Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Una Navidad ganada a los nazis

Ricardo Morales Jiménez

La noche del 24 de diciembre de 1940, en el campo de prisioneros de Tréveries, Alemania, Jean-Paul Sartre se estrenaba como dramaturgo delante de 2000 presos con Barioná, el hijo del trueno.

El beligerante “padre del existencialismo” elaboró durante 6 semanas el texto con el que Voz de Papel calificó, tal y como reza la portada de su segunda edición, a Sartre como “un ateo que presenta mejor que nadie el Misterio de la Navidad”.

Para dar con esta singularidad, hubo detrás un elaborado trabajo de investigación por parte del Dr. José Ángel Agejas, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria y responsable de esta nueva versión ampliada y revisada. Barioná, el hijo del trueno  había sido denostada y condenada al ostracismo por los estudiosos de Sartre debido a las “imperfectas” transcripciones que se conservaban de la pieza y por el propio autor, quien atribuía a la mala calidad literaria del texto sus constantes negativas para que fuese trabajada.

Sin embargo, el Dr. José Ángel Agejas, en la extensa introducción de esta obra, se apoya en John Ireland[1] para dar su opinión sobre porqué hoy este título sigue siendo tan desconocido para expertos y para el gran público en general: la negativa de Sartre a su edición se debe, sobre todo, a su temor a que si autorizaba su representación, la fuerza de esta obra oscurecería el resto de su producción teatral[2].

No se debía únicamente a la mala escritura de Barioná, carente de segundas lecturas por lo precipitado del proyecto, donde son reconocibles sus chirriantes anacronismos (aspiradores eléctricos, partidas de bridge o comités femeninos en la Palestina de hace dos mil años) y su vocabulario impertinente (alguna aparición de más de bellas doncellas con las que yacer en una obra navideña y una nutrida lista de improperios.

Tengamos en cuenta que era una obra adecuada a cautivos de todo credo y condición[3]). Tampoco resulta plausible la postura de Sartre a editar y difundir Barioná, el hijo del trueno  por su escaso valor dramatúrgico, pues él mismo reconocería, como recoge el Dr. José Ángel Agejas, en una de sus cartas a Simone de Beauvoir,  el impacto que había conseguido la obra entre los actores  y  presentes durante los ensayos en el Stalag 12D: “seguramente tengo talento como autor dramático: he escrito una escena del ángel que anuncia a los pastores el nacimiento de Cristo que ha dejado a todos sin respiración (…) incluso a alguno se le saltaban las lágrimas”[4].

Ambos hechos podrían haber sido perfectamente subsanados a su regreso a París por cualquier corrector de mediana talla y no habría tenido problemas para publicarlo, ya que Sartre gozaba por entonces de cierto renombre tras sus primeros éxitos: La náusea, El muro y parte de su obra filosófica.

Las negativas fueron deliberadamente (y legítimamente) constantes por su autor ya que sabía que esta obra comprometería con mayor o menor repercusión al “gurú de la intelectualidad oficial” de la posguerra y pieza fundamental del movimiento del 68.

Hecha por tanto la presentación del marco circunstancial complejo de esta obra desde su concepción y sin ser este el objeto de estudio del artículo, hacemos una invitación formal a que el lector descubra por sí mismo el valor genuino de Barioná, el hijo del trueno.  

Una obra atrevidamente indispensable para el periodo de Adviento.

La presentación de la desesperanza. Una auténtica obra sartriana

La historia, dividida en siete cuadros, es contada por un viejo (y ciego) narrador. A través de las representaciones ubicadas al fondo del escenario se van mostrando las penurias de Betshur; una pobre, envejecida y pequeña aldea de Judea situada entre Belén y Hebrón. Allí, un orondo y falto de escrúpulos superintendente romano, de nombre Lelius, llega con pésimas noticias del procurador. Más impuestos para costear la perenne guerra de Roma contra el mundo. El publicano, quien recibe y acoge a Lelius en su casa, le pone en situación del complicado carácter de Barioná, jefe del pueblo, quien recientemente perdió a su cuñado crucificado en Belén por un tribunal judío ante la pasividad de los romanos.

