Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Pensar es amar

Sophie Grimaldi

La dedicación es la medida de la generosidad. Entregarse a medias es mentirse. Hay que dar todo y darse a sí mismo si uno quiere que sea suficiente. El pensamiento, como cualquier acción humana, es encarnado. Se piensa con el propio temperamento y las debilidades particulares. Aunque los atletas de la Verdad son todos unos apasionados.

No se escribe al uso, como un acto de divertimiento. La escritura se arranca de lo necesario, no de lo que sobra. Es una tensión de todo el ser en un esfuerzo continuo. El pensamiento necesita virtuosismo, escalas repetidas una y otra vez hasta que se obtenga la nota justa, o más bien, hasta que esta nota sea otorgada y acogida. Ímpetu y perseverancia son el precio que pagar para que la atención se oriente hacia un punto y no se aparte de él.

Si no es verdad, sobra.

Es necesario domar su estilo para evitar todo exceso, para concentrar la esencia del mensaje en el número justo de palabras. La elegancia en el ámbito intelectual consiste en rechazar toda exuberancia literaria en la cual se regocija el ego. Sólo necesitamos la verdad al descubierto. Todas las barreras que impiden a los demás la comprensión tienen que desaparecer, para poder dar gratis lo que se ha recibido gratis.

Si una reflexión es mala, es consecuencia de las limitaciones personales. Si es buena, no es propia, sólo es fruto de la docilidad hacia la inspiración. Una madre que se enorgullece de la belleza de su hijo no ha entendido nada. ¿Acaso ella ha tenido poder para crear lo bello? Se ha entregado el tiempo necesario para que exista; lo demás no es merito suyo.  

Como un hijo, una idea está hecha de carne pero no es propiedad del que la acoge. Sólo puede uno darse a ella y dejar que pase por su vida. El pensamiento se mora en el interior y crece hasta que haya llegado el momento de salir a la luz. No se posee nunca a la verdad, ni siquiera una parcela ínfima de ella. Somos nosotros que nos hacemos su receptáculo.

Saber es darse.

Manejar conceptos sin enfrentarse al misterio de las personas es un comportamiento de cobardes. La gran tentación intelectual es la de querer retirarse del mundo para amontonar conocimientos. Guardar para sí lo que pertenece a todos es robar a los que tienen sed. Es convertirse en un rico de la cultura que se hincha de su saber y deja a los demás morirse de sin sentido.

Levantar muros entre la investigación y las necesidades de la sociedad es ruin. Ningún ámbito de las penurias humanas tiene que estar cerrado al interés del investigador por menor que sea, porque cuando uno quiere a una persona le importan todos los aspectos de su vida. Sea cual sea la esfera de estudio, si no están los demás en su centro, todo esfuerzo es en vano. Para no traicionar su naturaleza, el conocimiento sólo puede ser puente hacia otros, para entenderles y sobre todo, para amarles. Así, la Filosofía tiene un riesgo todavía mayor. Se puede llegar a rozar con los dedos la Verdad y a la vez no vivir de ella jamás. ¿Qué mayor tragedia que dedicar la vida al conocimiento del Logos y no amarlo nunca? Especular no es contemplar.

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