Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Remitente Misterioso

David García

Antes del comienzo de las vacaciones de Navidad, tras volver exhausto de una intensa clase de antropología con mis alumnos de CAFYD, encontré sobre mi mesa una bolsa de cartón cerrada con una cinta de regalo azul. De ésta colgaba una etiqueta blanca con mi nombre escrito y en el interior de la bolsa se hallaba un acartonado bulto azul. En vez de apresurarme a abrirlo para ver lo que escondía en su interior decidí escribir a mi compañero de despacho para ver si conocía la identidad del misterioso remitente. Pero nada, por más vueltas que le daba no conseguía averiguar de parte de quién venía aquél presente.

La Navidad es época de regalos, dulces, comidas copiosas, bebidas, de buenos propósitos y mejores deseos. Esto es así para todos, también para aquellos que celebran con gran júbilo el solsticio de invierno y que ya esperan ansiosos la llegada de su homónimo veraniego en el mes de junio. La Navidad, con la llegada del año nuevo, es además  época para hacer balance y para poner en valor todas aquellas cosas buenas que nos pasaron a lo largo del último paseo del globo terráqueo alrededor del sol. Es época de agradecérselo a todos aquellos que en algún momento del año trataron de hacer lo posible y lo imposible para buscar nuestra felicidad o al menos hicieron más llevaderos algunos de los momentos más amargos de los últimos meses.

Ser agradecido, además de ser una de las cualidades de los bien alumbrados, es uno de los rasgos más distintivamente humanos. Todos nos encontramos con la necesidad de dar las gracias por algo alguna vez, siendo esta nuestra capacidad inversamente proporcional a nuestra soberbia. Y es que solamente un perfecto engreído, de esos que creen que el orden cósmico de los astros viene marcado por la posición del propio ombligo, sería incapaz de no reconocer el papel fundamental que juegan los demás en nuestra autorrealización y por ende en nuestra felicidad.

Para luchar contra esa soberbia que secuestra uno de nuestros actos más nobles, solamente cabe una receta sin más contraindicación que el abajamiento de un ego sobrealimentado. Es aquel considerado como el mandamiento cero: Shemá Israel (Escucha, Israel). Y es que si observamos con humildad las mejores cosas que han sucedido en nuestra vida, si escuchamos con atención y detenimiento, podemos darnos cuenta de cuan poco han dependido éstas de nuestros méritos o cualidades. En la mayoría de los casos las cosas más grandiosas que suceden en nuestra vida son depositadas en nuestras manos, se nos regalan sin ningún tipo de merecimiento y nosotros lo único que podemos hacer al respecto es acogerlas e intentar llevarlas a su plenitud. La vocación bien consiste en esto, en una respuesta que nos pone en juego ante una llamada personal que se nos hace en aras de nuestra plenitud en el encuentro con los otros.

Normalmente esas grandes cosas que nos encontramos en nuestra vida, aunque no sepamos bien de dónde vienen, son las que nos hacen sentir más afortunados y dichosos, y por las que más necesitamos dar las gracias. Sabemos que no somos dueños absolutos de lo que en nuestra vida sucede y que esas cosas no vienen de nosotros. También sabemos que, normalmente, tampoco es responsable ninguno de nuestros congéneres. Pero, ¿quién es el artífice de tales hazañas?, ¿a quién hay que agradecerle tal fortuna?, ¿nos conformamos con agradecérselo al año saliente mientras hojeamos el calendario?

A veces en la vida nos sentimos verdaderamente regalados y no nos vemos satisfechos al agradecérselo a todos los elementos de la tabla periódica, a la suerte o al destino… no nos vale, pues sabemos que hay alguien detrás de ello. Necesitamos dar las gracias a alguien y no a algo, a una persona que nos regala algo sin más motivo que el amor que nos profesa. Quizá sea por esto por lo que los niños acuden en masa a ver a los Magos de Oriente en la misa de la Epifanía, benditos corazones agradecidos que saben a quién darle las gracias.

No olvidemos que la Navidad viene marcada por la celebración de un gran acontecimiento que nos llena el corazón de alegría y gratitud, acontecimiento que cae lejos de las celebraciones multiculturales del solsticio invernal o del año nuevo. Celebramos el nacimiento de una Persona que por amor vino a encarnarse, gracias al consentimiento de una mujer sencilla y humilde de corazón que entendía de gratitud, para hacernos el mayor regalo que la humanidad podía recibir. Por eso la Navidad es tiempo de agradecer y de dar a manos llenas porque es en esta época cuando nos hacemos más conscientes de cuan afortunados somos por los regalos que se depositan en nuestras vidas. Éste es el verdadero acontecimiento que celebramos en estos días y que revivimos cada Navidad.

0 Comentarios
Insertar comentario

* campos obligatorios

Aviso: el comentario no será publicado hasta que no sea validado.

  • facebook (en nueva ventana)
  • twitter (en nueva ventana)
  • linkedin (en nueva ventana)