Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Los divorciados casados o el matrimonio como maldición

S.H.

“No sólo son presa de la muerte los que yacen en el lecho del enfermo, desahuciados por el médico: hay muchos que andan a nuestro alrededor y que han sido marcados por la muerte. Así también hay más de un matrimonio que ha sido marcado por el divorcio”.

Están casados, rechazan el divorcio como un pecado, pero permanecen extraños el uno al otro; aunque quieren encontrarse, no pueden realmente hablar, no porque les falte tiempo sino precisamente porque tienen la ocasión de hacerlo todos los días… pero el momento pasa  y cada vez se hace más difícil manifestarse el uno al otro. Tal vez guardan memoria de un pasado feliz, y en vez de sentirse animados, aquella felicidad perdida cobra para los dos solitarios un brillo exagerado y enfermizo: ¡Qué felices éramos! Uno tal vez se conforma con sentarse a esperar a que la vida pase y llegue el momento de morir, como si ello no fuera una infidelidad. O se pregunta dónde estuvo el error y en vez del intercambio de la sinceridad, se mira con sospecha al otro, se le traslada la culpa, brota la desconfianza.

La cita y su desarrollo están sacados del Discurso en ocasión de una boda, de S. Kierkegaard. El filósofo danés lo escribió en una época donde, al contrario que la nuestra, los divorcios públicos no eran muy comunes; lo que describe, en cambio, es una posibilidad siempre contemporánea.

Para el divorciado-casado el matrimonio es una maldición. No hay mayor soledad que estar solo junto a otro. No decirnos nada, nada, a pesar de hablar todos los días. El proyecto fracasó, las promesas no se cumplieron, el cariño se volvió apatía. Esta es la situación cotidiana, la maldita rutina.

“La vida, cada vez más, se convertía en la penosa existencia de dos seres que dentro de sí cada vez ocupaban menos lugar” dice Ana en El taller del orfebre. “Queda solamente la suma de las obligaciones"

La rutina es tremendamente ambigua. Podemos llegar a creer que ella es la culpable del cansancio, del desgaste y en definitiva del fracaso. Bastaría cambiarla para que todo se solucione, o al menos, para que las cosas mejoren. Esto es un engaño, como es un engaño siempre que caemos en la lógica de culpabilizar a otro/algo para salvarnos. La pregunta más bien debería ser cómo vivo la rutina, cómo recibo lo que se me da. Según sea el modo en que me disponga a recibir el futuro y la alteridad –todo eso que no soy yo –, viviré de un modo u otro mi presente: mi vida depende de mi saber recibir. Si creo que no hay espacio para la novedad, o que conozco absolutamente todo del otro –porque la rutina ha sido mi maestra –significa que he dejado de esperar, he perdido la capacidad de asombrarme, y en el matrimonio eso implica retirar el lugar para que el otro se me manifieste. Le niego al otro mis ojos, se los retiro. ¡Ay! ¿Quién me mirará de verdad si mi marido/mujer no lo hace? La mirada del esposo y de la esposa, su continua apuesta, su renovado sí, es la belleza y el sentido del matrimonio. Es a la vez don y tarea. Don, porque necesito de tu libertad, de tu sí, de que elijas manifestarte, de que elijas mirarme. Tarea, porque estoy llamado a mirarte de verdad, a apostar y confiar en ti cuando ni siquiera tú puedas hacerlo. Soy tu espacio existencial, y tú eres el mío. Si me lo retiras, o yo te lo retiro, nos herimos de muerte, nos ahogamos.

¿Quién no quiere vivir su matrimonio como bendición, ser re-creado por la mirada del otro?, ¿o levantarse cada día, atónito ante esa esposa siempre nueva, cuya misteriosa presencia se abre como un regalo, como una mano abierta que me invita a asomarme al lugar secreto de donde mana como una fuente su vida, tan profunda y desconocida?

No se trata de proyectar en el otro nada, de imaginarle cualidades, de transformarle para poder amarle. Se trata de aprender a mirar, de transformar mi mirada. Y ello no lo puedo aprender de mí mismo, ni lo puedo aprender de una vez por todas. Lo aprendo en los ojos del Esposo eterno, en el que una vez me vi reflejado y a quien referí mi matrimonio el día de mi boda.

La relación fuerte que testimonia la Biblia es una relación conyugal, como la que expresan los profetas, véase Oseas o Jeremías: Dios quiere desposarse con el Pueblo de Israel. Decía el rabbi Akiva que así como todos los libros revelados son santos, el Cantar de los cantares (Shir Hashirim) es el santo de los santos. Y en el Nuevo Testamento, aquella experiencia que testimonian los profetas, la encarna Cristo, el Esposo de la Iglesia.

Como estos versos de San Juan de la Cruz, “Cuando tú me mirabas, / su gracia en mí tus ojos imprimían”, así también nosotros, esposos y esposas, trasladamos de los ojos del Esposo eterno a los nuestros ese saber mirar de verdad, y la posibilidad de vivir el matrimonio como bendición ya no es un deseo por desgracia fraudulento, sino el más verdadero de los que pueden anidar en nuestro corazón. Este deseo pide ser realizado y para verificarlo basta encontrar el momento oportuno.

¿Y cuándo es ese momento? Hoy mismo.

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