Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Olvidada e innata belleza

Aaron Cadarso

Catherine L'Ecuyer en su aportación humanística escribió dos libros muy a tener en cuenta: “Educar en el asombro” y “Educar en la realidad”, claros exponentes del camino, cercano y humano, de formación de los niños ante el ruido de la vida occidental.

¿Por qué no llueve hacia arriba? Se pregunta un niño. ¿Pero… y nosotros? ¿Hemos dado por sentado lo que es el mundo? La inocencia con la que antaño triangulábamos la realidad entre las cosas que asombraban, nuestros padres y nosotros se ha perdido. El asombro por las cosas que son ya no nos acerca a la belleza. El asombro irremediablemente es algo con lo que nacemos y que lo vamos perdiendo a medida que crecemos. Pero es quizás a la hora de transmitir nuestro legado a nuestros hijos cuando redescubrimos el valor y el sentido del asombro ante la belleza de las cosas que sencillamente, son.

Chesterton habló de “estrenar el mundo”. Cuando nacemos estrenamos una realidad, un mundo. Estrenamos  a nuestra madre la primera vez que la vimos. ¿Por qué no seguimos haciéndolo a lo largo de nuestra vida?

El ritmo imperante de aprendizaje ha propiciado que hayamos perdido muchas cosas. La importancia del silencio  se está perdiendo y con ello la capacidad de reflexionar.

En los días de internet  se genera en la RED casi a diario una cantidad ingente de información que equivale a la generada desde hace 5000 años hasta hoy. Un laberinto de sentido donde es fácil perderse en el sinsentido. Herbert Simon habló sobre un criterio de relevancia y es justo el que estamos perdiendo, aceptando el ruido infinito de una deshumanizada información.

Hoy, muchos somos inconscientemente “enamorados de la multitarea”, caminando indudablemente hacia la irrelevancia. Nos falta focalizarnos verdaderamente en un propósito diario haciendo de nuestra rutina un mero consumo de datos intrascendentes para nuestro propósito vital. Dimitri Christakis introdujo el término efecto pantalla, una manera de definir como hemos cedido a imágenes impostadas podando cualquier inquietud de imaginación y de, a fin de cuentas, de asombro.

El fenómeno imperante de la reducción de la infancia no respeta las etapas del descubrimiento del mundo. No hay que dar las cosas por sentadas pues un niño siempre preguntará “¿Por qué?” y afrontar de nuevo ese “¿Por qué?” quizás nos reconduzca hacia el misterio de la belleza del asombro,  de modo que impregne de sentido nuestra  rutina y nos ayude a comprender una realidad siempre colindante de la infinitamente lejana y cercana belleza.

Foto: A.C.

0 Comentarios
Insertar comentario

* campos obligatorios

Aviso: el comentario no será publicado hasta que no sea validado.

  • facebook (en nueva ventana)
  • twitter (en nueva ventana)
  • linkedin (en nueva ventana)