Una vez que Lelius informa a Barioná sobre el aumento de la dote a 16 dracmas, éste reúne al consejo de ancianos para determinarles su firme decisión: “pagaremos el impuesto para que nuestras mujeres no sufran. Pero el pueblo va a mortajarse con sus propias manos. No haremos más niños. No tendremos más relaciones con nuestras mujeres. No queremos perpetrar la vida ni prolongar los sufrimientos de nuestra raza. No engendraremos más, consumiremos nuestra vida meditando el mal, la injusticia y el sufrimiento. Dentro de un cuarto de siglo, los últimos de nosotros estarán muertos. Tal vez yo parta el último. En ese caso, cuando sienta que llega mi hora, me revestiré con el traje de fiesta y me tumbaré en la plaza mayor con la cara mirando al cielo. Los cuervos limpiarán mi carroña y el viento dispersará mis huesos. Entonces el pueblo retornará a la tierra. El viento golpeará las puertas de las casas vacías, nuestras murallas de tierra se derretirán como la nieve de primavera en las laderas de las montañas, no quedará nada de nosotros sobre la tierra ni en la memoria de los hombres”[5].

En este fragmento identificamos al Sartre de Las palabras. Al desgarrador Orestes de Las Moscas. La tribulación de quien proyecta su vida sobre la nada, pues nada es lo que ha recibido y nada es su añoranza. El hombre que se atreve a lanzar su doctrina más funesta a la humanidad: “La dignidad del hombre está en su desesperanza”[6].

Al parecer de este torpe lector, creo que uno de los pilares que hace de esta obra una propuesta artística valiosa es el margen de comparativas que abre y que iremos viendo en sucesivos fragmentos. El desgarro de quien por la fuerza del mundo, por la gravedad de la vida, no encuentra consuelo más que en la desdicha de ver su carne envejecer. Que anuncia ser “el señor del pueblo, dueño de la vida y de la muerte”[7] y que maldice, a coro con el consejo de ancianos, el fruto que pueda brotar de sus propias entrañas.

La conversión de Barioná

Pero hete aquí que tras el juramento que compromete al pueblo entero irrumpe Sara, esposa de Barioná, anunciando la temible paradoja del relato. Está embarazada. Barioná, inflexible en su maldición a toda nueva vida que vuelva a brotar en Bethsur, convence a todos en esta desesperada huida hacia al precipicio, incluida Sara, que acepta serle fiel y obediente a su voluntad. 

Después rompemos con el conflicto principal para ir hacia la trama de los pastores. A lo más iletrados, a los más humildes de corazón, son los primeros a los que les es anunciada la buena nueva. Caifás, Pablo y Simón, los tres pastores que reciben el mensaje de un ángel titubeante y lleno de frío. El calor del cielo, el Hijo Unigénito, ha abandonado la bóveda celeste para hacerse niño. “Todo sucio. Extrañado de sufrir y de ignorar. Ahí está. Nuestro soberano ahora es simplemente un niño. Un niño que no sabe hablar (…). En la tierra, por doquier, pululan olores ligeros y les ha llegado a los hombres la hora de la alegría”[8]. 

Rápidamente los pastores, antes de ir hacia el portal de Belén, acuden a la pequeña aldea de Bethsur para convocar al pueblo e ir juntos a rendir pleitesía al Mesías. Aparece de nuevo Barioná, que trata de convencerlos de su ingenuidad y lanza su mensaje más osado (y cierto): “Aunque el Eterno me hubiese mostrado su rostro entre las nubes, me negaría a escucharle porque soy libre; y contra un hombre libre, ni el mismo Dios puede nada”[9].

Cuando el pueblo, una vez más, vuelve a quedar seducido por la oratoria de Barioná, aparecen los Reyes Magos, que desacreditan al jefe del pueblo al venir con sus ropajes y séquitos desde el más lejano oriente a adorar a un niño Dios nacido en un establo.

