Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Los amores grandes llegan no saludan y se quedan

Pablo Valentín-Gamazo

No todos podemos ser Roberto Benigni y convertir una avería en el coche en la excusa perfecta y fortuita para  recoger en brazos a una princesa que cae de un granero en una zona rural de Italia. Los hilos conductores de las historias del amor más extraordinario, lo que los medios corazones darían en llamar de película, son invisibles, son impredecibles y únicos. Están hechos de lo más inalcanzable.  Las mejores historias de amor eligen a sus protagonistas y es el deber de estos privilegiados hacer  que su amor sea historia. Los grandes amores llegan, no saludan y se quedan.  Si un amor no va más allá de los que aman, de los que se aman, no merece ser contado.

La inexperiencia en la vivencia del amor de pareja le permite a uno emprender la hazaña de contemplarlo en los demás, a ver si brilla, si desprende un calor especial que crea una atmósfera  entre él y ella que los separa de nosotros, los mortales. Las mejores historias de amor es el propio amor quien las cuenta, es él quien propone la partida de cartas y piensa en ti con ella, con él como mejor jugada. En el amor se es la apuesta antes de ser el juego.

“El amor está hecho de lo que no podemos tocar”, pero les mantiene unidos y, más aún, no les separa. Sigo pensando que desprende un halo que espera ser tocado, atrapado y acogido entre la mano de él y la de ella, dos manos en las que firmar: “os estaba esperando”. Los amores grandes llegan, no saludan y se quedan. En esos momentos, creo, que  debe sentir uno sed y no tener ganas de beber para seguir teniendo sed.

Como observador, al final, se trata de eso, de capturar el instante, la coincidencia, los tres segundos que tarda en caerle a Benigni la princesa, y como un niño pensar: “yo quiero eso”.

Lo que más maravilloso me resulta es ver cómo se desprende de los enamorados el miedo y surge entre ambos una luz que ciega a todos los que les rodean para que solo ellos puedan mirarse. Es realmente increíble. Para amar hay que querer. Hay que querer ser amor, estar a la altura. Continuamente hay que demostrar que se es digno de protagonizarse en el amor y, aún diría más, y compartir el protagonismo del otro: de ella, de él. 

“Sobre el amor no hay nada escrito”, dicen.  Cuando lo escucho pienso que puede haber personas que laten a media aurícula, que aman a base de sístoles, o que hay muchas princesas que vuelan de un granero y se estrellan. No todos somos Roberto Benigni, pero, como inexperto y observador, debe ser que para amar solo basta poner los brazos.

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