Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Muere René Girard

Ángel Barahona

René Girard ha muerto ayer día 4 de noviembre. Girard es seguramente un personaje común fuera de lo común. Nace en Francia en 1923 en Avignon, hijo del archivero del Museo de dicha ciudad. Obtuvo el grado de archivista-paleógrafo, siguiendo los pasos de su padre, en la Escuela de Chartes en 1943; después de la II Guerra (1947) marcha a los Estados Unidos, donde estudia Historia, Literatura y Cultura Medieval francesa, en la Universidad de Indiana y enseña en los departamentos de lenguas modernas y literatura comparada, en la John Hopkins University. Se casa con Martha McCullough en 1951. Posteriormente, asume la Cátedra Andrew B. Hammond de Francés en la Universidad de Stanford. En esta época ocurrió algo transcendental en su carrera académica y en su vida personal: con motivo de un curso que se le pidió impartiera sobre la literatura francesa del siglo XIX, empezó a sentir pasión por las interacciones humanas que iba descubriendo a través de este periodo de la literatura. Se iba perfilando el concepto de mímesis que será central en su obra y que ha arraigado con connotaciones novedosas en el mundo de las ciencias sociales: se ha hecho imprescindible en una sociedad de masas, llenas de violencias intestinas, y donde reina la opinión pública y la publicidad el tener que recurrir al comportamiento mimético.

Su trabajo intelectual se centró, desde 1950, en los dilemas morales de los escritores existen­cialistas, basándose sobre todo en las figuras de Jean Paul Sartre, Albert Camus y André Malraux. Su interés cambió en los sesenta hacia la literatura, la filosofía, la antropología y el psicoanálisis, y fue asociado a las corrientes intelectuales identificadas en América con el estructuralismo y el post-estructuralismo, ligado concre­tamente a Lévi-Strauss, Barthes, Lacan, Derrida y Foucault. Desde 1970, trabajó intensamente en el campo de la fenomenología de las religiones, en el que, como hemos dicho, gracias a su teoría sobre el deseo mimético, el mecanismo del chivo expiatorio, la violencia y su relación con lo sagrado, ha adquirido un renombre internacional. Su primer contacto con España ocurrió en Barcelona traído a un congreso sobre la violencia y lo sagrado en el que participaron filósofos de renombre en aquel entonces en la filosofía española: Fernando Savater entre otros.

El título de su primer libro –Mentira romántica, verdad novelesca (1961) – pedía un instante previo de paciencia a los lectores antes de hacer un juicio descalificador por el escándalo que prometían sus tesis. Allí afirma que el fenómeno del deseo que descubren los grandes literatos europeos es fuente inagotable de conflicto, por su carácter imitativo y apropiativo. Frente a lecturas románticas o estilísticas de la literatura, entender a ésta como una fuente inapreciable de información para la antropología y l psicología suponía una versión revolucionaria. En una época en que los intelectuales europeos no se ruborizaban al afiliarse a Lenin, Troski, o Mao Zedong, o bien a Freud y Saussure, y en sus fobias al cristianismo, cuando los maestros se llamaban todavía Sartre o ya, incluso, Lacán, Lévi-Strauss, Althusser, Foucault, Barthes, este hombre genuino empieza a escribir libros de títulos insólitos. Libros que proponen una explicación general de los comportamientos humanos individuales y sociales absolutamente inédita. Los fenómenos imitativos en los ritos y los mitos aplicados al análisis sociológico de las masas, la moda, la publicidad, la violencia cotidiana adquieren una significativa notoriedad en estos libros. En concreto propone una revisión de acontecimientos históricos desde una perspectiva nueva y provocadora: el antisemitismo cristiano, la Inquisición, las revoluciones… y una comprensión absolutamente original sobre las culturas y las religiones.

El punto de partida de esta intuición con pretensiones de cientificidad empieza siendo la tragedia griega, las obras de Shakespeare, y el psicoanálisis freudiano, pero poco a poco los Evangelios van tomando carta en el asunto y adquiriendo una preponderancia incuestionable. Sugiere que existe un mecanismo desatado por la mímesis (imitación consciente) que desemboca en una victimación (alguien es señalado como culpable de un desorden) que con su asesinato configura un nuevo y momentáneo orden social. Utiliza el lenguaje de la etnología francesa y comparte con Durkheim, Mauss, y tantos otros, la primacía de lo sagrado dentro de lo religioso primitivo y su importancia en la estructuración jerárquica de la sociedad.

