Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Tarde te amé

Sophie Grimaldi

Cuando el corazón de la mujer está preparado para ser madre y no viene el hijo, se le llama estéril. En este retraso vital se insinúa la desesperación. Todo está dispuesto para su venida, pero aquel que se desea no está. ¿Para qué Dios permite la sed sin dar el agua? Quizás, y solo quizás, para acrecentarla.

El tormento interior se exacerba con el exterior por la dureza de muchos a quienes se les ha concedido pronto dar fruto. Creen que son predilectos, y tal vez lo sean… Pero los que piden y no reciben, intuyen que sólo la esperanza salva frente al vacío. Llegan a entrever, a su medida humana, lo que pudiera ser el deseo de Dios por los hombres que tardan en amar, y por los que se niegan.

Algunos reciben su vocación y la encarnación de esta casi a la par. Luego están los que albergan la llamada y vagan sin saber cómo hacer de su vida una respuesta. Saben ya que no son los obreros de la primera hora, por ello esperan con más ansia que llegue la tarea. Ven como pasan las horas y se agarran a la esperanza de ser, por lo menos, los de la última.

"Hay gemidos ocultos que nadie oye; en cambio, si la violencia del deseo que se apodera del corazón de un hombre es tan fuerte que su herida interior acaba por expresarse con una voz más clara entonces se busca la causa. (…)" (1) Cuando ellos gritan hacia Dios, parece que Él contesta: -"¿Qué me darás?"

Y angustiados, buscan y buscan sin encontrar nada suficientemente valioso que ofrecer. Sólo pueden entregarse a ellos mismos ¿Será suficiente?

-"Si era a ti a quien quería."

Entonces, los retardatarios se apresuran. Junto al Buen Ladrón, patrón de los lentos en llegar, piden su salario al Amor que no entiende de cuentas. O es Todo o es la nada.

(1)   Comentario de  San Agustín. Tu deseo es tu oración.  Salmo 37, 13-14.

 

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