Es en la figura de Baltasar donde se encarna la esperanza de la obra. Es el artífice, el que trae palabras de verdad para Barioná. “Tú sufres. Sufres y, sin embargo, tu deber es esperar. Tu deber de hombre. Cristo ha bajado a la tierra por ti. Por ti más que por cualquier otro, porque tú sufres más que cualquier otro (…). Cuando hemos visto esa estrella en el cielo nuestro corazón ha vibrado de alegría, como el de los niños. Nos hicimos como niños y nos pusimos en camino porque queríamos cumplir con nuestro deber de hombres, que es esperar”[10].

Sin embargo, Barioná desoirá las palabras de Baltasar y verá como su pueblo le abandona, desposeyéndolo de toda certeza en el desierto de su hogar, camino a Belén: “¡Ay, qué solo estoy! Pero no oirás, Dios de los judíos, una sola queja de mi boca. Quiero vivir mucho tiempo, abandonado sobre esta roca estéril: yo que nunca pedí nacer, yo quiero ser tu remordimiento”[11].

En ese silencio, acompañado de la culebra del superintendente Lelius, dará el primer  salto de abstracción, de pensar ¿Cómo sería un Dios para mí, qué me amase a mí?

“Si un Dios se hubiese hecho hombre por mí, le amaría excluyendo a todos los demás, habría entre Él y yo algo así como un lazo de sangre, y no tendría vida suficiente para demostrarle mi agradecimiento: Barioná no es un ingrato. Pero ¿qué Dios sería lo suficientemente loco para eso?”[12].

A pesar de ese primer encuentro con el pensamiento, con la idea de un Dios hombre, de carne, capaz del abrazo y la caricia, Barioná endurecerá su corazón hasta los últimos confines de lo humano y atajará por los caminos con un único propósito: “Llegaré allí antes que vosotros. ¡Y no hace falta mucho tiempo, imagino, para retorcer el frágil cuello de un niño, aunque sea el Rey de los judíos!”[13].

Barioná, el primer discípulo de Cristo

Así baja, por un empedrado más propio de las bestias, en busca de Jesús.  “¿No es la muerte del Mesías lo que deben adorar? Pues bien, yo adelanto esa muerte treinta y tres años. Y le evito las afrentas ignominiosas de la cruz. ¡Un pequeño cadáver violáceo sobre la paja! ¡Que se arrodillen ante él si así lo desean! Un pequeño cadáver envuelto en pañales. Y se acabaron para siempre esas bonitas prédicas sobre la resignación y el espíritu de sacrificio”[14].

Respecto a este punto, el profesor Agejas, recalca, hecho al que me suscribo, el desconocimiento o la intencionalidad de Sartre de no ultimar los puntos cardinales sobre la divinidad de Cristo y lo adorable de Él como hombre. Vida, muerte… Y resurrección. Sin resurrección, la encarnación de Cristo, los milagros o la propia pasión no serían más que elementos dignos de una trágica historia sobre un hombre extraordinario. Jamás sería la historia sobre el Misterio, que inicia su recorrido en el espacio y en el tiempo, de la Navidad. 

Llega Barioná frente al establo y tras discutir con Marcos, el ángel que le da las indicaciones precisas del lugar donde cometer su fechoría, se asoma a la estampa teniendo como reseña principal: “piensa en la mirada de José”.

“No tengo otra cosa que hacer que  discutir con los ángeles. [Ahí está. Ése es José, completamente callado y tan enérgico, con su silueta negra y sus ojos claros. ¡Ah! Nunca podría estrangular esta vida joven. Primero no tendría que haberla visto a través de la mirada de su padre]”[15].

En este  pequeño párrafo está entre corchetes, a mí parecer, la clave de la gran afinidad y compresión que durante esas semanas de 1940 Sartre llegó a tener sobre el sentimiento religioso y el Encuentro con Cristo.