En el siguiente y grandilocuente título Des choses cachées depuis la fondation du monde (1978)[i] se atreve a afirmar que la clave de la antropología está ante nuestros ojos, desde hace dos mil años, en los Evangelios, y que estamos condenados a tropezarnos con ella después de que creíamos haberla dejado en el olvido definitivamente. Los intelectuales han dado carpetazo precipitadamente al tema cristiano, creyendo que con sus descalificaciones habían cerrado la herida abierta.

A partir de este libro vienen una serie de estudios que, sin temor a ser tachado de etnocéntrico o de cristiano, y expulsado del exquisito y pulcro círculo escéptico de los intelectuales posmodernos, se centran en la investigación de los textos bíblicos. El Chivo expiatorio, La ruta antigua de los hombres perversos, Cuando estas cosas empiecen a suceder[ii], Veo a Satán caer como el relámpago, Aquel por el que llega el escándalo, son exponentes claros de su opción intelectual por rescatar al cristianismo de las brumas del oscurantismo en las que querían anegarlo sus oponentes y llevarlo a la palestra del debate actual con la psicología, la sociología y la antropología.

La violencia de las reacciones en contra estaba advertida ya en el corazón de las tesis que defiende. Después han llegado dos libros importantísimos: Los orígenes de la cultura y Achever Clausewitz[iii]. Este último libro es un intento de pergeñar una filosofía de la historia cristiana sobre el final de los tiempos y el apocalipsis, pero, como veremos más adelante, no en el sentido catastrofista de corte protestante, sino como revelación y oportunidad para la conversión. Sus tesis son polémicas pero enjundiosas, son fuente de inspiración y de debate permanente.

La importancia del pensamiento girardiano queda expresada en el poso que ha dejado en la crítica literaria (una nueva forma de ver la literatura), en la psicología (un concepto olvidado que adquiere una relevancia creciente: la mímesis), en la sociología (es una tesis genial y original sobre el conflicto humano), en la filosofía política (un nuevo modo de entender el mundo y las relaciones internacionales); en la biología (con la aportación de Rizzolatti  y Gallese inspirados en Girard de uno de los descubrimientos de la biología más importantes de los últimos tiempos: las neuronas espejo, que merecieron el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación); en la filosofía (el lenguaje esconde modos de rivalidad, expiación, muy prosaicos que son puestos en evidencia en el marxismo –paradigma del pensamiento- y en el estructuralismo y postmodernismo, que velan lo que de expiatorio hay en ellos), en la teología (el concepto central del sacrificio y su nueva interpretación presenta una verdadera revolución en la fenomenología de las religiones y el diálogo interreligioso tan urgente en los tiempos que corren) y por último, en la premonición interdisciplinar de aplicar la mímesis y el mecanismo del chivo expiatorio al análisis de una sociedad der masas hiperviolenta.

Fruto de la influencia que ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo gracias a su longeva vida fueron surgiendo adhesiones de pensadores de todos los continentes que se congregaron en torno  una Fundación denominada COV&R (International Colloquium on Violence and Religion) y a una Revista Contagion[iv] que está teniendo una gran incidencia en el análisis de los temas que atañen a las ciencias humanas en general. Participan decenas de profesores de todas las universidades del mundo, entre ellos yo invitado por el propio Girard a formar parte de Advisory Board de la Fundación y de la Revista. En el 2010 cree en España un equipo de investigación financiado por la Universidad Francisco de Vitoria –Xiphias Gladius–, incluido recientemente en el equipo de partners de la Fundación COV&R.

De entre sus muchas confesiones de fe católicas, a lo largo de las innumerables entrevistas concedidas a periodistas y profesores en diversos países, recojo una de las más sencillas pero más significativas, la que le relata a Carlos Mendoza, a raíz de la aparición de su penúltimo libro en el 2010[5].



