Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Somos pregunta

Lección Magistral impartida por Rocío Solís, coordinadora del Instituto John Henry Newman, para la inauguración del Colegio Mayor Francisco de Vitoria. 11 de septiembre de 2017.

Hace 20 años, ¡ya de casi todo hace 20 años! Aunque ahora os parezca una exageración, dos pipiolos estudiantes de periodismo entrevistaron al poeta José Hierro en su casa. Tenía una bombona de oxígeno enganchada de compañera desde hacía tiempo pero seguía narrando la vida con una voz profunda y potente. Las preguntas de los estudiantes no eran tan buenas como sus respuestas, pero él, hombre generoso, supo dar buen alimento a aquellos dos muchachos. Y ante una cuestión banal, les contó su historia:

“Cuando era niño y paseaba por la bahía del Sardinero, en Santander, me aburría tremendamente…hasta que un día pensé ‘habrá un momento en el que yo sea mayor, esté agonizando en una cama de hospital y desee con todas mis fuerzas volver a esta bahía a aburrirme’ y eso me cambio. Empecé a pasear por la playa con esa conciencia de disfrutar de aquello que tenía delante sabiendo que dentro de un tiempo lo echaría de menos”.

Creo que no hace falta ser poeta para hacer esta experiencia que de alguna manera nos llama a todos. Parece gritarnos “haz lo que haces, haz lo que estás haciendo”. Ahora, en el minuto presente. Cada uno de vosotros tenéis la vida por delante, y no me refiero solo a la corta edad y como un tópico. Todos tenemos la vida por delante. La vida siempre está por delante, no tiene otra forma de estar, y nos invita a vivirla en el presente, pero a veces hace falta este ejercicio de ir al mañana para volver con más afecto al hoy. Os invito a hacerlo.

Mañana estaréis en un despacho de abogados, en un hospital, en una empresa, en un colegio…y quizá, quizá, desearéis con todas vuestras fuerzas volver a este momento de universidad, de miedos e incertidumbres, de conocer a aquellos que luego serán vuestros amigos del alma, de exámenes, tutorías e incomprensiones con el mentor…quizá podéis empezar a hacer ya el ejercicio de amar lo que tenéis delante. Quizá podéis prevenir esa melancolía corrosiva del que no ha sabido vivir lo que tocaba y tiene un corazón viejo que siempre opina que el pasado fue mejor, pero porque ya pasó. Cuando el gol ya no se puede meter porque se está en el tercer tiempo.

Esa melancolía se parece a un sombrero muy pesado que puesto sobre la cabeza hunde a todo el ser metiéndolo entre hombro y hombro, convirtiendo el mundo entero en un lugar pequeñito dentro de nosotros al que miramos con la cabeza gacha y de reojo. Y donde no hay Cielo, porque el ala ancha no nos lo permite. Sólo hay refugio en la memoria y ahogo, no hay horizonte ni destino, ese que nos dice que somos para una meta.

Ahora bien, hay otro tipo de melancolía de la que no podréis escapar, huyáis donde huyáis. Aunque vayáis con la cabeza destapada y no paréis de mirar las estrellas. O justo por eso. Esta melancolía no es propia de los que se quedaron por el camino y viven la vida en color sepia, sino de aquellos que viven a fondo y apasionadamente. Se trata de la melancolía de Infinito. Esta hace tener siempre un pellizco en el corazón, y como decía John Henry Newman es nostalgia de futuro y no de pasado. De algo de lo que tenemos sed pero aún no sabemos ni siquiera que es. Corremos tras algo, pero el qué…y lo anhelamos profundamente sin ni siquiera saber del todo nombrarlo: ¿es felicidad? ¿Ganas de triunfar? ¿De ser hombres y mujeres reconocidos? ¿Hacia donde corremos, hacia donde no podemos parar? Porque vivimos como si nos hubieran prometido algo… ¿Es que alguien os ha prometido algo a vosotros?

Esa melancolía es buena (como el colesterol  que lo dividen entre bueno y malo). Bien, pues esta melancolía es buena. Nos saca fuera de nosotros y nos pone en la pista de algo externo que nos explica a nosotros mismos. Nos hará estar mirando siempre más allá de lo que vemos para preguntarnos ¿por qué esto no me vale? ¿de que está hecha la vida? ¿por qué siempre quiero más?

Y de esta manera nos convertimos en preguntas andantes cuya respuesta no es inmediata. Empezamos a ser pregunta que mira al Cielo.

Wittgenstein decía que el problema no radica en las respuestas que se den sino en el modo de plantear las preguntas. Creo que la universidad es un buen momento para que aprendáis precisamente esto: qué preguntas son pertinentes y ajustadas para llegar a la respuesta que cambiará el mundo. Y el mundo empieza en el que acogen tus zapatillas. Mirad más alto y más allá, hasta que vuestra interrogante caiga tan lejos que no veáis la pelota y esperad, tened paciencia a que vuelva. Perseguidla. La vida se hará ancha y digna de ser vivida. Así se puede abrazar el mundo entero desde vuestra silla de estudio. En lo pequeño estará el todo si sabéis alcanzarlo con vuestra pregunta y vuestro deseo.

