Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El debate sobre el aborto

Santiago Huvelle

Cuando leo sobre el escándalo de Planned Parenthood –la venta de tejidos y partes de fetos abortados– y las reacciones que esto ha tenido –politizar la noticia, como hace el New York Times u ocupar las portadas de muchos portales cristianos y católicos– me pregunto hasta cuando el debate sobre el aborto seguirá siendo un tema pendiente.

No hay mucho debate, a lo sumo, peleas entre “nazis” y “retrógrados-fanáticos”, como se llaman mutuamente, o monólogos incomprensibles para unos y otros. Una excepción es el que mantuvieron en la Universidad de Yale los filósofos Peter Kreeft y David Boonin en 2008, y en 2010; esto representa de lo mejor que uno se puede encontrar googleando, y sin embargo, sigue sabiendo a poco.

La dificultad que frustra el diálogo pro-choice/pro-vida, haciendo que unos y otros se aíslen cada vez más en sus posturas, separados por un foso infranqueable, con los ojos clavados en direcciones opuestas es la dialéctica ideológica que impera en la arena pública. Las ideas, cuando se vuelven ideología, no convencen a nadie. El “derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo” es un grito de guerra y la “imagen de Dios desde el momento de la concepción” puede ser arrojado a la cara del otro como un eslogan.

El sufrimiento y la ansiedad de una mujer desamparada que mira con terror el futuro, en cambio, no es un eslogan. Esa misma mujer herida que encuentra en la mirada de otro su dignidad restituida, afirmada incondicionalmente, es más que un lema.

Queriendo evitar este callejón sin salida, me gustaría entrar en el debate partiendo de mi experiencia de los últimos cinco meses, desde que Gemma me miró boquiabierta sosteniendo una varilla en la mano. Vamos, que más que con un eslogan quisiera entrar en el debate presentando una forma de vida, sí, una forma de vida, que transforma la mirada, la recrea y que me ha cautivado desde que aconteció en mi vida, tan paradójica y a la vez tan bella, sin la cual mi experiencia del mismo hecho –el embarazo –hubiera sido muy distinta.

No podría explicarme el asombro, la perplejidad y el agradecimiento que sentí en aquél momento imposible –ese austero “positivo”, dos rayitas rojas– sin pensar en el gran acto de libertad que se nos pide a cada momento, a todos. ¡Ah, la decisión! ¿Qué decisión?

Imaginaos la remota e improbable posibilidad de que vuestra existencia no fuese casual o determinada por las rígidas leyes de la Naturaleza, que no estuviese decretada por la Historia, por los genes, el clima, la geografía o cualquier elemento implicado en el destino ciego, sino que, aun contando con todos los átomos y sus movimientos, haya que sumar una palabra, una voz eterna que te dice: es bueno que tú existas.

No le quitemos dramatismo, no digamos que esta posibilidad es muy razonable porque bla bla bla, a dar razones. Dejémosla así, aunque vengan los apelativos de necio, tonto, infantil, iluso, loco, miedoso, yo que sé… otros podrán aducir muchísimas razones para cuestionar esta decisión, tal vez para, de ese modo, posponer la suya. El hecho es que uno se decide a darle crédito a esta posibilidad tan improbable que la tradición judeocristiana lleva proponiendo al mundo desde que Abraham partió con sus bártulos desde la ciudad de Ur hacia lo incierto, porque dos tipejos le dijeron en el desierto que lo hiciera.

Remarco lo de posibilidad improbable, porque esto de improbable es importante. Sólo puede decidirse uno por lo improbable si ha renunciado antes a una creencia: a la creencia de que la “experiencia” es fiable porque es permanente.

Quien no se fía de esta sensata experiencia que ofrece el mundo –porque conoce que en un instante todo se puede alterar– es que ha renunciado a hipotecar su futuro a la falsa seguridad de la previsión, del cálculo, de la probabilidad. Pero entonces, ¿cómo afrontar ese futuro que tengo ahí delante tan incierto, tan opaco, tan imprevisible como un cáncer que lo cambia todo? ¡Que angustia! Entonces uno recuerda esa voz originaria: “es bueno que tú existas”. La angustia huye despavorida. Con ese acto amoroso y creativo que te sostiene, no hay eventualidad alguna que pueda “separarte del amor de Dios” (cf. Rm 8, 39) y así puedes llegar a la paradójica afirmación –ojo con esta locura– de que todo es de provecho al hombre cuando éste ama a Dios.

