Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

El amor es cosa de tres

David García

Es en la adolescencia, en ese momento de nuestra vida en el que somos un manojo de efervescentes hormonas y un puñado de infinitas posibilidades, en el que se despierta en nosotros un deseo que hambrea eternidad y que amenaza con erigirse, entre revoloteos de estomacales mariposas de colores y nudos en la garganta, en reverenciada divinidad ocupando el centro del altar de nuestra vida.

Es durante esos años cuando nos sentimos llamados a encontrar nuestra media naranja, nuestra alma gemela, el yang de nuestro yin, se despierta en nosotros uno de los deseos más naturales y profundos inscritos en el corazón del hombre, ese anhelo que nos invita a compartir nuestra vida, la vocación del que se sabe incompleto. Quizá sea por eso que en el momento vital que más energías tenemos dedicamos casi todos nuestros esfuerzos en buscar a esa persona que dé sentido a nuestra vida, esa persona que nos complete y nos llene, ésta se convierte en nuestra empresa biográfica prioritaria.

Y en esas circunstancias solemos encontrarnos con un amor que por su intensidad y vaciamiento está llamado a extinguirse tan rápido como una llama en medio de un vendaval. Buscando recibirlo todo nos dejamos todo, alma y cuerpo, hasta asimilarnos con el otro, nos disolvemos cual azucarillo en agua y nos convertimos en una sombra de nosotros mismos. En estas circunstancias en las que ya no nos queda nada más por dar nos encontramos con que el otro tampoco es capaz de colmar un vacío que se torna en un abismo entre sin sabores, reproches y un sin fin de imperdonables errores. Nos destruimos y acabamos inundando de lágrimas las esquinas con un altar sin santos y un sagrario sin Santísimo.

Desde ese momento buscamos y rebuscamos, esperamos y nos desesperamos, nos frustramos y decimos abandonar la empresa desesperanzados por nuestros fracasos… pero la renuncia no es más que simulada, volvemos y removemos cielo y tierra para encontrar a esa persona que pueda colmar de sentido nuestra anodina existencia. Y con el afán de protegernos entre tantas heridas de guerra nos encerramos en nosotros mismos, llenamos nuestra noches de encuentros esporádicos en los que decimos no exponer nuestra interioridad o buscamos en el otro una perfección que sabemos imposible y que no es más que el caparazón del que tiene miedo a exponerse y a amar a alguien de carne hueso.

Elevamos nuestras oraciones al cielo, nos sentamos en la capilla, solos, en silencio, nos encomendamos a todo el santoral mientras le pedimos a Dios que nos ayude a encontrar a esa persona que está llamada a llenar nuestra vida de felicidad. Mientras, el Señor nos responde: “Aquí estoy, soy yo el que te espera para colmar tu vida de sentido”. Y mientras no le escuchamos, buscando la respuesta equivocada para una pregunta correcta, Él sufre con cada una de nuestras erráticas caídas, nos ve hincar la rodilla en el suelo con nuestra cruz a cuestas, sin poder aliviar nuestro trabado caminar.

Pero cuando abrimos nuestros oídos y nuestro corazón al amor de Dios y nos damos cuenta que Él es el único que puede colmar nuestra vida de sentido. Cuando el Señor se encuentra en el centro de nuestra vida entonces comenzamos a orar de una forma diferente. Ya no queremos a alguien idealizado a quien idolatrar llamado a ocupar el puesto de Dios en nuestro corazón ahora pedimos a alguien con quien poder compartir la alegría de haber encontrado al Señor, alguien que nos ayude a acercarnos a Dios cuando nuestro camino se aleja de su lado, alguien con quien orar y crecer en el camino de encuentro con el Amor de los amores, alguien que sea las manos y el rostro de Cristo. Ya no pides alguien para ti, alguien que se adapte a tus gustos y exigencias, pides alguien para Él.

En ese proceso de conversión te das cuenta que el amor ha dejado de ser cosa de dos y ha empezado a ser cosa de tres. Tú te acercas a ella y acercándote más a ella te acercas más a Dios, cuando te alejas de Él más lejos estas de ella y cuanto más acerques a ella a Dios más cerca estará de ti. Complejamente simple, sencillamente perfecto. Y así las cosas sí funcionan, lo que tenéis ahora entre manos ya no es cosa solamente vuestra, aunque de vuestra disposición depende la respuesta que deis a la tarea que se os encomienda y el que hacer con ese ser tan maravilloso que se ha depositado en vuestras manos. El Señor no tiene preparado para ti lo que dices querer sino lo que verdaderamente necesitas. Busca aquella persona que te apoya en lo que más necesitas y te complementa en lo que más debe… en el fondo Dios busca para ti a alguien para acercarte a Él, un regalo con el que aprender a amar como Él nos ama.

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