Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Oración y silencio

S. H.

Las manos orantes, la postura de adoración, el silencio del recogimiento. ¿Qué anida en el corazón de alguien capaz de sustraerse a los afanes y dirigirse, altivamente sin consideración del tiempo, al Señor de los segundos, que habita y no habita en ellos? El hombre es un homo orans, también hoy, en el mundo desencantado de la gente ajetreada. En la misma tendencia de llenar todos los espacios del día, en esa búsqueda incesante de vías para evitar el aburrimiento y la soledad, se revela que en el ser humano hay un rincón orante, donde está solo y callado, sin compañía, sin ruido, sin excusas.

En ese rincón uno no puede mentir, ni ponerse máscaras, no puede ocultarse en la muchedumbre ni pasar desapercibido. Estar descubierto completamente, como es evidente, puede resultarnos inquietante. Por ello es revelador el esfuerzo que hacemos por no quedar reducidos a esta situación, por evitar ese rincón del Yo profundo; perderse en un entretenimiento sin fin, buscar consumir experiencias siempre nuevas que nos permitan olvidarnos de que somos seres llamados a la existencia; o acaso mantenernos ocupados todo el día, con el teléfono siempre a mano, haciendo planes de negocio, cenas con amigos… O también neutralizar ese rincón orante, apuntándose uno a la sesión de relajación que ofrece el gimnasio, porque no. Incluso puede huir uno dentro de una institución religiosa, haciendo del rito un mercadeo, llegando hasta el exceso de los viejos romanos, para los que una palabra mal pronunciada en las oraciones pre-escritas invalidaban todo el acto, y la ceremonia debía, como mínimo, repetirse desde cero.

Donde mejor se revela, sin embargo, el profundo carácter humano de la oración es en la oración genuina. Benedicto XVI nos recordaba en sus catequesis del 2011 algunos puntos sobre la oración que conviene recordar.

A rezar se aprende

Bellamente lo expone el papa emérito hablando del camino orante que la humanidad ha ido recorriendo en la historia. Así, nos trae el caso de un piadoso ciego del Antiguo Egipto, que en medio de su sufrimiento eleva su voz: “Tú que me has hecho ver las tinieblas, crea la luz para mí. ¡Que yo te vea! Inclina hacia mí tu rostro amado”. También en Mesopotamia, donde dominaba un sentido de la culpa arcano y paralizador, nos trae el caso de un piadoso hombre que reconoce que sólo en Otro puede hallar el perdón que ni él ni los hombres pueden darle: “rompe mis cadenas, libérame de mis ataduras”.

La oración de la humanidad revela al hombre algo de sí mismo. Le muestra sí, que no se basta a sí mismo, pero le enseña a su vez que esa necesidad no es una debilidad sino una perfección de la que las demás criaturas carecen: él puede dirigirse en su necesidad al Señor de la creación, volviéndose de ese modo interlocutor de Dios. Dice Benedicto XVI,

“En toda oración se expresa siempre la verdad de la criatura humana, que experimenta por una parte debilidad e indigencia, y por esto, pide ayuda al Cielo, y por la otra está dotada de una dignidad extraordinaria, porque se prepara a acoger la Revelación divina, se descubre capaz de entrar en comunión con Dios” (Benedicto XVI, Catequesis 4 de Mayo 2011).

El homo orans, necesitado de Dios, muestra en su necesidad que es capax Dei, que está hecho para una relación distinta con el Creador, y que desea acoger una Palabra que está más allá de los límites del mundo. En palabras de L. Wittgenstein, “rezar significa que el sentido del mundo está fuera del mundo”, y que es de ahí de donde espero el cumplimiento de aquellos deseos que cargo en el corazón y que el mundo no puede saciar.

El silencio

El silencio de la oración no responde sólo a una necesidad exterior ni tampoco se trata de un fin en sí mismo, traducible en alcanzar un estado de sosiego interior. El silencio en el orante no es un fin sino un medio, un acto de reverencia que manifiesta una entrega del propio ser a la espera: se espera oír una voz del Cielo, acoger una Palabra de lo alto. Esto lo podemos ver ejemplificado en la oración del filósofo pagano Proclo de Constantinopla:

“Incognoscible, nadie te contiene. Todo lo que pensamos te pertenece. Son tuyos nuestros males y nuestros bienes, de ti cada hálito nuestro depende, oh Inefable, que nuestras almas sienten presente elevándote un himno de silencio”.

También lo entiende así el filósofo cristiano S. Kierkegaard. En un discurso en el que nos invita a aprender de los lirios del campo y las aves del cielo, nos dice que del lirio y del pájaro podemos aprender el silencio, es decir, a callar. El hombre que entra en la escuela de los lirios y las aves, “a medida que más y más se interiorizaba en la plegaria, tenía cada vez menos cosas que decir, hasta que al fin se tornó completamente callado. Se hizo silencioso o lo que posiblemente es todavía más opuesto a la facultad de hablar que el mismo silencio: se convirtió en oyente[1].

Quien ora reduciéndose al silencio, lo hace para oír. Oír no para quedarse en actitud contemplativa, regocijándose uno en la paz y serenidad del ambiente sosegado. Sino para actuar, para responder a esa Voz en obediencia (cf. St. 1, 22) María, de este modo, se convierte para nosotros en el modelo de oración. Ella acoge la Palabra, la encarna en su vida, y su oración se torna en un fruto que cambia la vida de los hombres todos.

[1] S. Kierkegaard, Los lirios del campo y las aves del cielo, ed. Trotta, Madrid 2007, p. 166

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