alguien haya hecho que se encuentren?

La ruptura del yo no es ningún conflicto insoluble, es un equilibrio. Cuando uno ha descubierto la dimensión originaria del soplo divino –que es nuestro propio origen y la fuente de nuestra vida– el equilibrio del soplo divino, que llamamos ánima, alma, está en la bendición sacerdotal: cuando entro en la clínica sacerdotal de San Francisco de Asís en Madrid, veo una imagen preciosa de San Francisco y debajo la bendición sacerdotal que la gente cree que la escribió el propio San Francisco. Dice así:

“Dios te bendiga y te proteja. Dios ilumine su faz hacia ti  y te dé su gracia. Dios te sea favorable y te conceda la armonía.”

La parte de “Dios te bendiga y te proteja” es la abundancia en el mundo material y físico  y que te proteja contra tu propia riqueza, contra tu propia fuerza. “Dios ilumine su faz hacia ti y te dé su gracia” es la bendición espiritual, que ilumine tu vida interior, que no la notes caótica, oscura, que notes su luz y su presencia dentro de ti, pero también que te conceda la gracia. No te vuelvas en un anacoreta  o un ermitaño y conserves la sonrisa y conserves la relación con el entorno y tengas la gracia –“la gracia andaluza”– y que te siga acompañando aunque seas una persona muy espiritual. Pero todavía falta la tercena, la más importante. El bien estar material, el progreso espiritual  ambos te pueden matar. [Texto en hebreo]

El que no hace favores que te conceda un favor a ti especial.” Que te dé entre esas dos dimensiones más que la paz, la armonía. “Shalom” es armonía, no es paz, es el deseo, es nuestro saludo: armonía interior entre esas dos pulsiones, la del alma que tiende a hacia arriba donde está su origen, porque nosotros somos los únicos seres que tienen las raíces arriba, todos los arboles, todo se nutre abajo, nosotros nos nutrimos arriba, vivimos al revés, estamos completamente invertidos. Esa es la verdad de la imagen del hombre. Si yo lo tuviera que pintar lo pintaría así. Marc Chagall lo intentó así, mostrarnos desenraizados de la tierra.

El judaísmo como visión de Dios

Pero no es solamente una visión del hombre, es también una visión de un Dios. Dijimos que es el Otro infinitamente otro que vive dentro de mí, dijimos que está en el rostro de toda persona que encuentro en todas las ocasiones en mi vida. Para Jean-Paul Sartre, el otro era el infierno. Para un judío el otro es su mesías, su salvador, el otro es quien le hacer romper el yo, quien le abre la puerta de lo infinito y de trascendencia sin el cual yo me animalizaría. Fíjense que inteligentes han sido los hombres que cuando han prescindido de Dios han inventado reglas de urbanidad: “Pase usted primero”, “No se come de cualquier manera”, “No abras la boca como la vaca cuando come”…

Han inventado reglas de conducta un poquito artificial, pero es para hacer la convivencia posible. La persona que lleva a Dios en su interior eso lo da por sentado, porque el respeto a Dios se traduce por su respeto a la persona.

Es importante recordar que en la noche del Sabbat, el viernes por la noche, cuando uno se va a encontrar con esa dimensión trascendental por que ha dejado de meter sus manazas en la naturaleza, ha apagado el ordenador, el teléfono, ya no escribe, ya no conduce, en esa quietud, en ese parón que le damos al cuerpo y a los proyectos del mundo material, es cuando el alma se expande y crece un suplemento de alma. Un soplo divino superior al de los días de la semana. Con sólo haber parado el cuerpo, con sólo ese gesto de humildad, de pensar “la fruta sigue creciendo en el árbol sin mí”, ese sin mí que es la experiencia del Sabbat es lo que hizo que José, el hijo del patriarca Jacob, fuera un ser excepcional. Cuando el Faraón le invita a explicarle los sueños él emplea una palabra fundamental.  [Hebreo] “Dios va a responder la paz que espera el Faraón, sin mí. Dios no me necesita”. Esa es la experiencia del Sabbat, “el mundo sigue girando sin mí.” Esa experiencia de gran humildad, esa redimensión de mi cuerpo, ese frenazo que le doy a mi intervención desequilibrante en la creación, es lo que hace que el alma, como un gas que está contenido, se expanda de una manera natural. Por eso el Sabbat es la primera arquitectura, el primer templo que le construimos a Dios, no en el espacio donde Él no está sino en el tiempo. La apertura hacia la eternidad es el Sabbat. El Sabbat que trasladamos unos al viernes y otros al domingo por razones teológicas que no vamos a explicar ahora, sigue estando en la cúspide de la semana, toda la semana es sólo la preparación para habilitarnos a poder preparar la comida, el agua caliente y todo lo necesario para que no tengamos que escuchar  al cuerpo, como lo hemos hecho prioritariamente durante toda la semana.

