Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Variaciones sobre el alma humana

Sophie Grimaldi

La ciudad tiene música propia. Cuando uno hace la experiencia de pararse en un cruce de caminos y cerrar los ojos, puede oír los latidos del corazón urbano. Eso es precisamente lo que hice hace quince días durante un viaje a París. Porque tenía lo que hoy nadie tiene: tiempo.

El ambiente estaba saturado por el rugido de los coches, del deslizamiento de las motos y bicicletas sobre los pavimentos irregulares. Los peatones parisinos siempre tan apresurados amartillaban las calles. Esta gente que corría con un aire de estar al tanto de hacía adónde iba, ¿realmente lo sabía?

Trágicamente, existen otros sonidos que nunca deberían escucharse pero que se abren paso a la fuerza. El de las metralletas, de explosiones, de los gritos de terror y sollozos sin final. Chirridos como la suplica de una mujer embarazada. Está colgada de una ventana del edificio Bataclan y repite como una letanía: voy a soltarme, no aguanto más. Por favor, estoy embarazada…

Frente a esta sinfonía del horror, crece un murmullo, el de las puertas anónimas que se abren para acoger a las víctimas en plena noche, el de los labios que se mueven para susurrar una palabra de consuelo o una oración. Para volver a enraizarnos, empecemos a tocar la música imperceptible del “Ora et labora”. Porque las raíces cuando crecen casi no se oyen.

1 Comentario
1 Juan Serrano
16/11/2015 19:03:26
Gracias, Sophie.
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