Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

La muerte: una provocación

Rocío Solis

El mes de noviembre irrumpe con una fiesta provocadora. La celebración de Todos los Santos para la cristiandad o, en su vertiente más mundana y globalizada, la celebración de la muerte. Sin adentrarnos en un análisis cultural y sociológico, lo que nos dice esta realidad es que la cuestión del Misterio de la muerte está ahí. Podemos jugar con ello, podemos disfrazarlo o podemos visitar lugares santos sin tener tampoco muy claro que hacemos. Pero haciendo todo eso, nos asomamos al gran interrogante de nuestra vida ¿Qué va a ser de mi?

La conciencia que pongamos en esta pregunta dependerá de la conciencia con la que estemos acostumbrados a vivir el resto de nuestra existencia.

¿Qué es la muerte? ¿Es el final o luego hay un mundo de fantasía y terror? ¿Tras morir hay una vida plena o el cementerio es la última posada? En este O es donde nos situamos todos aquellos que  estamos vivos. No hay evidencias y con esta falta de seguridades caminamos la vida.
Precisamente en la falta de seguridades es donde un hombre se mide.

Gustave Thibon afirmaba que el hombre es un ser que piensa, que ama, que va a morir y lo sabe. Un animal muere sin saberlo, sin sufrir su espera. Pero el hombre sufre su contingencia y finitud desde el mismo día en que pone un pie en la tierra. Y su existencia consiste en ir viviendo consciente de que desemboca irremediablemente en un no ser que despierta una pregunta “Entonces, todo esto ¿para qué?”.

La realidad está ahí, en cada vida, ahora bien, podemos censurarla o decidir vivir buscando respuestas. La libertad del hombre llega hasta allí. A lo que no llega es a cambiar la realidad que se impone. Y parece razonable ver nuestra vida como un todo y preguntarnos por ese todo sin obviar el final, puesto que quizá de las respuestas que obtengamos dependerá la vida en sí misma.

Luis Gonzaga es preguntado, mientras estaba jugando a la pelota, que haría si supiera que en 25 minutos va a producirse el Juicio Final. Contesta que seguiría jugando a la pelota. Se trata de alguien que se ha preguntado qué es la muerte y ha sacado una conclusión para su presente. Tanto si creemos en el Juicio como si no, lo más agradecido con nuestra propia existencia será tenerla en tanta consideración que no andemos perdiendo el tiempo con cosas que no haríamos si llegara la muerte. Es decir, jugar con tal conciencia a la pelota que sea la mejor actividad para que nos pille la Parca. No se trata de hacer “grandes hazañas” sino que lo que hagamos lo hagamos con conciencia de eternidad, de serio dramatismo.

Porque en este punto no funciona Epicuro. El filósofo antiguo afirma que “la muerte no existe, porque cuando esté ella, no estaré yo”. Pero, no es así. La muerte existe mucho antes de que yo deje de estar, sólo tenemos que ver nuestras heridas, y con eso debemos medirnos. André Gide da más en el tiro de nuestra experiencia, dice que “cada instante no cobraría su admirable esplendor si no fuera porque se destaca, por así decir, sobre el fondo oscuro de la muerte”. Hay una grieta constante que es el paso del tiempo y la seguridad de hacia donde nos conduce. Se trata de una pregunta radical y existencial, antes que moral. Mi vida me importa y me gustaría atisbar, si no puedo saber con certeza, para que me han traído.

El tiempo humano es apertura a un más allá. Nuestra esperanza en la otra vida se apoya en nuestro asombro ante ésta, que es su germen. Si hay una nueva existencia para nosotros una vez cerrados los ojos debe tener que ver con lo que nuestros ojos vieron aquí. Porque de no ser así, no seremos nosotros los que seguiremos viviendo.

A.C.

MAPA DE EVIDENCIAS ANTE LA MUERTE

Para pensar la muerte no hay que ser filósofo, o religioso, o macabro...sino, simplemente estar vivo. Es decir, mirar la vida de frente, tal como es, con la sabiduría de lo evidente, de lo que se nos impone:
              · Nadie nos preguntó si queríamos nacer, “nos nacieron”
              · Nadie nos pregunta, ni nos preguntará, si queremos morir, moriremos. Y seguramente cuando no hayamos elegido. Porque ¿Quién puede, a base de esfuerzo, ampliar un minuto más a su vida?
              · Y por otro lado, intuimos, que “así debe ser”. La muerte se presenta con frecuencia como algo que hace absurda la vida. Pero si nos convirtiésemos en inmortales en el estado actual de las cosas (es decir, en el estado lamentable de las cosas) todavía sería la vida más inadmisible que la muerte. Una inmortalidad como esta sería una perpetua mortalidad. Cuando se habla de eternidad se habla de transfiguración, no de hacer bucle infinito de esto.
              · Y, por otro lado, todo parece gritar que el final de la película está en otro lugar. La muerte viene a intensificar la injusticia de la vida ¿Por qué unos mueren tan pronto con tantas cosas que ofrecer a los demás? ¿Por qué otros mueren de una forma tan inhumana y otros no? ¿Por qué, Por qué, Por qué?... El que ha experimentado la muerte se da cuenta de que no puede darle sentido suficiente partiendo de lo inmediato de su ser. La respuesta no es inmanente.

¿Dónde buscar?

1 Comentario
1 MENCHU DE LA CALLE
03/11/2015 15:07:54
GRACIAS
Querida Rocío, como siempre: profunda y provocadora. Gracias
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