Podríamos dividir las preguntas para esta invitación en útiles e inútiles. Las primeras son aquellas que, una vez que respondidas nos traen un beneficio, nos hacen progresar, es decir, nos dan respuestas cerradas, respuestas que podemos acumular, que resuelven de una vez por todas, y en ese sentido, son muy útiles. y han hecho aumentar el caudal de las ciencias empíricas, por ejemplo.

Pero también hay preguntas que se resisten a ser respondidas de una vez por todas. Preguntas abiertas, que continuamente aparecen y reaparecen, y que, además, me comprometen existencialmente. Las preguntas Inútiles. Unamuno recuerda en El sentimiento trágico de la vida una anécdota de Solón: ante la noticia de la muerte de su hijo, el sabio llora. Un pedante que se encontraba allí se le acercó y le preguntó por qué lloraba, ya que no serviría de nada. Solón le respondió: por eso, porque no sirve.

Sobre lo inútil en este sentido también ha escrito Josef Pieper . Él hablaba del valor de la fiesta, no como algo que nos va a dar un provecho útil, por el contrario, en la fiesta “derrochamos” lo que tenemos a favor del encuentro con otros . El dice que “No es la fiesta sólo un día sin trabajo, una pausa neutral, es una pérdida de ganancia útil. En un mundo configurado al servicio de lo útil, no puede haber espacio de tiempo no útil, “como tampoco puede darse un trozo de terreno sin aprovechamiento”. Aquí está uno de los aspectos fundamentales de la fiesta: la fiesta es esencialmente una manifestación de la riqueza, no precisamente de dinero, sino de riqueza existencial”. Esta es de la riqueza de la que os hablo cuando os invito a dar rienda suelta a vuestras preguntas, aparentemente, inútiles.

Dedicaros ahora un poquito a esto, que nada tiene que ver con lo perezoso, al contrario, exige muchísimo de nosotros lo inútil: la tensión constante de nuestra vida con lo Infinito. No quedarse en lo que se toca y se ve sino en lo que está detrás y lo sostiene. No quedarse en las apariencias que a veces dicen tan poco y tan mal de quien tenemos delante. Eso vuelve a requerir de los audaces y henchidos de deseo. Cuando uno encuentra a alguien así se dice “yo con este al fin del mundo” porque sabes que la vida con esa persona será entusiasmante, pero además y sobre todo, porque intuyes que las respuestas que puedes ir encontrando en ese camino serán más definitivas, más verdaderas para la respuesta final que hablábamos antes.

Las grandes preguntas que llevamos dentro, que están en nuestro ADN, no son un producto histórico, delimitado geográficamente, derivado de una cultura en concreto. Anidan el corazón del hombre, de todas las épocas, y a lo largo de toda la vida.

El Canto del Arpista, es un poema compuesto 2600 años antes de Cristo, es decir, que nos separan casi 5000 años del hombre que lo compuso. Él ya se preguntaba por la muerte, por su Destino cuando recitaba:

“Nadie regresó de allá para explicarnos cómo fue su partida, para explicarnos cuál fue su destino, para dar contento a nuestro corazón hasta el momento en que hayamos de partir hacia el lugar al que ellos marcharon”.

Este texto está lleno ya de pronombres interrogativos. Por lo tanto, no se trata de un pasatiempos intelectual de personas posmodernas que no tienen otra cosa que hacer que “comerse la cabeza”. Del Canto del Arpista a Coque Malla que nos queda más cerca, aunque quizá a vosotros os parece también del paleolítico, el cantante de Los Ronaldos en su último disco como solista se pregunta “quiero saber que estoy haciendo aquí, quien es el hombre en el espejo que no se parece nada a mi”. Cinco mil años de pregunta que mira al Cielo, aunque sea con ritmos distintos. Y entre medias, esto lo comprendió a la perfección León Tolstoi, cuando escribió su Confesión. Sus palabras están cargadas de pasión: pensemos que el autor escribe esto cuando ya ha logrado los mayores éxitos (ha escrito Guerra y Paz, y Anna Karenina), y alcanzado la fama y el respeto de sus contemporáneos. Podríamos pensar que quien necesita con tanto éxito preguntarse nada. Pues bien, él dice:

“comenzó a sucederme algo extraño: primero empecé a experimentar momentos de perplejidad; mi vida se detenía, como si no supiera cómo vivir ni qué hacer, y me sentí perdido y caí en la desesperación. ( ) Comprendí que no era un malestar fortuito, sino algo muy serio, y que si se repetían siempre las mismas preguntas era porque había necesidad de contestarlas. Y eso traté de hacer. Las preguntas parecían tan estúpidas, tan simples, tan pueriles Pero en cuanto me enfrenté a ellas y traté de responderlas, me convencí al instante, en primer lugar, de que no eran cuestiones pueriles ni estúpidas, sino las más importantes y profundas de la vida y, en segundo, que por mucho que me empeñara no lograría responderlas”

 Podríamos decir, por lo tanto, que la existencia (¡la nuestra! No os vayáis lejos), es un enigma que no tiene solución.

