Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

¿Todo a la mierda? Meditación de adviento

Juan Serrano Vicente

El 24 de noviembre Félix de Azúa escribía en El País que “nuestra sociedad está condenada a no conocer lo inesperado” y que ello “es un claro signo de que los bárbaros están a punto de llegar”. Una primera lectura nos transporta a París la noche del 13 de noviembre. Allí se perpetró una barbarie inesperada en muchos sentidos. Las reacciones ante lo que sucedió fueron globales. Rápidamente la maquinaria de la condena pública, facilitada en nuestro tiempo por los prodigios tecnológicos, se puso en marcha. “Je suis Paris”, banderas de Francia en el perfil de las redes sociales de medio mundo -occidental-, manifestaciones espontáneas de apoyo, declaraciones políticas, cobertura informativa especial... Y sin embargo, Félix de Azúa lleva razón: es lo mismo de siempre. Es lo mismo que el 11-S, que la matanza en las oficinas de Charlie Hebdo, que los atentados casi diarios en Siria e Iraq: es el mismo horror al que reaccionamos del mismo modo, como si estuviéramos ya acostumbrados a él.

Ciertamente generalizar así es cruel e injusto con las víctimas directas y con aquellos que están algo más despiertos, es decir, con aquellos que todavía tienen esperanza en conocer lo inesperado. Pero este sopor extraño que pesa sobre occidente es culpable: la distracción constante de nuestra conciencia para no pensar en la muerte, en las cosas feas que pasan en el mundo. Ver solo lo que queremos, manipular la realidad a nuestro antojo, tapar la exigencia y el grito que brota casi instintivamente. Los bárbaros somos nosotros. Somos extranjeros en la verdadera conciencia europea. Somos extraños a la tradición que nos ha dado a luz. Hemos traicionado lo que somos.

Tras el 13-N de París se han oído opiniones para todos los gustos: «hay que bombardear», «no les queda otro remedio», «la culpa, en el fondo, es nuestra», «el Islam es siempre radical, están en nuestra casa y vienen a por nosotros»; pero casi todas son penúltimas. Encontramos en nosotros la necesidad patológica de tener siempre algo que decir, quizá porque no queremos pararnos y mirar hacia dentro. Pensamos que todo está bajo control y cuando algo extraño y ajeno nos golpea nos invade la necesidad de mirar a otro lado, de responder para no buscar una respuesta.

Pero, sin embargo, lo primero que pone delante de nosotros lo que sucedió en París no es un problema que pueda ser resuelto sino un misterio ante el cual uno enmudece: el misterio del mal. La formulación de San Pablo es célebre: vemos el bien que queremos y no lo hacemos; vemos el mal que no queremos y lo hacemos (cf. Rm 7, 19). La pregunta que brota casi inmediatamente y que no soportamos es justamente por nuestro propio mal, por nuestra indolencia, por nuestra hipocresía. En el fondo sabemos bien que estos bárbaros del Daesh no son el verdadero problema de nuestra vida. Cuando esta amenaza acabe, vendrá otra. Aunque pasase la crisis y los políticos corruptos estuvieran en la cárcel, el problema de la vida de cada uno de nosotros seguiría intacto.

Lo único que puede despertarnos de este sopor es que suceda algo inesperado. Y no está todo perdido para occidente: la primavera que sobreviene al invierno tedioso de nuestra barbarie está desperezando y a nosotros solamente nos toca custodiar los nuevos brotes, que surgen milagrosamente con vigor en un árbol que está enfermo, y esperar que la fuerza de una nueva primavera sane la raíz de occidente que nunca nos dimos a nosotros mismos.

Ojalá sepamos estar a la altura, atentos para reconocer la provocación constante de la realidad y volvamos al hogar, donde nunca somos extranjeros.

Foto: J.S.

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