«Provengo de una familia típica del catolicismo occidental: una madre piadosa, en cierto modo conservadora, marcada por las costumbres de sus ancestros, incluida la simpatía por la tradición de la realeza católica e incluso con algunos tintes de racismo. Mi padre, por el contrario, pertenecía a la tradición radical socialista cercana al ateísmo. En mi juventud me alejé de la Iglesia y regresé a ella justo antes del Concilio Vaticano II, pero ahora, buscando vincularme con la larga tradición cristiana, y dadas mis tendencias estéticas y antropológicas fue la Iglesia antigua la que me llamó la atención. Por estos motivos, por ejemplo en Stanford, me gusta participar en una Misa gregoriana, pues el canto pleno preserva con gran vigor ese dinamismo místico propio de la fe. Al mismo tiempo debo decir que eso no significa que me sitúo del lado de una teología conservadora. Cristo es quien ha mostrado el fracaso de la religión arcaica, sacrificial, desmontando sus mecanismos victimarios y llamando a la humanidad a romper el círculo de la violencia mimética. Creo que por eso su mensaje es universal y trascendente».

Esta confesión es fruto de una evolución y parte de una inequívoca juventud descreída e indiferente a la vida de la fe. Girard experimentó un cambio de mentalidad realmente interesante. Desde el punto de vista de una biografía espiritual, este hombre singular, denominado por J-M. Domenach, el ‘Hegel del cristianismo’[6], ha dejado de escribir su historia, la de un hombre sencillo y corriente, pero con visos de revolucionar el pensamiento y los conceptos que los hombres tienen de sí mismos. Su historia es la de un escéptico intelectual que, de pronto, se encuentra ante la palmaria presencia de una intuición sobre lo que el hombre es, y que entronca con la visión tradicional judeocristiana pero con un lenguaje nuevo que le abre una ventana a un horizonte comprensivo amplio y profundo de las ciencias humanas. No en vano Jean Michel Serres le llamaba el Darwin de la Cultura para el siglo XXI en la toma de posesión de su silla en la Academia de la República Francesa cuando Girard fue elegido entre los llamados “Inmortales”.    

En una de las innumerables entrevistas concedidas a periodistas y politólogos en periódicos o televisiones de EEUU o franceses, con motivo de cualquier evento o suceso violento en el mundo (el conflicto de los Balcanes, la Guerra del Golfo, las Torres gemelas, o cualquier otro atentado terrorista) Girard se convertía en un referente como experto al que los periodistas acudían con la intención de aclarar el escándalo de la violencia. En una de estas entrevistas J-M. Treguer, que pretendía aviesamente desenmascararle como un topo cristiano disfrazado de ilustrado, el periodista decía:

«Ya ha contado usted cómo, después de una juventud moderadamente cristiana, llegó, primero por los novelistas, por Proust, a sus ideas actuales. Personalmente sospecho que disimula un acontecimiento que usted nunca habría contado, una experiencia mística, un verdadero encuentro con Dios al estilo del ‘camino de Damasco’».

A lo que respondió nuestro autor:

«Decir que mi juventud fue cristiana, incluso moderadamente, es una exageración. Mi madre, por supuesto, era una excelente católica, a la vez que sólidamente creyente y de espíritu abierto. Cuando digo esto a los devotos del psicoanálisis menean la cabeza con aire de entendidos en la materia. Eso les tranquiliza enormemente. Pero hay algunos que no se contentan con el ‘retorno a la madre’. Ciertas damas[7] que palpan mi complejo de Edipo lo encuentran ‘durius-culo, por no decir duro’[8]. He soportado ya tres o cuatro artículos sobre este tema. Parece por tanto que no soy muy de fiar».

Girard no disimuló nunca su biografía, pero no quiso caer en el narcisismo al que todos estamos inclinados. Por eso se atrevió a contarle a Treguer que lo que sospechaba era cierto.

