Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Una llamada superior

Eric Gilhooly L.C.

Romance en la historia de Beren y Lúthien, de J.R.R. Tolkien

Traducción: Francisco Javier Rubio Hípola

Entre los cuentos de pena y ruina que bajan hasta nosotros desde la oscuridad de esos días, hay sin embargo algunas historias en las que en medio del llanto resplandece la alegría y bajo las sombras de la muerte existe una luz que permanece. Y entre estas historias, la más hermosa para los oídos de los Elfos es la de Beren y Lúthien.

En las palabras de este capítulo del Silmarillion de J.R.R. Tolkien se vislumbra su perspectiva del amor humano. El tema del capítulo “De Beren y Lúthien” es central no sólo en los escritos de Tolkien, sino también en su vida personal. Nos lo dice en su carta del 11 de julio de 1972 sobre la inspiración que dio luz a la historia:

Nunca llamé Lúthien a Edith, pero ella fue la fuente de la historia que con el tiempo se convirtió en la parte principal del Silmarillion. Fue concebida por primera vez en el claro de un pequeño bosque lleno de cicuta en Roos, en Yorkshire (donde durante un breve tiempo estuve al mando de un puesto de avanzada de la Guarnición Humber en 1917, y ella pudo vivir conmigo por un corto período). En aquellos días tenía negros cabellos resplandecientes, la piel clara, los ojos más brillantes que se hayan visto, y era capaz de cantar... y de bailar. Pero la historia se ha torcido, y he quedado abandonado, y yo no puedo implorarle al inexorable Mandos.

Tolkien escribe después del fallecimiento de su mujer y podemos sentir la tristeza colándose entre sus palabras. En su lápida, bajo el nombre de Edith, Tolkien escribió “Lúthien”. Y cuando él mismo falleció dos años más tarde, sus hijos grabaron “Beren” bajo su nombre.

En El Señor de los Anillos se hace más referencia a esta historia que a ninguna otra y existen un buen número de líneas paralelas en la estructura de ambas tramas. El hobbit Sam llega a decir que él y Frodo se encuentran “en la misma historia”.

Así que, al ver la importancia que esta balada tiene para Tolkien, podemos indicar algunos aspectos que caracterizan su visión del amor y del romance.

Antes que nada, Beren no es digno de Lúthien: no se encuentra a la altura. Es un hombre mortal, y ella es una elfa y la hija de un rey. Thingol, el padre de Lúthien, desprecia a los mortales de tal manera que no permite que ninguno de ellos atraviese las fronteras de su reino. Su primera reacción a Beren es tratar de arrestarle como a un criminal.

Hechizado por la belleza de Lúthien, Beren se enamora desde el instante en que la ve por primera vez. Y ella, casi de forma misteriosa, se enamora también de él. Para él su amor es luz de vida que conjura las sombras que hay dentro de él. Beren la llama “Tinúviel”, que significa “hija del crepúsculo”. Ella es su luz, pero incluso esa luz no deja de estar mezclada con sombras: la belleza adquiere profundidad por el sufrimiento. Aquí, como en la mayoría de las historias de amor de Tolkien (Aragorn y Arwen, Túor e Idri, Galadriel y Celeborn…  e incluso el mismo rey Thingol y Melian), los hombres tienen la tendencia de casarse “hacia arriba”, con mujeres mejores que ellos. Nada puede hacer Beren que lo haga digno de ese amor, y el ser amado es simplemente don, gracia. La diferencia entre ambos no tiene tanto que ver con el poder o con el estatus social. Se refiere, más bien, a quien la otra persona –la mujer– es: Eva es lo último y lo más elevado de la creación de Dios. El hombre debe pedir su mano, porque es él el que pide el favor, el que ruega por el don.

En segundo lugar, el amor de Beren debe ser purificado. Cuando declara por primera vez su amor por Lúthien en la corte de Thingol, dice: “He encontrado aquí lo que en verdad no buscaba, pero que ahora quiero tener para siempre. Porque está por encima de la plata y el oro, y ninguna joya se le iguala. Ni la roca, ni el acero, ni los fuegos de Morgoth, ni todos los poderes de los reinos de los Elfos me separarán del tesoro de mis deseos. Porque Lúthien, tu hija, es la más bella de todas las Criaturas del Mundo”.

Beren ama a Lúthien como se ama un objeto, un tesoro por el que daría todo para poseerlo. Ella debe ser suya, sin importar el precio. Este amor de posesión es muy similar al amor que los elfos (y Morgoth, el Señor Oscuro) sienten por los Silmarils, y el precio por el que Thingol tasa a su hija es precisamente ese: que Beren le consiga una de esas joyas por las que reinos enteros han sido destruido y por las que los elfos fueron desterrados de su verdadero hogar.

