Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El escándalo de dar la vida

Gemma Sobrecueva Uscanga

Hay a veces pensamientos que me quitan el sueño. Y el hambre. E incluso un poco la paz. Sucede poco pero cuando sucede me es imposible dejar de relacionar a ese insistente pensamiento con lo que me sucede en la cotidianidad. Desde hace unas semanas ya, vengo leyendo en la realidad una pregunta que me acosa, que se me susurra por la espalda cuando menos me lo espero y que me crispa la piel cada vez que la pienso en una verdadera profundidad. ¿Hay algo por lo que dar la vida? O lo que es lo mismo, ¿merece algo la pena tanto como para dar la vida por ello?

Antes de ir al origen de esta pregunta perseguidora,  voy a empezar la reflexión con el final al que he llegado cuando me estaba haciendo un lío la cabeza con ella. Y voy a contaros (o recordaros) brevemente la historia de dos hombres. Al pensar en la pregunta se me venían dos nombres a la cabeza. Dos nombres de dos hombres admirables, de esos que mi abuela llama “hombres enteros”, de esos a los que se les hacen películas.

Sir William Wallace, el “Guardián de Escocia”, el hombre que da la vida por la libertad de su pueblo, por liberar a Escocia. Quizá nos suene más encarnado en Mel Gibson en Braveheart,  con su melena al aire, el rostro pintado y la boca abierta al grito de “¡LIBERTAD!” Romántico héroe en la película, usada para cinefórums en muchas partes, como ejemplo de entereza, como el hombre que lucha por algo que le ha parecido que merece la pena tanto como para dar la vida por ello. Wallace huyó de su captura, no se entregó como quien busca el falso martirio. Wallace pudo haber jurado lealtad al Rey. Pero lo encontraron. Lo condenaron. ¿Juras lealtad al Rey? No. Libertad para Escocia. Alta traición, emasculación, decapitación, su cuerpo distribuido por Inglaterra. Y nos deja la joya de: “Luchad, y puede que muráis. Huid y viviréis… un tiempo al menos. Y cuando estéis en vuestro lecho de muerte dentro de muchos años, ¿no cambiaréis todos los días desde aquí hasta entonces por una oportunidad, sólo una oportunidad, de volver aquí y decir a nuestros enemigos: Pueden quitarnos la vida, pero jamás nos quitarán… ¡La libertad!?”.

Y el otro hombre del mismo nombre. William Wilberforce, el abolicionista inglés. También puede sonarnos más en la piel del actor Ioan Gruffudd en Amazing Grace.  Wilberforce propuso un proyecto de ley a la Cámara de los Comunes para eliminar la esclavitud en 1791. Y su proyecto de ley no se aprobó. Y cada año volvía a la Cámara a volverlo a proponer hasta 1807, año en que por fin el Parlamento lo aprobó. Pero hasta 1833 no fue pasada el acta por la libertad de los esclavos. Y ese mismo año murió. Dieciséis años por un proyecto de ley. Dieciséis años de enfermedad, de sufrimiento, de angustia, de impotencia, de luchar contra uno mismo y contra la burla ajena,  de dedicar la vida a una causa.

Y de nuevo el héroe, un héroe que no tuvo el mismo destino sangriento que Wallace, pero que dedicó, de manera intensamente igual, su vida a una causa que él creía que valía tanto la pena, le era tan innegable y tan verdadera, que no le cabía en la cabeza no dar la vida por ella. Y dice ante quien le parece reprobable su dar la vida por ello; "Me acusa de fanático. Si percibir vívidamente el sufrimiento de mis coterráneos es ser un fanático, entonces soy uno de los fanáticos más incurables que jamás permitirán andar suelto".

