Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Javier Álvarez y la  música artística

Aaron Cadarso

En mitad de la década de los 10, del tecnológicamente álgido pero culturalmente decadente siglo XXI, occidente vive ajeno al silencio, rodeado del ruido, símbolo del siglo pasado y del joven que vivimos. Huérfano de la importancia de la música clásica que antaño fue valedora de una sensibilidad propia, poco a poco se ha ido desarraigando su esencia, el anhelo de alcanzar la contemplación acústica de la belleza, saber escuchar.

Quien sabe bien de este anhelo en experiencia propia y en formación académica es Javier Álvarez, docente de música en secundaria que cursó estudios de Psicología (Filosofía y Letras) en la Universidad San Pablo CEU y en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Interesado en la pedagogía musical, se especializó en ella. 

P - ¿Qué significa encontrar “la verdad” en la música frente a la evasión? ¿Qué música fomenta una y la otra?

R - Mi experiencia en el ámbito de la música, como profesional y docente –quienes me conocen saben que carente en absoluto de prejuicios al respecto– me ha llevado a la conclusión de que la música comercial en todas sus manifestaciones (pop, rock, funky, latino, electrónica, etc.) y la música artística  –habitualmente denominada “clásica”, ya sea histórica o contemporánea–  aun compartiendo materia (notas, ritmos, etc.) constituyen  compartimentos estancos y apuntan en direcciones contrarias a aspectos opuestos del ser humano.

Para decirlo brevemente, la música comercial, por definición, tiene vocación de ser masiva y ello condiciona necesariamente su contenido. Tiende a lo superficial e inmediatamente atractivo (la "producción" –o "envoltorio"–  es cada vez más sofisticada y determinante)  y está dirigida a generar y nutrir emociones primarias, independientemente de la educación y sensibilidad de quien la consume.

Por otro lado, la música artística (y en concreto, la contenida en la obra de los grandes compositores de la Historia y contemporáneos) brota y es expresión de los movimientos más sutiles del alma humana; está llena de matices –como el alma humana– y no sería posible sin un extraordinario dominio de la técnica, un inmenso  talento y una exquisita sensibilidad. ¡Un verdadero tesoro a nuestro alcance!  Además, hay una cierta actitud contemplativa en quien escucha una obra clásica...

En mi opinión, la música comercial  –y en ella hay, por supuesto, melodías muy inspiradas y canciones de gran factura–, con su cada vez mayor componente de glamour  y, por ello, de espejismo y proyección emocional, dirigida al entretenimiento y principalmente a la evasión, no aporta nada sustancial al ser humano; diría, incluso, que su abuso lo empobrece, allana su sensibilidad y empequeñece su espectro emocional. La música clásica, sin embargo (e insisto en incluir la del s. XX y lo que va del XXI), lo enriquece, esponja su alma y lo pone ante lo esencial, ante la verdad de nuestra existencia, de la que, a mi modo de ver, es manifestación sonora. Y nada más lejos de mi intención que magnificarla sino que, honestamente, estoy convencido de ello.

El problema radica en cuánto significa para gran parte de los jóvenes la música comercial (y para demasiados adultos...), cuánta energía emocional, cuánto de ellos mismos ponen en lo que no son más que "productos sonoros de consumo" ¡tan pobres en contenido artístico! (y como "producto" habría que incluir el vídeo-clip, la imagen y actitud del cantante o del grupo, como modelo de identificación). Me he encontrado con muchos jóvenes que "viven" casi literalmente en las canciones... o, al menos, alimentan en gran medida su vida emocional con ellas.

Javier Alvarez durante su ponencia en la UFV

Javier Álvarez durante la ponencia celebrada en la UFV sobre la obra de Igor Stravinski, "La consagración de la primavera".

P - ¿Puede una adecuada pedagogía musical subsanar la falta de interés, de un alumnado progresivamente más tecnológico, más sistematizado, hacia los asuntos esenciales de la cultura?

R - Estoy del todo convencido de la necesidad -incluso de la urgencia- en los tiempos que vivimos, de un planteamiento serio en cuanto a educación musical, sin concesiones, donde el desarrollo de la capacidad crítica y discriminatoria fuese componente primordial de la misma. Démonos cuenta, por ejemplo, de lo extraño que resulta el hecho de "pensar sobre música"... Nuestros alumnos saben de sobra dónde se encuentra la excelencia tecnológica y la valoran. Enseñémosles a encontrarla en la cultura, en el arte y, en concreto, en la música; a disfrutar y enriquecerse con ella.

Independientemente de aprender a tocar un instrumento o a leer música –actividades ambas muy educativas y satisfactorias–, para mí lo más importante es educar en la escucha consciente y comprensiva de la música como arte. Considero que hay una edad clave para iniciar a los niños en ello y es entre los diez y los doce años, cuando están en 5º y 6º de Educación Primaria. Aún no han sido "atrapados" por el "top de éxitos" y es justo el momento de ayudarles a iniciar un proceso de integración de la música artística en sus vidas.

P - ¿Qué es el ruido, qué es la música, qué es el silencio? ¿Cómo contribuye cada uno a la educación?

R - No hay duda de que el ruido es uno de los "sellos" de nuestra civilización occidental. Su omnipresencia, tanto en forma de "ruido externo" (coches, industrias, aglomeraciones urbanas, etc.) como de "ruido interno" en forma de estrés, pensamiento incesante ("la loca de la casa", que diría Santa Teresa), condiciona enormemente nuestras vidas y nos sitúa en la periferia de la realidad, en lo accesorio. Nos "centrifuga" y aleja de eso que compartimos todos los seres humanos, que constituye nuestra esencia y nuestra verdad, como manifestación del Misterio insondable que somos. Y ahí es todo silencio y solo de ahí puede brotar el arte y, por tanto, la música. Es necesario educar a nuestros alumnos en la práctica del silencio, antes incluso que en la práctica de la música.

P - ¿La cultura de occidente puede ser aprendida a través de la música de los clásicos?

R - ¡Desde luego que sí! y me alegra que plantee este tema. He comprobado que a veces se estudia la música como algo separado o desconectado de la realidad histórica en la que fue compuesta, como si no tuviese nada que ver con ella. Además, a menudo se analiza por un lado la obra y por otro se estudia al compositor...

La música es un recurso de primer orden para conocer y comprender los diversos períodos históricos de nuestra cultura occidental. En este sentido, me gusta el concepto de "hecho musical" como objeto integral de comprensión, que abarca e interrelaciona todos los aspectos que confluyen en la obra. Estos serían –además de la obra en sí y sus elementos técnicos y estéticos– el compositor, su circunstancia vital, sus condicionamientos emocionales, sociales, políticos, técnicos y estéticos. La obra musical es la maravilla que emerge de la integración de todo ello; sería como "el sonido estilizado" hecho arte,  de un momento, de un lugar;  en definitiva, de una realidad.

Con motivo del Clico Horizontes de Razón Abierta celebrado en la Universidad Francisco de Vitoria, el pasado 2 de Marzo, Javier Álvarez  hizo una introducción a la obra de Igor Stravinski, La consagración de la primavera en una ponencia centrada también al llamamiento a la revalorización e importancia de la estructura clásica de la música artística y su evolución a conceptos musicales más abstractos, propios del siglo XX. Abajo, el enlace del acto.

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