Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Entrar en el Misterio con razón abierta

Que Dios, el Señor del cosmos, el Ser, el origen de todo, asuma un rostro humano, es tan «increíble», tan fuera de toda lógica, que muchas personas estos días de Navidad, lo reducen a leyenda, mitología o cuento para crédulos. Incluso los que hemos tenido experiencia de la Presencia del Misterio actuando hoy a través de la carne concreta de aquellos que se han dejado transfigurar por Cristo podemos llegar a dudar de lo que celebramos estos días. ¡Es tan excepcional, tan inaudito, que nuestra calculadora razón lo pone, a veces, entre paréntesis!

Esta posición ante el hecho de la Encarnación me evoca el icono de la Natividad de Novgorod y la figura de San José. En el centro de este icono aparece Jesús recién nacido, luz en medio de la oscuridad, amortajado sobre una tumba. El tiempo se expande en esta imagen que nos pone de manifiesto el nacimiento, muerte y resurrección de Cristo. Su madre, María, descansa después del parto. En algunos iconos ella tiene mirada de ensueño, «guardaba estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Aquí su ojos están fijos en San José, sentado, apoyando su rostro sobre la mano. Está en diálogo con un pastor anciano que representa el Diablo, ¡falso pastor astuto! La duda ha entrado en su corazón, recogiendo una tradición de los Apócrifos. «¿Esto es real? ¿Una mujer virgen que da a luz? ¿Un Dios que se hace hombre? ¿El Eterno se abaja a ser mortal? ¿De alguien viejo y seco como yo puede nacer algo nuevo?».

San José no se está poniendo en juego seriamente. Hace un juicio de la realidad desde una razón que reduce lo posible a sus propios parámetros. ¡Haz memoria, San José, de la historia de tu pueblo, de tu experiencia con tu excepcional mujer! ¡Ensancha tu razón y considera tu propia experiencia para poder salir del ardid del Diablo!

Esta mirada ante el hecho cristiano (en la que nos descubrimos muchas veces) choca con la figura de los tres Magos de Oriente que se aproximan a la gruta con sus regalos. Estos «sabios», que no pertenecen al pueblo judío, representan a aquellos buscadores de la verdad, que teniendo en cuenta seriamente los datos científicos, filosóficos y religiosos de su momento, se ponen en camino. «La racionalidad de este mensaje no se contentaba con el mero saber, sino que se trataba de comprender la totalidad, llevando así a la razón hasta sus más elevadas posibilidades» (Benedicto XVI, La infancia de Jesús. Planeta. Barcelona 2012. p. 101). Ellos utilizan su razón ensanchándola a la medida que la realidad impone, y no viceversa. En esta medida está el dato de lo ignoto, de lo mistérico, y ellos lo tienen en cuenta. Es la razón ampliada frente a la razón reducida.

Estos Magos no representan simplemente un uso adecuado de la razón en un nivel teórico, sino que ponen en juego la totalidad de lo que son y emprenden la aventura de obedecer a la realidad. Cuando llegan a la gruta de Belén y contemplan, en un Niño, la promesa hecha a los hombres, ¿acaso no dudarían de sus cálculos, de su partida? ¡No! Ellos, sabios de oriente, que han hecho un camino verdaderamente humano, responden del modo más razonable posible: «postrándose, le adoraron» (Mt 2, 11).

¿Existe algún modo más sensato de estar ante el Verbo Encarnado?

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