«Tiene razón, por supuesto, hay una experiencia personal detrás de lo que digo. Comenzó hace treinta y cinco años. En el otoño de 1958 trabajaba sobre mi libro acerca de la novela, en el decimosegundo y último capítulo que se titula ‘Conclusión’. Reflexionaba sobre las analogías entre la experiencia religiosa y la del novelista que se descubre embustero sistemático, embustero en beneficio de su ‘yo’, el cual no se constituye en el fondo más que de mil mentiras lentamente acumuladas, capitalizadas, a veces, durante toda una vida. Terminé por comprender que estaba a punto de vivir una experiencia del tipo aquel que yo describía. Embrionario entre los novelistas, el simbolismo religioso en mi caso se pone a funcionar completamente sólo, y a incendiarse espontáneamente. No podía hacerme ilusiones sobre lo que me sucedía, y estaba totalmente desconcertado pues tiraba firmemente de mi escepticismo. Me veía muy mal yendo a la Iglesia, arrodillándome, etc. Estaba, además, en otro espíritu, repleto de lo que los viejos catecismos llamaban el ‘respeto humano’. Intelectualmente estaba convertido, pero permanecía incapaz de poner mi vida de acuerdo con mis pensamientos. Durante un período de algunos meses, la fe se convirtió para mí en un goce delicado que rechazaba los otros placeres, una golosina más en una vida que no tenía nada de criminal, cierto, pero que estaba hecha de self-indulgence».

Más adelante, en este breve recorrido por su itinerario de conversión entra en detalles interesantes para los que aman los entresijos de los personajes relevantes. Cuenta su gusto por la ópera, el gregoriano, Mozart, Mahler, Stravinski, los rusos contemporáneos, pero, como siempre, pareciendo que se diluye en vagas menciones de sus aficiones particulares, introduce casi por sorpresa el dato que todos estamos buscando:

«Durante el invierno de 1959 enseñaba ya en John Hopkins, pero daba un curso en Bryn Mawr College donde había pasado cuatro años, y hacía la ida y vuelta Baltimore-Filadelfia cada semana en los viejos vagones chirriantes y bamboleantes del Pennsylvania Railroad. Como paisaje, contemplaba sobre todo la chatarra y los terrenos baldíos de esa vieja región industrial, Delaware y el Sur de Filadelfia, pero mi estado mental lo transfiguraba todo, y, a la vuelta, el menor rayo de sol poniente suscitaba en mí verdaderos éxtasis. Fue en ese tren, una buena mañana, en el que me descubrí, justo en medio de la frente, un pequeño grano que no quería cerrarse, uno de esos pequeños cánceres de piel que, en verdad, son muy poco peligrosos; pero el médico al que consulté se olvidó de informarme de ello […] todo lo que debía hacerse se hizo para librarme para siempre de mi pequeño grano […] Y he aquí que, poco después, se declaran unos efectos un tanto anormales justo la derecha de la minúscula operación. La serenidad de mi médico se vio un poco turbada, mucho menos, a decir verdad, que la primera vez, mientras que la mía, al contrario, lo fue mucho más. Me pareció claro que mi cáncer conocía un nuevo desarrollo, que esta vez podía ser fatal […] En lo que a mí concierne, el período de angustia duró un poco más de tiempo. Comenzó en la semana septuagésima. Antes de las reformas litúrgicas del último Concilio, el domingo abría la septuagésima, un período de dos semanas consagrado a la preparación de los cuarenta días de cuaresma, durante el cual los fieles, a imitación de Jesús y de sus cuarenta días de ayuno en el desierto, se supone que hacían penitencia in cinere et cilicio, ‘con ceniza y cilicio’».

La entrevista permitió intuir lo que no permitía ningún libro del corpus teórico, la confidencialidad y la personalización. Pocas veces un autor habla de sus propias experiencias religiosas con la sencillez y la libertad con que lo hizo siempre Girard. No es extraño a su estilo directo, pero no deja de ser impactante cuando uno lee negro sobre blanco un testimonio personal de este calibre:

«Fue una excelente preparación de cuaresma la que yo hice ese año, se lo aseguro, y la cuaresma que siguió fue excelente también, pues mis preocupaciones se acrecentaron hasta el punto de privarme del sueño, hasta el día en que, tan de repente como habían empezado, se resolvieron mediante una última visita a mi oráculo médico. Habiendo hecho todos los análisis necesarios, el excelente hombre me declara curado, el miércoles santo precisamente, es decir, el día que, en la semana santa, precede a la Pasión propiamente dicha y a la fiesta de Pascua, conclusión oficial de toda penitencia.