El Sabbat nos permite recuperar al otro prójimo, al prójimo más próximo, y si fuera posible, abrirnos a la comunidad y abrirnos al mundo de lo humano, que es el mundo de lo divino.

El judaísmo como visión del mundo

Pero también el judaísmo, además de una visión del hombre y una visión de Dios, es una visión del mundo. El mundo como manifestación de Dios; para el judío no hay naturaleza, hay creación. El judío no vive en el mundo del “qué” vive en el mundo del “Quién.” Yo veo el agua que tengo enfrente mío y digo “Alabado eres Tú, eterno, que todo lo has creado con tu palabra”: Dios visto a través de su creación. Si ya lo hemos visto a través de la más hermosa de todas, que es de la creación del hombre y de la mujer, ahora voy a aprender a verlo a través de la lo que llamamos “naturaleza”.

Rabbi Mendel de Kotzk, había sido un niño como todos nosotros y un día su maestro le preguntó:

-“Méndele (pequeño Mendel) te doy una moneda de oro si me dices donde está Dios.” Mendel le contestó: “Y yo te doy dos si tú me dices donde no está.”

Dice el sabio rey Salomón en los Proverbios, “Intenta reconocerle en todos tus caminos, allá donde vayas, veas lo que veas intenta reconocer la huella de Dios hasta que te acostumbres a ver a todo y a todos unidos por un hilo invisible a un origen común”. Cuando tu mirada se haya acostumbrado a no ver individuos, sino criaturas divinas cuyas conciencias, almas, soplos divinos, que les anima tiene un común origen, tu visión del hombre, de la sociedad y del mundo va a cambiar.

Esa es la función de la berajá por eso, el Talmud empieza por un tratado que habla de las berajot [bendiciones]. Como reconocer en la abundancia de formas, etilos y colores, un único origen.  Imagínense que yo ahora tengo que reconocer en aquél salvaje que ante la televisión degolló a alguien y tengo que ver al degollado  y al verdugo… que trabajo me cuesta pero es mi obligación. ¿Qué mensaje me ha traído esa imagen? Si lo traduzco en política, fatal, muy mal, estoy mal, porque la dimensión política no es más que una dimensión administrativa para dar una base física a las almas, eso es todo, los políticos son nuestros administradores pero no son quienes tienen cura de las almas, cura de las almas tienen quienes viven en el mundo de las almas no en el mundo de los números. Cambiar esa jerarquía forma parte de ese esfuerzo de ver todo y todos unidos a un común origen, incluso, ambos personajes tan opuestos de esa imagen tan impactante que nadie de  nosotros puede olvidar. Es un esfuerzo, un esfuerzo muy difícil… pero hay que llegar a hacerlo. La berajá nos entrena, nos acostumbra.

Del diálogo al triálogo

Y ahora vamos a dar un paso adelante. Con ese otro, que es mi prójimo, o con esos otros tan diversos que son todas las parte de la creación, yo tengo que mantener un diálogo, no puedo vivir mi yo, no existe mi yo sin la conciencia del otro sin la visón del otro, mi horizonte se estrecha. Cuando no incluyo al otro, muero, si no escucho la voz del otro, muero espiritualmente. Por eso el dialogo tiene que transformarse en “trialogo”, tú y yo somos la base, pero tenemos una cúspide que es nuestra referencia común sino no hay dialogo posible. Si yo no te veo como una criatura divina y no te veo a ti ni a mí en presencia de Dios, te puedo mentir, engañar, puedo ser hipócrita, no hay ética ni moral posible. Dios, el punto A del triangulo, el cual tú y yo somos B y C, es la garantía del diálogo; no hay dialogo sin una idea común de Dios y sin una búsqueda de esa cúspide y sin una mirada hacia arriba. [Hebreo] “Alzad la mirada hacia arriba.” No os quedéis siempre mirando en horizontal. Alzad la mirada y preguntaos quién creó esto. ¿Esta inmensa diversidad quien la creo? No te digo que pienses en Dios, solo que dejes preguntar “¿qué?”, y entres en la pregunta fundamental: “¿Quién?”. Tenemos que pasar a ese mundo de interrogación sobre “¿Quién?” ¿Quien está en la cúspide del triangulo? ¿Quién me garantiza mi diálogo?

Puede ser el dialogo ruso-estadounidense, el diálogo Israel-palestino, o entre Obama y los Ayatolás… pero si no hay una idea común, una aspiración común hacia un absoluto, el diálogo se quedará en una conjugación de intereses más o menos materiales, pero ni es garantía de armonía, ni garantía de paz, sólo Dios es garantía como referencia común de que el dialogo es realmente sincero y real.

