Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Una patria sin fronteras

Foto: Chema Alejos

Chema Alejos

Ser católico es todo ventajas. No sé qué pensarán ustedes pero uno se va haciendo mayor y empieza a percibir que gracias a la pertenencia a la Iglesia católica y la educación que ha recibido allí es capaz de vivir intensamente lo que sucede en la vida sin necesidad de censurar nada. A través de los sacramentos uno tiene la posibilidad de empezar siempre de nuevo, de recibir un alimento espiritual, de fortalecerse en la enfermedad... O las virtudes de la Fe, Esperanza y Caridad sostienen  tu vida a la altura de los grandes superhéroes.

Este verano he vuelto a experimentar que para un católico el término patria no tiene fronteras.  Perdido en medio del Atlántico, en la Ilha das Flores, en una parroquia desproporcionada para los habitantes de ese pueblo, rodeado de rostros anónimos, me sentí como en casa. Pero ¿cómo es posible? Podemos reducirlo a una arquitectura parecida, un idioma con la misma raíz latina o un mismo rito litúrgico, sin embargo estaríamos descartando el misterio de la Encarnación, el modo en el que Dios ha querido salir al encuentro del hombre, es decir, Su Presencia a través de una humanidad concreta.

Limitamos nuestros encuentros con Cristo a actos litúrgicos, iglesias o tiempos de oración y nos olvidamos de que el mismo Jesús se identificó con aquellos que le seguían: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 9, 4). Él está presente en aquellos bautizados que se dejan hacer por Él, que le siguen y han sido transfigurados por su presencia amorosa. Uno sólo tiene que estar atento y dejarse sorprender del modo en el que su presencia invade nuestras circunstancias.

Necesitamos ser educados constantemente en el modo de mirar para poder verle porque puede caminar junto a nosotros toda una jornada y sólo descubrirle al partir el pan, como nuestros amigos de Emaús (Lc 24, 13-35). El evangelio de Mateo termina con la promesa de Jesus de que Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). O esta afirmación es cierta o Cristo nos habría mentido, y Él, que es la Verdad, no puede negarse a sí mismo ( 2 Tim 2,13).

Si aprendemos a mirar la realidad con la certeza de que Él está, no habría circunstancia ajena a su proyecto, la vuelta de las vacaciones no sería traumática sino otra oportunidad para verificar su compañía y palabras como cotidianeidad o tiempo ordinario dejarían de tener ese matiz negativo que le otorgamos. Él hace nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).

En la Ilha das Flores la misa diaria era un lujo que no nos podíamos permitir, pero esto no fue un impedimento para que Jesús saliera a nuestro encuentro en la acogida de los parroquianos, en la sonrisa o la alegre sorpresa de ver a dos turistas celebrando la eucaristía. Pero sobretodo en el encuentro fortuíto con uno de los sacerdotes de Flores, Eurico Caetano, cuya compañía nos manifestaba con cada uno de sus gestos y palabras la presencia evidente de Aquel que transforma cada hecho en acontecimiento. Él está presente en la carnalidad de su Iglesia.

Esta es una de las ventajas de ser católico (¡entre otras muchas!), uno se siente acompañado dondequiera que va porque la familiaridad con Cristo no se agota allí donde la presencia de la Iglesia permanece entre los bautizados. La expresión “como en casa”, para un cristiano, no entiende de fronteras.

Chema Alejos es Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad CEU-San Pablo) y Bachiller en Teología (Universidad San Dámaso). Está realizando su tesis doctoral en la Universidad Francisco de Vitoria sobre el escritor y piloto francés Antoine de Saint-Exupéry. Escribe crítica teatral en hoyenlacity.com y pertenece a la Asociación Nártex dedicada a la promoción y estudio de los lugares religiosos y el arte sacro.

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