Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

¿Qué San Valentín celebras?

Miguel Ortega

Nuestra vida transcurre llena de quehaceres, el día a día parece arrebatarnos el tiempo y nuestras preocupaciones del trabajo, el estudio y necesidades parecen abarcar el horizonte de nuestra existencia. Abocados por la prisa y el cambio constante, entre el mensaje que acaba de sonar en el móvil y la noticia de última hora no parece que podamos dedicarnos a otra cosa. Pero, ¿Es feliz el que más seguidores tiene en sus cuentas en la red?, ¿el que ha conseguido hacer más cosas en este día? ¿el que ha tenido un gran éxito académico o profesional?. En todo esto parece que lo único que hacemos es una continua letanía del yo, mí, me, conmigo… un mirarnos a nosotros mismos desde nuestra propia mismidad. ¿Y los otros?

La sociedad individualista ha calado a veces tan profundamente en nuestro interior que nos hemos olvidado de que el ser humano debe estar proyectado hacia fuera para poder encontrarse con él mismo. En definitiva, que una parte esencial de nuestra felicidad reside precisamente en el darse y sentirse acogido, en fin en cierto modo lo de siempre, eso sí, requiere ser capaces de pararnos a reflexionar un momento.

La familia, los amigos, nuestro novio o marido y desde luego Dios son capaces de revelarnos nuestro verdadero yo y son una parte esencial, la más esencial, de la felicidad. ¿Qué pasa entonces? Que hemos devaluado el amor, a base de repetirlo lo hemos banalizado de tal forma que hemos perdido el núcleo central de su significado. A lo sumo hemos cogido el rábano por las hojas y con ellas entre las manos hemos tratado de interpretar lo que es. En fin, que nos hemos quedado con lo de que el amor es…un sentimiento… algo que es pasajero, o como mucho… una emoción o una pasión carnal.

Es verdad que no es lo mismo el amor de familia que tiene su centro en el acto de acogida, en el sentirme querido por ser yo, que el amor de amistad cuyo centro es no tanto la persona del otro sino lo que compartimos.

Pero sin duda los dos amores que se llevan la palma son el amor de pareja y el amor de Dios. En el amor de pareja yo me doy por entero a ti, me hago tuyo, me regalo y eso sí… espero que tú seas capaz de acogerme, de aceptarme como soy con mis grandezas y mis miserias y de ayudarme, con mis esfuerzo, a sacar de mi lo mejor.  Cuidado, cada una de las cuestiones que se han dicho son importantes: el darse, el acoger, el aceptar, el ayudar, el esfuerzo personal y el sacar lo mejor. Por eso es algo que necesariamente tiene vocación de eternidad, de sellarse con un para siempre. Por eso el amor bien entendido no se acaba ni se marchita, aunque pase por dificultades. Claro, para esto hay que preparase y entender bien qué es al amor y no contentarnos con la versión simple, poco arriesgada y desde luego falsa de quedarse tan contento con las hojas y dejar el fruto olvidado.

Y por último, el amor DE Dios, que el amor a Dios es solamente humano, pero el que nos engrandece es el que Él nos tiene y que nosotros poco a veces podemos retener porque se nos derrama de tal manera que nos supera a la hora de entenderlo, de vivirlo e incluso de expresarlo y sino qué alguien me explique en serio la Misericordia. Yo creo que el hombre es tan poco capaz que por eso se permite negarse a ese Amor que supera e, incluso, negar que exista.

                  Con todo esto, amigo lector, feliz día de San Valentín.

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