¿Quién puede, quién se atreve a decir algo que descalifique de alguna manera a estos dos hombres? Es difícil entender el que alguien haya encontrado algo tan verdadero como para dar su vida por ello, sobre todo si el que juzga la acción del que da la vida no lo ha encontrado nunca. Pero creo que el no encontrarlo o el no hacer al menos un camino para encontrarlo es un sinvivir, un vivir medianamente, un sobrevivir.

Hoy, a pesar que nos enfada, se nos hace normal cuando un político cambia de ideas para irse con un sector o con otro, nos enfada que parezcan veletas que se dejan llevar por lo que más les va conviniendo en ese momento, nos enfada que sean de todos y de nada, nos enfada que no sean capaces de defender algo con verdad ni tener bases asentadas. Nos parecen debiluchos. No merecen nuestro respeto, mucho menos nuestra admiración.  Incluso nos parecen despreciables. Y si lo pensamos en conciencia puede que esto que despreciamos se nos voltee y nos dé un puñetazo a la cara y nos descubramos veletas, nos descubramos que vamos por la vida “según vayan los vientos”, no vaya a ser que se nos pida dar la vida por algo que alguna vez hemos afirmado como verdadero.

Y ahora voy a la raíz de la pregunta que me perturba. Esta pregunta no viene de la nada ni de mí misma, se me ha venido dada a partir de una conferencia que escuché hace unas semanas sobre la persecución religiosa y que, cualquier persona con un deje de humanidad, es imposible que permanezca indiferente ni mire para otro lado.

Dejando a un lado la comunicación que apunta a la sensiblería, los vídeos con música cursi de fondo y la estrategia para suavizar un corazón, la realidad de la violenta persecución religiosa se me impuso a la cara de manera innegable, tangible… real. ¡Que están matando personas! Ya, bueno, pero en esos países, pues su cultura, su tradición, ellos matan por su Dios…. ¡Que no es lo mismo dar la vida que quitarla! … Ya, pero son cristianos y en realidad se muere mucha gente por otras cosas en otras partes del mundo… ¡Que están matando personas! Pues tío, que dejen de decir que son cristianos. Ah. Ahí está. Llegamos a ello.

 Llegamos a la pregunta que me azota por las mañanas y que me mantiene muchas noches en vela. ¿Hay algo tan verdadero como para que alguien pueda dar la vida por ello? Dar la vida por ello no es sinónimo de correr como imbécil a ponerse en pie frente a una metralleta y decir “Hola que tal, mira que soy cristiano, ¿me matas?”. Dar la vida por ello es haber encontrado algo tan insistentemente propio, tan verdaderamente tuyo, tan innegable, tan más allá de todo, que se está dispuesto a ponerlo como el primerísimo lugar de toda la existencia; es algo que condiciona el día a día de una manera apasionante pues no se puede vivir igual. Es lo que hacía a Wallace levantarse y subirse de nuevo al caballo, y a Wilberforce volver a humillarse ante el Parlamento…

 ¿Y al cristiano perseguido? A dejar su casa que se le ha quitado porque su fe es más importante que su tierra, la Verdad que ha encontrado más grande que todas sus posesiones y el Dios en el que cree más suyo que la cabeza que corta la espada, porque podrán quitarle todo, pero no su libertad ni su Dios. ¿Y por qué nos escandaliza tanto esto? Probablemente porque del cristiano paria de Siria no se haga jamás una película con un guapo de protagonista, probablemente porque últimamente todo lo que tenga “tufo a cristiano” lo rechazamos con un prejuicio impresionante, probablemente porque el que metan a un cristiano en una jaula para incendiarlo no tendrá ninguna repercusión política ni histórica que nos importe, probablemente porque el mensaje de la Navidad es que el Dios cristiano es el que nace entre paja en un establo al lado de un aliento de mula y otro de buey, hijo de una pobre judía, una muchacha insignificante a los ojos del mundo, a la que el Dios de la historia le confió la maternidad del Salvador de los Hombres. ¿Y por ese Dios dar la vida? Sí, no me extraña que sea exageradamente escandaloso.

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