Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

La mujer tras la sombra de John Nash

Instituto John Henry Newman

Artículo "El legado Lardé" extraído de La prensa Gráfica /Moisés Alvarado

 

Este clip cuenta la vida de John Nash, ganador del Premio Nobel de Economía en 1994. En esta apasionante historia real, el dicho popular que reza “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”, se encarna en la biografía de su esposa, Alicia Lardé López-Harrison.

A continuación, un extracto de una crónica que refleja y completa de forma muy acertada lo que la película pretende transmitir.

Alicia Lardé López-Harrison, por sí misma, podría pasar a la historia como una de las científicas más importantes de El Salvador. Según el historiador salvadoreño Carlos Cañas Dinarte, tras graduarse del exigente Instituto Tecnológico de Massachusetts, primero como física y luego como ingeniero aeroespacial, trabajó para el Gobierno de Estados Unidos en su programa de lanzamiento de satélites militares y civiles durante buena parte de su vida. Tras eso, explican sus familiares, fue la encargada de las computadoras que controlaban el tráfico en la ciudad de Nueva Jersey.

Sin embargo, se hizo una figura pública por su apoyo a John Nash, ganador del premio Nobel de Economía en 1994, en su largo padecimiento de esquizofrenia paranoide. Fue su esposo en dos períodos: de 1957 a 1962 y de 2001 hasta el día de su fallecimiento, el 23 de mayo de este año. La parte más dura de su apoyo al matemático se dio, precisamente, en el tiempo en el que no fueron un matrimonio.

A esto sus familiares lo han catalogado como “una donación total por otro ser humano”. Y lo de Alicia no fue fácil, estaba con una persona que poseía genialidad y oscuridad en dosis similares. Para ilustrar su primera faceta, basta revisar la tesis doctoral presentada en Princeton cuando contaba con 21 años, institución a la que llegó por una carta de recomendación de su profesor R. J. Duffin que contenía una sola línea: “Este hombre es un genio”. Según una publicación del periódico El País de 2001, Nash aplicó la teoría de los juegos ideada por John von Neumann a situaciones que implicaran conflictos y ganancias. El matemático concluyó que la “partida” concluía cuando cada jugador, de forma independiente, elegía su mejor respuesta a la estrategia de sus adversarios. Esta idea simple se contrapuso y derribó a la clásica teoría de que había una “mano invisible” que movía los mercados para que estos tendieran al equilibrio. Por este trabajo recibió el Nobel, considerado el más importante del mundo, en 1994.

Para hablar de la segunda, se vuelve un cuento todavía más largo. Desde antes de conocerse en los pasillos del centro de estudios de Lardé, el MIT, Nash presentaba, según el mismo artículo de El País, una tremenda disparidad entre su capacidad intelectual y su habilidad para relacionarse con los demás. Una hipótesis citada por dicho escrito afirma que, por esta época, existían en John dificultades para saber si le gustaban los hombres o las mujeres, lo que habría reforzado su aislamiento. Lo anterior, sin embargo, siempre fue desmentido por el científico.

 Antes de conocer a Alicia, según Carlos Cañas Dinarte, John tuvo una relación con la enfermera Eleanor Stier, con quien procreó un hijo en 1953, del que Nash se desentendió, hecho que, según lo consigna Sylvia Nasar en su biografía de Nash “A Beautiful Mind”, provocó que sus padres rompieran relaciones con él cuando ya había adquirido matrimonio con la salvadoreña. Tal vez estas presiones provocaron que viniera el desastre y que el hombre que sorprendía a todos con sus chispazos de genialidad y lógica se convirtiera en un auténtico fantasma de las aulas, perdido en sus alucinaciones y mantenido en su puesto en Princeton solo gracias a sus anteriores logros. Nash, después, atribuiría sus problemas a las presiones que le imponía la docencia.

Tras su separación de Alicia, vivió con su madre hasta que esta falleció, en 1970. Pidió, de nuevo, la ayuda de su exesposa, que aceptó darle refugio. Pero hizo más que eso, pues, poco a poco, el hombre de genio volvería a emerger de las profundidades de la esquizofrenia. La eficacia de su ayuda fue tal que, a finales de los ochenta, la lucidez comenzaría a retornar. El éxito final llegaría en 1994, con la entrega del Nobel.

Sin embargo, su otro triunfo, el de superar la esquizofrenia para volver al mundo, comenzaría a conocerse dos años más tarde. Como lo recoge un artículo del periódico El País publicado en 2002, en el X Congreso Mundial de Psiquiatría, celebrado en Madrid en agosto de 1996, John Nash relató por primera vez la dolorosa historia de la esquizofrenia que anuló sus capacidades durante la mitad de su vida. Fue definido, entonces, como un “símbolo de esperanza”.

Nash declaró que la búsqueda de la racionalidad como ideal lo hundió en la locura. En gran parte de su recuperación tiene crédito quien fuera su esposa hasta el final de sus días. Ella misma no achacó su recuperación a ningún fármaco o tratamiento, sino, simplemente, a llevar una vida tranquila. Lo anterior lo consignan quienes conocieron, aunque sea brevemente, a la pareja. Como Ricardo Aguilar, albacea de Salarrué. Aguilar, sin embargo, aporta una opinión que puede resultar cierta: solo Alicia estaba capacitada para sacar a Nash del abismo, pues era necesaria, además de una conexión emotiva, una profunda comunicación intelectual, que solo una mente matemática como la de la salvadoreña podía lograr.

Aquí el artículo completo de La Prensa Gráfica

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