Es en la contemplación de José a su Hijo donde veo con claridad que algo sucedió en Sartre al contemplar la escena que el mismo escribiría y después quitaría de la representación final por ser excesivamente larga la obra (ya por encima de las tres horas de duración). La mirada fascinada de ese carpintero de Nazaret a quien la lógica del mundo le ha sido devuelta de una forma indescriptible. Ese secreto, ese celo por su familia y el silencio con el que hará el sayo de su vida. ¡Qué tan comprensible se hace en esa mirada entender la devoción de Teresa de Jesús hacia este santo! La prueba del hombre quieto, que en el silencio de su oficio, se prepara para enseñar a Dios el camino de los hombres.

Aquí el profesor José Ángel Agejas vuelve a acortar, como ya hiciera en la primera edición de 2004, antes de tiempo las palabras del narrador respecto a José y hace una justificación algo arriesgada, a mí modo de ver, sobre el porqué de estas líneas. <<Su experiencia de la filiación y su visión del padre, al menos tal y como las narra en esa especie de autobiografía (en referencia a Las palabras), son totalmente negativas. No sorprende, así, que en esta obra de teatro ponga en boca del narrador (al final del quinto acto)>>”[16]: “A José no le pintaría. Plasmaría sólo una sombra, al fondo del establo, y dos ojos brillantes. Porque no sabría qué decir de José y José no sabe qué decir de sí mismo. Continúa así el narrador en la página 164. Está en adoración y está feliz de adorar y se siente un poco exiliado. Creo que sufre sin confesarlo. Sufre porque ve cuánto se parece a Dios la mujer que ama y hasta qué punto está ya del lado de Dios. Porque Dios ha explotado como una bomba en la intimidad de esa familia. José y María están separados para siempre por este incendio de claridad. Y toda la vida de José, imagino, será aprender a aceptar. Mis buenos señores, ahí está la Sagrada Familia”[17].

José es importante para Sartre. Al menos en su borrador. Y creo que Sartre comprende de una forma notable lo que significa José para la Iglesia. Podemos tachar de poca ortodoxia su exposición e incluso de poseer algunos tintes cínicos y presuntuosos (“A José no le pintaría”), pero según el trabajo de investigación del Dr. José Ángel Agejas, esta obra no recibió ningún tipo de censura ni por los nazis, ni por los sacerdotes que originalmente habían iniciado los preparativos para la fiesta de Navidad y que estuvieron ayudando al escritor francés para el desarrollo de la misma.

“¿Qué hacen? No se oye ni un ruido, pero este silencio no es como el de nuestras montañas, como el silencio helado y vacío que reina entre los moles de granito. Es un silencio más denso que el de un bosque. Un silencio que se eleva hacia el cielo y que acaricia las estrellas como un inmenso árbol con la copa mecida por el viento. ¿Estarán arrodillados? ¡Ah, si pudiera estar entre ellos sin que me vieran! Porque, verdaderamente, el espectáculo no debe de ser nada corriente; todos esos hombres, duros y austeros, resistentes al dolor y a la ambición, arrodillado delante de un niño que gime”[18].

Baltasar descubre a Barioná apartado, alejado, siendo espectador y no expectante participe de la dicha de la nueva vida que se abre ante él.

-Barioná, ¡estás aquí! Sabía que te encontraría.

-No he venido a adorar a vuestro Cristo.

-No, has venido para castigarte a ti mismo y quedarte solo al margen de nuestra multitud feliz. Lo mismo harán un día los hombres que esta noche han acudido a su cuna de paja; le traicionarán como te han traicionado a ti. Hoy le abruman con sus regalos y su ternura, pero no hay ni uno solos entre ellos, ni uno, me oyes, que no le abandonase si conociese el porvenir. Porque les decepcionará, Barioná, les decepcionará a todos. Esperan de él que expulse a los romanos, y los romanos no serán expulsados, que haga crecer flores y árboles frutales sobre las rocas, y la roca permanecerá estéril, que ponga fin al sufrimiento humano, y dentro de dos mil años la humanidad sufrirá como lo hace ahora[19].