No he conocido jamás una fiesta comparable a esa liberación. Me veía muerto y, de golpe, había resucitado. Lo más maravilloso para mí en ese asunto es que mi convicción intelectual y espiritual, mi verdadera conversión, se había producido antes de mi gran mieditis de cuaresma. Si se hubiera producido después, nunca hubiera creído verdaderamente. Mi escepticismo natural me habría persuadido de que la fe era el resultado del canguelo que tenía. El canguelo no podía tener como resultado la fe. La duración de mi noche oscura coincidió, con exacta precisión, con el período prescrito por la Iglesia para la penitencia de los pecadores, con tres días de gracia, los más importantes de todos, misericordiosamente disminuidos, sin duda para que yo pudiera reconciliarme con toda quietud con la Iglesia antes de la fiesta de Pascua.

Dios me había llamado al orden con un punto de humor, bien merecido en el fondo por la mediocridad de mi caso. En los días que siguieron a la Pascua, consagrados litúrgicamente al bautismo de los catecúmenos, hice bautizar a mis dos hijos y me casé católicamente. Estoy persuadido de que Dios envía a los hombres cantidad de signos que tienen alguna existencia objetiva para los prudentes y los sabios. Aquellos que no ven estos signos los tienen por imaginarios, pero aquellos a los cuales son destinados no pueden equivocarse en ello, pues viven la experiencia desde dentro. Enseguida comprendí que, si la superaba, el recuerdo de esa prueba, me sostendría durante toda mi vida, y es justo eso lo que ha sucedido».

Los intelectuales que comprenden la importancia de sus descubrimientos, pero que siguen anclados en la corriente anticristiana de moda, quieren limpiarle compasivamente de esa contaminación con la ortodoxia católica. Lo intentan una y otra vez en artículos, comentarios, y en las entrevistas a las que le someten, pero Girard no dejó lugar a la ambigüedad, si bien es verdad que él mismo fue en tiempos prisionero de esa ambigüedad. Él lo adviertió y por eso se pone en guardia ante las sospechas que despierta su conversión. En este sentido continuó su declaración a Michel Treguer:

«Desde el principio, mi cristianismo se ha bañado en una atmósfera de tradición litúrgica. Hay gente muy bien intencionada para conmigo, y convencionalmente anticristianos, que quieren a toda costa hacer de mí, para defender mi reputación en medios intelectuales, un herético de tomo y lomo, un enemigo feroz del ‘cristianismo histórico’, dispuesto a poner bombas en todas las pilas de agua bendita.

Diciendo que ‘la Iglesia ha permanecido durante largo tiempo sacrificial’, he añadido verdaderamente mi patada ritual al asno como todos los persiguen salvajemente a la Santa Madre en el momento actual. Sin duda he demostrado, es necesario confesarlo, cierta demagogia mimética en la expresión. Hubiera hecho mejor situando mi propuesta en nuestra historia religiosa total. Pero no quería repetir el error de los fariseos, aquellos que dicen: ‘Si nosotros hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos participado con ellos en la muerte fundadora’. No quisiera, sin embargo, condenar la fidelidad, la obediencia, la paciencia, la modestia de los cristianos ordinarios y de las generaciones que nos han precedido. Todas esas virtudes nos hacen falta tremendamente. Pertenezco demasiado a mi época para poseerlas yo mismo, pero las venero. Nada me parece más conformista, por el contrario, nada me parece más servil en el momento actual, que la mitología trasnochada de la ‘revolución’.

Restos de jactancia vanguardista salpican mis obras, pero mis verdaderos lectores cristianos no quedan confundidos por eso, el padre Schwager, el padre Lóhfink, el último von Balthasar, el padre Corbin, el padre Alison, y algunos otros»[9].

Después de esta confesión personal (que he querido mantener intacta para no decir ni más ni menos de lo que Girard dice de sí mismo) hay que advertir que, en este mismo libro de la editorial Encuentro y en decenas de entrevistas publicadas con posterioridad, se defiende de la acusación de usar un lenguaje pretencioso –como podría desprenderse de los llamativos títulos de sus libros–, o de manipular sus intuiciones desde el fundamento a priori de la fe. En todo momento defiende que no dice nada que no esté en la Escritura judeocristiana o en San Agustín[10], y que él lo único que hace es un ejercicio sencillo de decodificación de lo evidente en un momento oportuno y basándose en la frase de Jesús: ‘Yo revelaré las cosas ocultas desde la fundación del mundo’, que es una frase para el futuro, pues es una cita del Nuevo Testamento aplicada a la Revelación cristiana.

