Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El problema no es crecer, el problema es olvidar...

Javier Rubio Hípola

Se acercan las Navidades y con ellas la historia del Principito, del genial Antoine de Saint-Exupéry, trasladado acertadamente a la gran pantalla en dibujos animados por Mark Osborne con un casting de voces de primer nivel (Rachel McAdams, Paul Rudd, James Franco, Marion Cotillard y Benicio Del Toro, entre otros). Podría parecer coincidencia (una de esas coincidencias debidas a las misteriosas leyes del marketing y distribución cinematográfica) que la película aterrice en España el próximo 11 de diciembre, casi seis meses después de que se estrenara en el Festival de Cannes y casi cuatro meses antes de que se estrene en Estados Unidos.

A partir de aquí podría explayarme en todos los porqués que me impulsan a recomendar esta película, todos los detalles que me fascinaron desde los primeros minutos: desde la fidelidad a la historia original, hasta la presentación de una tan deseada continuación a la historia del principito (¿murió de verdad y volvió con su rosa?, ¿o se perdió por el camino y lo olvidó todo, como los adultos crecen y se olvidan de ver las maravillas del mundo con los ojos del niño que un día fueron?). Todo ello enmarcado en una simpática y cariñosa representación de las últimas semanas de la vida del aviador que nos embelesó a todos con sus historias de vuelos nocturnos, de pilotos de guerra y de tierras de hombres.

Pero prefiero desarrollar la idea que me ha golpeado la mente una y otra vez por su belleza y su profundidad, y que es, a la vez, uno de los núcleos en torno a los que gira el sentido de la película. Es una paradoja: para subir hay que bajar, para ser grande es necesario empequeñecerse, para ser un adulto que merezca la pena de verdad no hay que olvidarse de ser niño. Sólo los niños –o los que son como niños– son lo suficientemente grandes como para entrar en el Reino de los Cielos.

¡Ojo avizor, navegantes! Para aquellos que no conozcan la historia del Principito este artículo resultará frustrante y probablemente incomprensible. Por lo demás merece mucho más la pena –como siempre– leer el original que leer un artículo al respecto o que ver una traducción cinematográfica. Dicha la advertencia, paso al análisis de la película.

La protagonista de la película, una niña inteligente y emprendedora, después de un encuentro traumático con Antoine de Saint-Exupéry, vuelve a su jardín para devolverle uno de los dibujos de su cuento del Principito. Cuando el anciano le pregunta qué le ha parecido su historia la niña responde que le ha parecido “odd”, extraño. Como justificación de su opinión le dice: “I guess I have some issues with some of the facts” (creo que he encontrado algunos problemas con los hechos).

 

Fotograma de la nueva versión de la película "El Principito" (2015)

Un juicio y un vocabulario que uno esperaría de un crítico adulto: ¿qué hacía un niño en medio del desierto? Nadie puede sobrevivir mucho tiempo en el desierto, sin comida y sin agua… ¿Dónde están sus padres? ¿Ha ido al colegio? ¿Vivía él solo en el asteroide B612? Para la niña está claro que no es más que una fantasía, y el principito, por lo tanto, no existe. La respuesta del anciano contrasta radicalmente con el tono y las preocupaciones de la chiquilla: “The fact that he wanted a sheep… that pretty much proves that he exists”. (El hecho de que quería una oveja… es una prueba bastante sólida de que sí existe).

La perspectiva que este anciano extravagante y desordenado tiene de la vida termina contagiando de ilusión a la pequeña, en cuyo corazón se palpa una resurrección del espíritu de la niñez. Los personajes evolucionan ese verano en torno a la historia del principito que se va desarrollando, poco a poco, hasta el momento final del libro: el momento de la separación.

Aquí la chiquilla se revela contra el golpe de la muerte, la experiencia de un misterio cuya cercanía suele provocar una maduración en el alma. La experiencia de la muerte nos hace crecer. Pero Saint-Exupéry también tiene la respuesta a este problema:

- I’m not so sure I want to grow up anymore (no sé si me interesa crecer, después de todo) - le dice la niña.

- Growing up is not the problem… forgetting is (crecer no es el problema. El problema es olvidar)- le responde el anciano.

El problema de los adultos grises, encerrados en sus vidas grises, con sus negocios grises, no consiste en crecer o dejar de crecer, el problema consiste en haberse olvidado de la belleza de las estrellas. Este olvido de la infancia no es un olvido del caprichismo de los niños, ni del sentimiento de seguridad e irresponsabilidad filial. El olvido al que Saint-Exupéry se refiere es el olvido de contemplar el mundo con ojos maravillados, la mirada no capitalista del que se asombra por primera vez al ver un cielo de noche completamente limpio, apartado de las luces de la ciudad, cuajado de estrellas.

No quiero destripar la película para el lector de este artículo que no haya tenido aún la oportunidad de verla. Baste decir que la historia de cómo la niña se sube al avión del anciano para ir a rescatar al principito, el reencuentro con la rosa, el momento final en que todo cobra sentido, el fin del cuento del principito como el fin de toda vida humana… es una historia con un genuino significado épico.

Una película para todos aquellos a quienes el Principito enseñó a que la mejor forma de crecer es no perder nunca la ilusión de los niños. A que debemos encontrar nuestra rosa, nuestro zorro… y también nuestra serpiente. A que nunca dejemos de descubrir el cordero dentro de la caja y el elefante dentro de la serpiente.

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