Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Y detrás de los sirios: el ser humano

Voz personal / Javier Rubio 

En los medios de comunicación ha tenido un éxito particular en los últimos años la palabra “crisis”. Aplicada a circunstancias, instituciones y problemas muy diversos. El problema de estirar tanto una palabra es que termina rompiéndose, devaluándose, perdiendo su peso específico. Se trata de la crisis de la palabra crisis.

Para unos “crisis” es sinónimo de desastre, catástrofe, momento en el que algo que funcionaba deja de hacerlo y se derrumba. Para otros es sinónimo de oportunidad, de reestructuración, de superación de una etapa caduca para elevarnos a una situación mejor. Estas interpretaciones indican dos sentidos muy diversos: el primero denota una caída, un hundimiento; el segundo indica una elevación un crecimiento.

Crisis no significa ni una cosa ni la otra, y a la vez significa ambas. Para Sófocles, uno de mis autores griegos preferidos, “κρίσις” (crisis), significaba juicio: ese momento en el que se recibe el dictamen del tribunal de los hombres o de los dioses, en el que una autoridad constituida dirime un problema a favor de una de las partes y en contra de la otra.

“Por una parte, es cierto que Zeus y Apolo,| son sagaces y conocedores de los asuntos de| los mortales, pero es que un adivino entre los hombres| obtenga mayor éxito que yo, no es un juicio (crisis) verdadero” (Edipo Rey, Sófocles).

Lo importante del caso es que no se trata de una decisión personal: la situación supera nuestras competencias, la fuerza de las circunstancias rompe con nuestra capacidad de tomar una resolución y necesitamos de una guía exterior, que supere la perspectiva de los sujetos implicados y que pueda tomar una resolución. Se conjugan, así, una instancia negativa, problemática, y una instancia positiva, resolutiva. La consecuencia de la crisis, en este sentido se presenta como una alternativa: o se acata el juicio y se pone una solución, o se desacata y permitimos la ruina.

Pienso que esta reflexión preliminar puede arrojar una pequeña luz sobre el problema de la mayor huida humana de lo que llevamos de siglo. El problema de los refugiados Sirios es, ciertamente, una crisis, pero no lo es en el sentido en el que lo fue la así llamada “crisis financiera” o “crisis económica”, o en el sentido en el que se ha encasquetado bajo el titular de “crisis” desde una derrota inaudita del Real Madrid hasta un conflicto bélico, el hundimiento de un gobierno o un ataque terrorista. En todos estos casos resulta bastante claro el sujeto del juicio: un sistema financiero con unas características determinadas, un equipo de fútbol, un gobierno incompetente, etc. Todos podemos opinar al respecto y podemos juzgar, de la mano de los analistas políticos, deportivos, económicos. O podemos permitirnos el lujo cómodo de hacer caso acrítico a lo que diga algún periodista de alguna publicación al respecto.

En el caso de los refugiados Sirios los juicios se suman unos a otros, se agolpan entre sí en una cadena causal que nos lleva de un porqué a otro: desde el egoísmo de algunos sistemas políticos, que privilegian el interés particular sobre el común; hasta la amenaza terrorista de la Yihad; la guerra en Siria y las causas históricas y políticas de esa guerra; la inestabilidad socio-política de los países de oriente próximo y oriente medio; el tremendo choque cultural entre sociedades que permanecen encerradas en una autarquía moral y socialmente dañinas, y un occidente que privilegia despóticamente un sistema económico globalizado y que se ha olvidado de sus raíces.

Fuente: THE STOCKS

Pero, como en toda cadena causal, esta crisis tiene un punto de partida radical: el juicio sobre la dignidad y el valor de la persona humana.  

El periodismo audiovisual, siempre cuestionable, nos ha ofrecido en esta ocasión la posibilidad de ver las consecuencias de esta crisis radical. No en los discursos de Angela Merkel o de Mariano Rajoy, y tampoco en los cañonazos y los disparos que retumban en las calles de Raqqah, aunque detrás de todo ello puede entreverse el telón de fondo.

Las consecuencias de esta crisis de la dignidad humana la hemos descubierto en la imagen de un niño sirio abandonado, muerto ahogado y arrojado en una playa lejos de su hogar. No es humano que familias enteras tengan que abandonar su país huyendo del odio y de la guerra. No es humano que fuerzas policiales conduzcan a masas de seres humanos a cachiporrazos, como si no fueran más que un rebaño de bestias. No es humano que familias enteras pasen noches sin techo y días sin comida. No es humano dejar que los niños mueran en esas circunstancias, en las playas y en las fronteras de una Europa que ya no recuerda lo que significa pasar hambre.

Es cierto que se trata de una crisis, de un juicio. Pero esta vez no se trata de un juicio a una institución humana particular -en este caso el adjetivo “humana” es casi sinónimo de “mejorable”, “criticable”-, sino de un juicio sobre el hombre. Tenemos el deber de preguntarnos quiénes somos, qué somos, en qué consiste el ser humano, su dignidad, su valor como persona. Y, en consecuencia, hasta qué punto merecemos ser tratados como lo que somos y hasta qué punto debemos tratar a los demás como lo que son.

En la balanza de este juicio están, en el primer platillo, un modelo de vida en el que el hombre prioriza sobre la dignidad de la persona humana y la moral consecuente, otros valores que al absolutizarse se vuelven contrarios a tal dignidad. En el segundo platillo, un modelo de vida en el que el hombre prioriza los valores fundamentales de la dignidad humana: el respeto a la vida, la libertad personal y social, la familia, el trabajo digno, el alimento y el techo.

Dios ya nos ha juzgado. Nos ha hecho como somos. “Y vio Dios que era bueno”. Ahora nos toca a nosotros.

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