Su compromiso no fue el de un santo, ni el de un militante aguerrido, sino el de un hombre corriente y el de un intelectual que se encontró con la Verdad que es Cristo y que defiende la pertinencia actual de la fe comprometidamente en todos los ámbitos. Su posicionamiento en la ortodoxia de la Iglesia católica es inequívoco, su defensa de una moratoria mundial sobre el aborto, la creación de una fundación de renombre internacional (COV&R[11]) para el estudio de la violencia, la religión y la política, y su lucha, en todos su libros e intervenciones públicas internacionales, contra el relativismo[12], son algunos de sus campos de acción relevantes. 

Han pasado muchos años y Girard no ha dejado de influir con su obra y su pensamiento a una gran cantidad de pensadores de todo tipo de disciplinas. Ha recibido infinidad de doctorados Honoris causa en universidades de todo el mundo: Ámsterdam, Innsbruck, Escocia, Londres, Montreal, Paris, Padua, Amberes, Tokio, y varias de EEUU. Desde 1979 fue Miembro de la ‘American Academy of Arts and Sciences’; en 1984 fue nombrado Caballero de la ‘Ordre National de la Legión d’Honneur’; en 1990 recibió el título de ‘Commandeur dans l’Ordre des Arts et des Lettres’. En el 1998 recibió el ‘Nonino literary Prize’ y en el 2005 fue nombrado Académico de la República Francesa, reconociéndole sus méritos en la antropología y en las ciencias humanas en general. En su discurso de toma de posesión acomete una apología de cristianismo valiente y clara, a propósito del padre Carré, cuya silla 37 se disponía a ocupar. Su mentor, Jean-Michel Serres le presenta como un confesor de la fe católica, desde el aval de las ciencias humanas, y como aquel que piensa va a ser unos de los intelectuales que más van a influir en siglo XXI. En el 2006 recibe el Dr. Leopold Lucas Prize of Eberhard Karls University en Tubinga.

En el 25 de Enero de 2013, el Rey de España, Don Juan Carlos I, le concedió la medalla de Isabel la Católica «por su destacada labor, durante las últimas décadas, en los campos de la filosofía y la antropología»[13].

Por mi parte soy uno de esos afortunados que tuvo la suerte de conocerle y disfrutar de su genio y simpatía. Mi primer contacto con él fue a través de la lectura de Mentira romántica, verdad novelesca. Me causó tal impacto que ingenuamente me atreví a escribirle, pensando que nunca recibiría una contestación. Para mi sorpresa no pasó una semana y tenía una amabilísima carta dándome las gracias por mis comentarios. El segundo impacto fue con motivo de convertirle en motivo de mi tesis doctoral en filosofía por la Universidad Complutense: en un par de semanas tenía sobre mi mesa artículos y libros, y un repertorio bibliográfico sobre su obra, que él mismo me envió y que desbordó mis expectativas. Obviamente esa fue la confirmación de mi buena elección. Mi primer encuentro personal con él fue en Graz, en un congreso de la fundación COV&R, a raíz del cual decidí dedicar mi vida expandir su obra en español, fruto de lo cual traduje alguna de las obras que caían fuera de la órbita de Grasset, la editorial que tenía los derechos sobre su corpus principal, y de Anagrama su correlato en Español. Ni que decir tiene que hoy es un día de luto para las ciencias humanas y un día de alegría para los que, gracias a Girard, apuntalamos una fe que adquiría gracias a su obra un correlato racional y científico.

[1] Trad. Esp., René Girard, El misterio de nuestro mundo. Claves para una interpretación antropológica. Diálogos con Jean-Michel Oughourlian y Guy Lefort, Sígueme, Salamanca 1982. [Trad. Esp. de Des choses cachées depuis la fondation du monde, Grasset, París 1978]. Abrv. CHC.

(En las obras de Girard que van a ser profusamente citadas utilizaré abreviaturas para simplificar su identificación. En el resto sigo la fórmula tradicional). Me parece relevante que el título original en francés, como es citado en el cuerpo del texto, hubiera sido mantenido en la versión española, porque es una frase del Evangelio que quiere decir mucho más que su injustificada traducción como ‘misterio’.