Thingol también ama a Lúthien con un amor posesivo, y cuando encuentra que quiere abandonar el reino para ayudar a Beren en su misión, trata de encerrarla en una casa en lo más alto de los árboles del bosque. Lúthien deja de cantar y de llenar la tierra con su alegría, porque ella había depositado su amor y su felicidad en Beren. Así que escapa.

Después de que ambos héroes se vuelven a encontrar, y de que Lúthien vuelva a curar a Beren, éste trata de abandonarla mientras ella duerme; pues sabe que su misión iba a ser ardua y peligrosa y quiere protegerla. Se aleja, pues, cabalgando en medio de la noche hacia una muerte segura, y canta una canción sobre Lúthien:

Adiós dulce tierra y cielo del norte,

benditos para siempre, pues aquí yació

y aquí corrió con miembros ligeros

bajo la Luna, bajo el Sol,

Lúthien Tinúviel,

tan bella que ninguna lengua mortal

puede decirlo.

Aunque cayese en ruinas todo el mundo,

y se deshiciera, arrojado de vuelta,

desvanecido en el viejo abismo,

aun así fue bueno que se hiciese

–el crepúsculo, el alba, la tierra, el mar–

para que Lúthien fuera por un tiempo.

Vemos que Beren madura en su amor y no desea ya poseer a Lúthien como quien posee una joya, sino que la ama por ser ella misma: ha comprendido su bondad y está dispuesto a dar su vida con gusto para salvarla (de hecho ha recibido ya un flechazo por ella y se interpondrá después entre ella y Carcharoth en un combate en el que Lúthien flaquea). La posesión no es ya un problema. Y si lucha por ella, lucha antes por su felicidad. Porque para él la felicidad de Lúthien va antes que la suya propia.

Por supuesto, Lúthien lo alcanza e insiste en acompañarlo durante el resto de la misión. Y desde ese momento trabajan juntos en comunión, en armonía –como cuando se cantaban el uno al otro poco antes–. Precisamente porque Lúthien no es ya una posesión, Beren no tiene que preocuparse por mantenerla encerrada o fuera de peligro mientras él hace de héroe.

El amor les da libertad a los dos y, conforme avanzamos en la lectura, vemos lo esencial que es tal comunión para el éxito de la misión.

En tercer lugar, caemos en la cuenta de que el amor humano no puede vivirse en aislamiento, sino que debe contribuir al bien mayor, seguir una llamada hacia lo más alto. Tolkien nos muestra un ejercicio fallido al principio de este capítulo: es el caso de Gorlim, un miembro de la banda de proscritos que lidera el padre de Beren. La mujer de Gorlim ha desaparecido y él es capturado por Sauron (en aquel momento, el principal sirviente de Morgoth). Sauron usa una visión de su mujer para atraer a Gorlim hacia una trampa. Cuando se encuentran, el Siervo del Señor Oscuro le ofrece la libertad y a su mujer si traiciona al resto de la banda. Él accede y, por su traición, sus amigos y compañeros son masacrados, a excepción de Beren. Sauron revela entonces que la mujer de Gorlim ya estaba muerta y asesina al traidor, reuniéndolos así a ambos en el sepulcro. El error fatal de Gorlim es el haber perseguido el amor por medio de la traición y la deslealtad. Así vemos que para Tolkien el amor humano no es un fin absoluto, desvinculado de cualquier lazo moral ulterior.

En un momento dado, Beren se encuentra ante una decisión muy similar. Ha hecho el juramento de ganar la mano de Lúthien regalándole a Thingol un Silmaril. Su elección estriba en una fidelidad que implica el riesgo de perder a Lúthien para siempre o en la satisfacción inmediata como consecuencia de ignorar su voto.

“Entonces Beren recordó el juramento; en contra de él mismo resolvió que cuando Lúthien llegara otra vez a la seguridad de su propia tierra, él se pondría de nuevo en camino. Pero ella no estaba dispuesta a volver a separarse, y dijo: –Tienes que elegir, Beren, entre dos cosas: abandonar la misión y tu juramento y llevar una vida errante sobre la faz de la tierra; o mantener tu palabra y desafiar el poder entronizado de la oscuridad. Pero por cualquiera de esos caminos yo te seguiré, y nuestra suerte será la misma”.

