Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Niños filósofos

En Madrid, hay miles de opciones que permiten a los niños empezar a aprender y disfrutar de la música, de la lectura, de la pintura, del teatro… Muchas de esas actividades son accesibles gratuitamente, lo que es de celebrar ya que la cultura es un lujo necesario.

A pesar de ello, existe una gran proscrita: la Filosofía. ¿Por qué? Porque se considera como algo etéreo, sobrante, solo buscado por elites ociosas, y que no aportará nada valioso a esos pequeños. Se percibe cómo una materia muerta que custodian algunos ancianos recluidos detrás de montañas de libros. Nada más lejos de la realidad, o para ser justos… de lo que tendría que ser. La Filosofía no es, ante todo, una acumulación de conocimientos complicados, es un preguntar por el sentido de la vida. Filosofar sirve para vivir.

El aprendizaje del lenguaje es una manera de aprehender la realidad. Las palabras no cambian solamente de un idioma a otro sino que éste influye directamente en la forma de percibir el entorno. No poder nombrar algo por falta de palabras o, al revés, utilizar una expresión ad hoc para algún aspecto de la vida imprimen contrastes en la percepción infantil. Estos matices lingüísticos conforman de alguna manera el alma.

Además de la lengua materna, el niño va integrando a su visión del mundo categorías filosóficas y metafísicas transmitidas de forma consciente o no por su ambiente cercano. Cada persona que utiliza desde sus primeros años de vida, y sin saberlo, una visión relativista, cartesiana o idealista conforma así su pensamiento y su comportamiento. Muy pronto y de forma natural, la filosofía se hace imprescindible para esas personitas. Cuando los niños empiezan a pronunciar sus primeras expresiones, repiten sin cesar la palabra tan temida por muchos padres:

¿POR QUÉ?

¿Por qué la lluvia, por qué no tengo dinero, por qué el tomate es rojo, por qué el abuelo está viejo, por qué no había nacido, por qué los malos son malos, por qué pasa mucho tiempo, por qué voy al cole, por qué está lejos?…

Y luego está la variante más molesta. A cada afirmación formulada por un adulto llega la coletilla: "¿Y por qué dices eso?"

Y no les vale cualquier explicación. Los niños son filósofos natos, les fascina todo… Quizás los mayores, por no querer plantearnos el sentido de la vida, ahogamos este torrente de preguntas infantiles olvidando que formando su inteligencia, se forma también su corazón.

¿Habéis probado el diálogo socrático con los niños? Son asombrosas las explicaciones que encuentran a la realidad. ¿Por qué su papá está delante de una pila de hojas de papel? No es para corregir copias de alumnos, es obviamente para otra cosa: ¡Papá está haciendo aviones de papel! Ya elaboran consideraciones complejas para llegar a sus sueños y así imponernos razonamientos contundentes de este tipo:

-Cenicienta tiene una hada madrina.

-Catherine es mi madrina.

-Entonces Catherine es una hada.

Una manipulación dialéctica en todo su esplendor… Y el pequeño sofista no ha esperado conocer las bases teóricas de la lógica para saltárselas. Por esa razón y por mil otras más, necesitan acercarse a la Verdad de las cosas, que no se hace sino planteado preguntas desde muy jóvenes. No todo el mundo tiene un Van Gogh colgado en la pared de su casa. Sin embargo, eso no es obstáculo para esforzarse para que sus hijos tengan contacto con la belleza, una belleza más ordinaria y presente en los objetos corrientes. Nadie dice: "O tengo un cuadro de Van Gogh ¡o si no nada!"

Entonces ¿por qué funcionamos así con la filosofía? "O entiendo la esencia del ser ¡o si no nada!" Si nos hiciéramos como niños, veríamos, quizás, que la filosofía cotidiana es necesaria y no quita nada a la riqueza de las grandes obras. Al revés. A través del sencillo día a día se fomenta que, desde la infancia, nos preguntemos por el Sentido.

 

 

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