Todo eso necesita un entrenamiento como hemos visto a través de a “berajá” pero el judaísmo, por llamarlo de alguna manera, esa experiencia de Dios que nos han enseñado y transmitido desde el Sinaí hasta hoy está basado en seiscientas trece “mitzvot”, doscientas cuarenta y ocho cosas que tengo que hacer y trescientas sesenta y cinco  que no debo de hacer. Esas seiscientas trece “mitzvot” son formas de actuar e insertarme en el mundo a través de la acción; Dios no está en los conceptos. El mundo platónico o el mundo de Plotino, no es el mundo del pueblo de Israel; el pueblo de Israel es muy pragmático. Lo que yo pienso es lo que se expresa por mi acción. Si no se expresa por mi acción correcta lo que yo pienso, por más bello que sea, no sirve.  En el mundo de las ideas se pueden gestar castillos en el aire pero donde yo tengo que construir es aquí, en este mundo. Por eso, en el momento cúspide de la oración cuando llega la meditación, todo el mundo vuelto a Jerusalén pensando en Dios Uno y Único con el que hemos hablado en el secreto, susurrando, murmurando nuestras palabras… cuando termino, tengo que bajar de la “estratosfera” dar tres pasos hacia atrás para asumir el mundo en el que tengo que volver a vivir, y al que tengo que reparar porque se estropea solito además de que hay personas que tienden a estropearlo. Y esa es mi misión, una vez inspirado por el triálogo, encontrar a Dios en la acción justa, en la acción correcta, es allí donde lo voy a descubrir, allí Él me va a descubrir a mí, donde Él va a reencontrarse con aquél soplo divino que me anima. Sin esa acción todo lo demás ha quedado en la “estratosfera”, sin esos tres pasos hacia atrás, después de la meditación de la oración, no es posible. Porque la fe auténtica es aquella que se expresa en la acción y en el gesto correcto; por eso los preceptos no son un fin en sí, son seiscientos trece, pero son seiscientas trece oportunidades de purificar nuestra fe, de refinar nuestro ser. Son un medio y no un fin en sí. La agenda prioritaria que esta acción justa implica, la acción guiada por la revelación, es la fusión de dos voluntades: cuando yo aparco la mía para realizar la voluntad de Dios. Cuando yo digo “ahora es Sabbat, ahora ya no trabajo” Porque de lo que se trata es de fundir las dos voluntades, que mi voluntad se confunda con la voluntad de Dios, que mi proyecto de vida  se confunda con el proyecto que Dios tiene para mí, y tiene para cada uno de nosotros, por lo cual nos dio una huella digital distinta, un ADN distinto, y una cara distinta. Porque cada uno es para Dios una única e irrepetible oportunidad de reparar el mundo y hacerlo mejor.

Por eso Dios eligió un pueblo, mejor dicho, lo designó para que fuera la luz de las naciones, para que fuera un laboratorio donde lo humano se fuera refinando, no quiere decir que ha alcanzado el sumo, no, pero que tiene la preocupación de aparcar su voluntad para realizar la voluntad de Dios; que tiene la obligación de ver en el otro una criatura divina; que tiene la obligación de verse como algo más que un cuerpo. Si solamente estas tres cosas formaran parte del acervo común de la humanidad nos encontraríamos muy pronto en la Jerusalén anunciada por los profetas, donde la humanidad entera se reúne como en el salmos 150, cada uno con su instrumento musical y todos tocando la misma partitura [canta en hebreo]:

¡Aleluya!

Alabad a Dios en su santuario,

alabadlo en su poderoso firmamento,

alabadlo por sus grandes hazañas,

alabado por su inmensa grandeza.

Alabadlo con el toque de cuerno,

alabadlo con arpa y con cítara,

alabadlo con tambores y danza,

alabadlo con cuerdas y flautas,

alabadlo con címbalos y aclamaciones.

¡Todo cuanto respira alabe al Señor!

La palabra Aleluya tiene las dos primeras letras del tetragrama. El Dios trascendente, Aquél al que no veo a través de la creación. “Deus sive natura” No. No, señor Spinoza. Más allá de la natura está “iod” (Y) y “hei” (H), están las dos primeras letras de ese Dios trascendental al que yo desde “vav” (I) y “hei” al que pertenezco, de esa parte divina que vive en mí, que son las dos últimas letras del tetragrama, tengo que aspirar y aspiro porque toda alma aspira. [Hebreo]:

“Todo lo que respira, aspira y respira a Dios”

Baruj Garzón Serfaty (1968–1978), docente e investigador y miembro de la Amistad Judeocristiana y del Centro de Estudios Judeocristianos de Madrid. Fue el primer rabino oficial de la Comunidad Israelita de Madrid entre 1968 y 1978, ex director en TVE del programa “Shalom” y director espiritual de la madrileña Sinagoga “Or Hayeladim”. Fue Director del programa TVE “Shalom” y “La voz de la Torá” en RNE.

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