Un par de réplicas más tarde, Baltasar aborda la cuestión del sufrimiento:

-Cristo ha venido para redimirnos; ha venido para sufrir y para enseñarnos cómo hay que tratar el sufrimiento (…). Es malsano hablar demasiado de él, aunque sea con uno mismo. Ponte en regla con él lo antes posible; instálalo cálidamente en el hueco de tu corazón, como un perro tumbado junto al hogar. No pienses nada sobre él, sino que está ahí, como esta piedra en medio del camino, como la noche está ahí, alrededor de nosotros. Entonces descubrirás esa verdad que Cristo ha venido a enseñarte y que tú ya sabías: que tú no eres tu sufrimiento (…). Cristo ha venido a enseñarte que eres responsable ante ti mismo de tu sufrimiento. (…). Pero tú estás más allá de tu propio sufrimiento: le das forma a tu antojo. ¡Tú eres ligero, Barioná! ¡Ah!, si supieras cuán ligero es el hombre. Y si aceptas tu cuota de sufrimiento como tu pan de cada día, entonces has ido más allá. Y todo lo que está más allá de lote de sufrimiento y más allá de tus preocupaciones, todo eso, te pertenece. Todo. Todo lo que es ligero, es decir, el mundo entero. El mundo y tú mismo, Barioná, porque tú eres un don gratuito a perpetuidad. Sufres, y no siento compasión alguna por tu sufrimiento: ¿por qué no ibas a tener que sufrir? Pero tienes a tu alrededor esta bella noche de tinta, esos cantos en el establo, y este frío seco y duro, hermoso, implacable como la virtud. Y todo esto te pertenece (…) ¡Hasta la vista Barioná, primer discípulo de Cristo…![20]

Antes de caer el telón del sexto cuadro, Barioná se queda solo.

-Libre… ¡Ah!, corazón crispado en tu rechazo, deberías aflojar tus dedos y abrirte, tendrías que acoger… Debería entrar en ese establo y arrodillarme. Sería la primera vez en mi vida. Entrar, quedarme aparte de los demás, que me han traicionado, de rodillas en un rincón sombrío… Entonces el viento helado de medianoche y el dominio infinito de esta noche sagrada me pertenecerían. Sería libre. Libre. Libre contra Dios y para Dios, contra mí mismo y para mí mismo…

Vencido el primer domingo de adviento, la lectura de esta particular pieza teatral dispone de fragmentos verdaderamente reveladores que ayudan a degustar, desde una óptica original cuanto menos, ya no solo el sentido profundo de la Navidad y los presentes que rodean estas fechas, sino el Misterio mismo de que Dios se haga Hombre y se haga hombre “con los rasgos de María”, envuelto en pañales y rigiendo el universo desde un pesebre.

[1] JOHN IRELAND. Sartre un art déloyal. Théâtralité et engagement Pag.30, Éditions Jean-Michel Place, París, 1994

[2] JEAN- PAUL SARTRE. Barioná, el hijo del trueno. INTRODUCCIÓN JOSÉ ÁNGEL AGEJAS. Nota a pie de Pag.19-20. Voz de papel, Madrid 2006

[3] JEAN- PAUL SARTRE. Barioná, el hijo del trueno. Dedicatoria Pag.73. Voz de papel, Madrid 2006

[4] Idem Pag.18

[5] JEAN- PAUL SARTRE. Barioná, el hijo del trueno. Pag.104. Voz de papel, Madrid 2006

[6] Idem. Pag. 142

[7] Idem. Pag.106

[8] Idem. Pag. 125

[9] Idem. Pag. 135

[10] Idem. Pag. 144-145

[11] Idem. Pag. 146

[12] Idem. Pag. 150

[13] Idem. Pag. 161

[14] Idem. Pag. 166

[15] Idem. Pag. 170

[16] Idem. Pag. 41.

[17] Idem. Pag. 41 - 164

[18] Idem. 173

[19] Idem. Pag. 176

[20] Idem. Pag. 177, 178 y 180

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