El acto de libertad que describo es una opción por la confianza. Y aquí hay que decir que no estamos ante una alegre tontería, una tremenda ingenuidad; al contrario, este voto de confianza convive con la experiencia siempre dolorosa de la traición, de la mentira, de la decepción, de haber sido usado por alguien, manipulado, “convertido” en cosa. Pero en esta dramática lucha, vence la confianza original, y ella nos sostiene.

Ahora sí, volvamos a la descripción del hecho: Gemma está embarazada. Instintivamente Gemma se coge el vientre, un movimiento mecánico, animal, biológico, un gesto de protección. Luego llega la reflexión, donde una mujer puede minimizar la vida que lleva dentro –cigoto, feto, no manejo bien la terminología– o preguntarle a esa vida que crece, en el más bello de los silencios: Tú, ¿quién eres?  Pero lo primero, antes de la reflexión, es ese percatarse de la madre de otra vida en ella que no es la suya, una vida que la pone en alerta, que puede ser dañada o protegida.

La alteridad que manifiesta de inmediato esa vida se percibe en su misma aparición, sea esta deseada o no. Uno tiene tan poco control de nada –las ecografías no te dicen si es niño o niña hasta la semana 16 aproximadamente; 16 semanas expectantes, esperando conocer aunque sea “un poquito” más al que viene– que ello te da una idea de lo poco que esa vida te pertenece. Llegó a nosotros despertando preguntas que –si las tomamos en serio– son de una hondura profundísima, pues conectan con su origen (y el nuestro): ¿Quién eres?, ¿cómo te llamas?, ¿Quién te ha hecho?

Porque tú has formado mi cuerpo/ me has tejido en el vientre de mi madre /Mi aliento conocías cabalmente/ mis huesos no se te ocultaban/ cuando era formado en lo secreto /tejido en las honduras de la tierra” (Salmo 139).

Es importante volver a la opción primera, porque si la perdemos de vista, si ya hemos descartado la improbable posibilidad del Dios-Amor, todo esto que he dicho es pura fantasía, sublimación a lo Feuerbach o Freud. Y la vida humana pierde todo lo que tiene de misterio, su belleza santa, su inviolabilidad. Se puede lucrar uno con las partes del no-nacido, en aras de un “valor mayor” –según el criterio puramente histórico de una mayoría social– porque por ser mayoría es más fuerte y puede imponerse.

De este otro lado se vive de otra manera, no digamos si mejor o peor, más verdadera o menos. Se vive distinto. Se vive el embarazo como un inesperado don, como una promesa, como la oportunidad de conocer a alguien que llega a esta existencia no por un mezquino “proyecto de vida” o plan de dos individuos que comparten piso, sino porque Alguien llamó a esa vida y la amó primero, y nosotros, los padres, fuimos invitados como testigos a esta boda entre el Creador y su creatura.

Gemma está cautivada y yo no dejo de pensar en nuestra hija Macarena que nos reclama, con sus cinco meses y el tamaño de un pimiento, a que dispongamos todo para que ella pueda crecer, vestirse y engalanarse, preparar su ajuar de novia para el día –hoy, o dentro de 90 años– en que pueda dejarnos a nosotros, olvidarse de sus padres, para correr y lanzarse en los brazos de ese Novio que un día le dijo: es bueno que tú existas.

(Artículo publicado originalmente en democresia.es)

Santiago Huvelle es licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, donde actualmente cursa el programa de doctorado con una tesis sobre el filósofo S. A. Kierkegaard. Desarrolla su labor investigadora en el Instituto John Henry Newman de la Universidad Francisco de Vitoria.

1 Comentario
1 Durtal rivera
02/09/2015 23:17:00
libro
Don Santiago: ya que menciona a Peter Kreeft, tiene un libro ' cómo tomar decisiones' de editorial Rialp dónde aborda el asunto moral más candente de nuestro tiempo.
Para mí el aborto es un asesinato
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