Beren es el que debe tomar la decisión de cumplir el juramento, porque él fue quien lo pronunció. Lúthien permanecerá a su lado, independientemente del camino que escoja. Beren debe ejercer esta libertad radical en dos momentos a lo largo de la historia: primero a la hora de emprender la misión, y después a la hora de decidir si volver o no a Menegroth con Lúthien tras haber conseguido un Silmaril y haberlo perdido casi inmediatamente. La elección de Beren de permanecer fiel a su voto implica la obediencia a un plan que lo ha estado guiando todo este tiempo. Ha sido capaz de entrar en el reino protegido del rey Thingol, Doriath, justo antes de encontrar a Lúthien, porque “un gran destino se cernía sobre él”.

Tolkien emplea el término “destino” (doom) en su sentido original: juicio o elección. Implica tanto el hado, o el plan divino, y la libertad humana para cooperar con tal plan. Un destino mayor les guiaba, pero en todo momento Beren y Lúthien conservan la libertad de decir sí o no al amor que los une. Al seguir esta llamada superior al sacrificio, su amor queda completado y transfigurado en un amor mayor: sus planes particulares se transforman en un plan de capital importancia para la historia de los hombres y de los elfos.

Este “doom”, nos dice Tolkien, los conduce al cumplimiento de la misión (incluyendo la colaboración perseverante de las águilas, como en sus mejores historias), y, en una perspectiva aún más amplia, los conduce también a convertirse en uno de los ejes históricos de la Tierra Media. Beren y Lúthien serán los ancestros de generaciones y generaciones de reyes y héroes. Su fidelidad cuenta.

Casi al final de la historia consiguen penetrar en la fortaleza del Señor Oscuro por medio de una estratagema y arrancar uno de los Silmarils de la corona de hierro de Morgoth. Trabajan juntos, y continuamente dependen uno del otro: la vida de uno de las decisiones del otro. La misión concluye cuando matan a Carcharoth (uno de los siervos más temibles de Morgoth, guardián de su reino) y un moribundo Beren le entrega la codiciada joya al rey Thingol, cumpliendo así su voto.

De este modo, Tolkien nos plantea la tesis de que la fragua definitiva del amor es el sufrimiento. La muerte parece ser la única barrera capaz de separar a los dos protagonistas: la mortalidad de Beren se muestra como un obstáculo infranqueable. Pero el amor trasciende la tragedia. Lúthien ruega por la vida de Beren ante Mandos, el Juez del Hogar de los muertos, y su canción no es sólo un poema de dolor personal, sino que clama por el dolor de los elfos y los hombres:

“La canción de Lúthien ante Mandos fue la más hermosa de las compuestas con palabras, y la más triste que nadie haya escuchado jamás. Inalterada imperecedera, se la canta todavía en Valinor más allá de los oídos del mundo, y al escucharla los Valar se entristecen. Porque Lúthien compuso dos temas: el dolor de los Elfos y la congoja de los Hombres, los Dos Linajes que hizo Ilúvatar para que morasen en Arda, el Reino de la Tierra, en medio de las estrellas innumerables. Y cuando Lúthien se arrodilló a los pies de Mandos, sus lágrimas cayeron como la lluvia sobre la piedra, y Mandos se conmovió, él que nunca así se conmoviera antes, y que nunca así se conmovió después”.

Mandos les concede la vida, pero al casarse con Beren, Lúthien sacrifica su inmortalidad y asume la vida mortal de los hombres. Los dos mueren eventualmente. Pero mueren juntos, con la esperanza de seguir juntos en el más allá.

La única manera de comprender el sentido doloroso de la brevedad del amor es que debe haber algo más después de la muerte. El amor de Beren y Lúthien les guía hacia la trascendencia: “así, cualquiera fuera el dolor que tuvieran por delante, el hado de Beren y Lúthien sería siempre el mismo, y los dos senderos irían juntos más allá de los confines del mundo”.

El Romance es gracia, es amor generoso, armonía, fidelidad, luz que da sentido al dolor y esperanza que no dejará espacio para la desesperación. Tolkien mismo vivió estos ideales e invita a sus lectores a hacer lo mismo. Como dice en otra conocida historia de amor, “con dolor hemos de partir, mas no con desesperación. ¡Mira! No estamos atados para siempre en los círculos de este mundo, y más allá de la muerte hay algo más que recuerdos”.

 

BIOBLIOGRAFÍA:

K.W. Jensen, “Dissonance in the Divine Theme: The Issue of Free Will in Tolkien’s Silmarillion”, in B.L. Eden (ed.), Middle Earth Minstrel: Essays on Music in Tolkien, McFarland & Company, Jefferson 2010, 102-113.

J.R.R. Tolkien, The Letters of J.R.R. Tolkien, H. Carpenter (ed.), Houghton Mifflin, Boston 1981.

J.R.R. Tolkien, The Lord of the Rings, HarperCollins Publishers, London 2002.

J.R.R. Tolkien, The Silmarillion, Houghton Mifflin, Boston 2001.

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