Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Fumito Ueda y el afecto

Aaron Cadarso

En mi infancia me cautivaba escuchar los asombrosos relatos que contaban mis mayores. Historias donde el bien, perpetuamente cercado por la oscuridad, alumbraba de manera espontanea la senda de la realización del héroe en las circunstancias más inclementes. Esas historias, leyendas, mitos y cuentos, hacen que al escucharlas seamos quienes somos. De un modo casi imperceptible son una parte muy íntima de nuestra vida, esquemas mentales que arrojan luz ante la alargada sombra de nuestras dudas. Los héroes nunca supieron su insigne condición hasta que se encauzaron en las gestas a las que estaban destinados, al igual que nosotros aún desconocemos el potencial de nuestras virtudes en una realidad que nos pone inexorablemente a prueba.

Estos universales defensores comienzan su fortuita  empresa para resguardar a quienes le dan sentido, a quienes quieren. Por tanto, ¿estoy destinado a influir a un ser  ajeno a mí? ¿Me es posible concebir un vínculo persistente  al  tiempo?

Respondiendo de una forma distinta a estas preguntas me gustaría recurrir a un videojuego actual cuyo nombre es The Last Guardian (2016). Por ello, pretendo acercar al lector a la insondable importancia que hay detrás de un, a priori, irrelevante videojuego destinado a los jóvenes, quedando aparentemente fuera  quienes conformamos el mundo adulto propiamente dicho.

Para hablar de las motivaciones de la obra, antes hay que detenerse brevemente en los antecedentes de su mayor responsable, el diseñador de videojuegos Fumito Ueda.  El japonés tiene una breve pero significativa carrera con dos títulos de renombre en el sector del “octavo” arte: Ico (2001) y Shadow of the Colossus (2005). Ambos títulos respondieron en su momento a un anhelo de una experiencia verdaderamente antropológica en una industria centrada en la evasión sin propuesta. Click aquí para profundizar sobre ambas obras

La vulnerabilidad, el afecto y el silencio son constantes en estos títulos, interpelando al jugador por las indudables posibilidades de que el videojuego pueda ayudar a formarle como persona. Los mundos de fantasía no tienen por qué olvidar las motivaciones que nos hacen ser humanos como lo es amar y llegar hasta las últimas consecuencias por alguien que en un principio no conocíamos del todo.

The Last Guardian es narrado por una voz anciana que parece recordar su pasado. Un niño se despierta en medio de una ruinosa y monumental fortaleza abandonada. Junto a él, también asustado y confuso esta Trico, el nombre por el que el niño llamará a partir de entonces a la mayúscula criatura, una mezcla mitológica entre pájaro y gato. Esa es la premisa, niño y bestia deben actuar conjuntamente para lograr salir del sombrío lugar en el que ahora inexplicablemente están perdidamente atrapados.

El niño y Trico al comienzo de la aventura

La relación entre niño/jugador y Trico, poco a poco va experimentando niveles de encuentro, dejando en el camino la necesidad mutua por el afecto, al querer llegar juntos al final del camino y comprender que representa el lugar que les ha unido.

Pudiera pensarse que Trico es una bestia y por tanto un animal, por lo que no podrá jamás corresponder verdaderamente al niño en cuanto al afecto que genera esta entrañable dupla ya que el prisma moral no es propicio más allá de los hombres. Pero lo cierto es que como obra de ficción su intención no es la de constatar la validez de una amistad más allá de lo racional, The Last Guardian presenta a quien lo juega/interpreta, la posibilidad de comprender lo que implica los vínculos que genera el amor entre “semejantes”. No se trata de verificar de si es loable la propuesta del videojuego o no en contra de la realidad, el crecimiento de ambos protagonistas en el plano emocional sirve de alegoría de lo que supone verdaderamente amar. Un ejemplo interactivo de lo que supone ser fiel a quienes te ayudan en el camino.  Amar es afrontar lo que somos y a veces aceptar las diferencias que generan la distancia, para poder trascender a través de un férreo vínculo imperecedero.

Sea un ejercicio de emotivismo o no, se trata de un relato que conforma en él un precioso paisaje sobre la amistad, cimentada en un amor irracional y espontaneo. Los títulos que ofrece Ueda, son para quienes los hacen vivos un oasis de sentido, donde se desvela el valor de la templanza, quebrándose el muro donde la inteligencia emocional estaba presa y olvidada ante la demanda de la vana evasión. The Last Guardian es un alegato sobre la cimentación, desarrollo y culmen de lo que implica querer y ser querido.

El niño y Trico en la recta final de la aventura  

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