[2] Traduje Quand ces choses commenceront, para Ediciones Encuentro. [Trad. Esp. Cuando estas cosas empiecen a suceder, Encuentro, Madrid 1996]. Abrv. QCCH. Más tarde traduje también Celui par qui le scandale arrive, colección Esprit. [Trad. Esp. Aquel por el que llega el escándalo, Caparrós, Madrid 2006]. Abrv. CSA. El resto de los títulos está publicado en Anagrama y Gedisa, ambas de Barcelona, en Trotta, Madrid, y en Sígueme, Salamanca.

[3] René Girard, Clausewitz en los extremos, Política, guerra y apocalipsis, Katz, Buenos Aries 2010. [Trad. de Achever Clausewitz. Entretiens avec Benoît Chantre, Carnetsnord, París 2007]. Abrv. ACW. Mis citas de esta obra son traducción propia porque no está bien lograda la versión argentina, al igual que las demás editoriales. Léase al respecto, sobre las traducciones al español de Girard, el artículo de Desiderio Parrilla Martínez en la obra colectiva: La violencia del amor, Asociación Bendita María, Madrid 2012. 

[4] www.uibk.ac.at/theol/cover/contagion/contagion08.html y www.uibk.ac.at/theol/cover/contagion/; fundada en el 1994, va ya por el nº 19 dedicada exclusivamente a la producción de artículos que aplican la teoría girardiana al análisis de diversos ámbitos de la realidad humana.

[5] Entrevista a René Girard, Abril de 2008 ‘Pensar la esperanza como apocalipsis. Conversación con René Girard’ por Carlos Mendoza: www.letraslibres.com/index.php?art=12884

[6] Cfr., Domenach, J-M., Las ideas contemporáneas, Kairos, Barcelona 1983.

[7] Entre otras: Kofman, S., Toril Moi, «The Missing Mother: the oedipal rivalries of René Girard». Diacritics. Summer 92, pp. 21-31. (1980); ‘The Narcissistic Woman: Freud and Girard’, Diacritics 10/3, pp. 36-45. Incluido en la posterior publicación L'Enigme de la femme, Galilée, París 1980, pp. 70-77.

[8] Bromea con el término parafraseando con humor a Diafoirus, que es el que propone el término a su padre tomando el pulso de Argan en El enfermo imaginario, de Molière y que luego James Joyce cita en el Ulises, objeto de estudio de Girard en Shakespeare, les feux de l’envie.

[9] QCCH., p. 195.

[10] Cfr., Mis artículos sobre este tema ‘Revisión de la teología agustiniana con una original teoría sobre el deseo I y II’; Rvt. Comunicación y Hombre, nºs 6 y 8 (2010 y 2012).

[11] Fundada en 1990 en la Universidad de Stanford, versa sobre el papel de la religión en la génesis y permanencia de la cultura. Cfr., James G. Williams, Girardians. The Colloquium on violence and Religion, 1990-2010, LIT., NY 2012.

[12] Cfr., www.digitalnpq.org/archive/2005_summer/10_girard.html. Su interés por desamortizar el relativismo queda manifiesto en uno de sus últimos libros en el que se recogen sus conversaciones con un ‘converso intelectual’ al cristianismo tras el encuentro con la obra de Girard: el padre del pensamiento débil, Gianni Vattimo. Cfr.  www.amazon.com/Christ-Postmodern-Philosophy-Gianni-Vattimo/dp/0567033325. René Girard, Gianni Vattimo, Verità o fede debole?Dialago su cristianesimo e relativismo, Transeuropa, (Massa 2006).[Trad. Esp. ¿Verdad o fe débil? Diálogo sobre cristianismo y relativismo, Gianni Vattimo/René Girard, Paidós, Barcelona 2011].

[13] January 25th, (2013):«René Girard honored by the King of Spain. Professor Emeritus René Girard will be granted the Order of Isabella the Catholic, Commander by Number, by the Spanish head of state, H.M. King Juan Carlos. Girard is receiving the decoration ‘for his outstanding work, during the past decades, in the fields of philosophy and anthropology’». news.stanford.edu/thedish/?p=24393

Ángel Barahona es profesor de la UFV, Director del Departamento de Humanidades. Doctor en Filosofía y Licenciado en Teología.

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