Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Dependientes

José María Alejos

Me asusta ver cómo damos por bueno el espejismo de la autonomía; la creencia de que uno se hace a sí mismo. Parece que cuanto menos hayas dependido de los otros para ser quién eres hoy, mayor altura humana. Esto podría ser verdad en un mundo posible en el que el hombre fuera otra cosa distinta a la que es. En este mundo, aquí y ahora, el hombre es relación. Quien soy hoy es gracias a que he dependido de otros.

Hace unas semanas participé en un proceso de selección de alumnos que optaban a una beca. Fui moderador en una reunión de un grupo de 10 candidatos. Después de una conferencia sobre el sentido de la Universidad, estos alumnos tenían que hablar entre ellos sobre la propuesta que se les había hecho. Les confieso que eran alumnos excepcionales: notas brillantes en Bachillerato, formación extraescolar en idiomas, música, acción social… Cuando la dinámica de grupo se estaba acabando y ya tenía los ítems completados, les lancé una pregunta por mera curiosidad: «¿Por qué ellos habían llegado donde estaban, cuál era la causa de su brillantez, por qué eran diferentes a otros compañeros suyos?»

Las respuestas que daban eran ciertas pero insuficientes porque no iban a la raíz. Prácticamente todos hablaban de esfuerzo, sacrificio, capacidades naturales, proactividad, madurez personal… Una candidata sin dudar ni un momento señaló: «yo soy quién soy hoy gracias a mis padres, mis hermanos y los profesores que me han acompañado en el colegio donde estudio. No sé si tengo más capacidad que mis compañeros pero hasta el esforzarme o el sacrificio lo he tenido que aprender, no me lo he dado a mí misma”. Hubo silencio.

Aquí y ahora, somos gracias a otros. Desde algo tan sencillo como el buen hacer del arquitecto de la casa que habito, hasta la pregunta ontológica sobre quién sostiene mi ser en este preciso instante. Si echamos la vista atrás, somos gracias al «sí» de nuestros padres no sólo por tenernos, sino al «sí» diario de no abandonar la tarea que empezaron en cada uno. Somos gracias a tantos familiares, amigos y personas que se han cruzado en nuestra existencia. Y somos, en gran parte, gracias a los maestros y profesores que hemos tenido en el colegio. Su dedicación diaria forma parte de la historia de cada uno y su modo de estar en el aula, la forma de mirarnos, la paciencia o impaciencia, han dejado un poso del que quizá no somos conscientes. Lo que somos hoy es un pasado de relaciones, de encuentros y desencuentros con otros, y de relación con el mundo circundante.

Que no me vendan que uno es más auténtico cuanto menos dependiente es, como si menos dependencia implicara más libertad. He dependido, dependo y dependeré de los demás y de la realidad. He sido hecho por otros, y gracias a esto he podido tomar decisiones y poner en juego mi libertad para ensancharla.

Como dijo Samuel Johnson, no mencionar el nombre de la escuela y de los maestros de los hombres ilustres es una especie de fraude histórico. Y señalo que en ese «hombre ilustre», entramos TODOS.

 

(La imagen que ilustra el artículo es «Primeros pasos después de Millet» de Vincent Van Gogh. La obra y la historia del cuadro nos evoca esta dependencia.)

El artículo ha sido revisado de uno escrito en el blog de Chema Alejos «Aprender a mirar» 

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