Dice el filósofo García-Baró que la vida es un Misterio y eso a diferencia de un problema es que se trata de una pasión con la que cargamos toda la vida. Pudiera parecer una angustia pero a la larga es una bendición que hace la vida apasionante y merecedora de ser vivida. Pues bien, estáis a tiempo de dar rienda suelta a la pasión o por el contrario de ser unos escépticos aburridos. El escepticismo siempre es muy aburrido porque no espera nada. A diferencia del asombro, que como nos dice Chesterton es la ilusión de encontrar algo esplendoroso a la vuelta de la esquina. Y eso sólo nos ocurrirá si nos preguntamos las cuestiones más íntimas e insondables que albergamos. No hay solución pero estamos hechos con la necesidad de resolver nuestra existencia. Todo lo que hacemos y tocamos requiere una respuesta. Como si esta vida gritara otra vida.

Las preguntas evidentemente no son una ristra de cuestiones encontradas en manuales de Filosofía. No se trata de levantarnos cada mañana y cuestiornanos “¿de dónde venimos” y “a donde vamos?”. Se trata simplemente de dar voz a aquello que llevamos en nuestro corazón y que nos parece que no se va a solucionar fácilmente con una operación aritmética. A medida que se va viviendo las preguntas van adquiriendo tonalidad y volumen. Así nos preguntamos ¿cómo podré yo enamorar a alguien, es más, a ese alguien!? ¿alguien me puede querer como soy? ¿por qué eso me duele tanto si no es para tanto? ¿por qué no podía apartar la mirada de esas nubes deshaciéndose en cielo…tan bellas!?¿podré tratar a mis padres a la medida de lo que les quiero y no de lo enfadada que parezco siempre con ellos? ¿cuándo haga verdaderamente lo que me de la gana, seré feliz por fin?.... y así hasta comprender que en la respuesta que de en el clavo radica todo el Misterio del cosmos. ¿No merecerá la pena ayudar al conocimiento universal y dar un paso más en esa ciencia que eres tú?

¿De qué os servirá ganar el mundo entero si os perdéis vosotros la oportunidad de dar respuesta ante vuestra existencia, Sino conseguís decir ni una sola palabra de vuestro significado? Se me antoja que la vida es un  camino de sabiduría. Venimos desnudos de ropa y de memoria, sólo con una urgencia: que alguien nos diga qué hacemos aquí. Gritaremos muchas cosas desde que nacemos. Al principio diremos “tengo hambre, mama o tengo sed, papa”, después “quiero un coche teledirigido”, más tarde “me haría falta una moto y… si además tuviera más amigos…”, luego “ojala me vaya bien en la universidad que he elegido”… pero hacedme caso, siempre ha habido la misma pregunta subyacente “¿quién me dará lo que necesito para ser feliz?”. Y a medida que vamos creciendo esta pregunta se hará más sofisticada, más compleja…pero siempre igual “¿alguien me puede decir porque merece la pena estar aquí?”. Y creo que la vida consiste precisamente en eso: en encontrar la respuesta, cada uno la suya, aquí no vale el 2 x 1. Venimos desnudos de todo y nos iremos sin nada nuevamente, sólo una cosa habrá cambiado: saber para que nací. Si lo conseguís, seréis sabios. Y la universidad va de esto. No de acumular conocimientos como el que acumula puntos, sino de aprender a utilizar la herramienta que se nos dio: nuestra razón. Si nos dan los pescados comeremos durante un tiempo, si nos enseñan a utilizar la caña, podremos comer cuando queramos. Si además, nos provocan anhelo de mar, sabremos diferenciar el hambre de pescado del hambre de horizonte y surcar la vida.

Vittoria Maioli es una psicólogo italiana, madre, dedicada a la educación desde hace mucho tiempo. Ella lo expresa mucho mejor en este texto que escribe a su hijo y que a mi me gustaría entregaros. En él se nos expresa el destino de la pregunta, que no es otro que encontrar respuestas que nos vayan sirviendo para vivir. Si no hubiera respuesta, verdaderamente preguntarnos sería una tortura. Dice así:

“¡Tengo sed! Hijo, querría ser para ti una fuente que apaga tu sed. ¿Lo soy? ¿O soy más bien la certeza de que existe una respuesta a tu sed? Esta sed, hijo, te acompaña y hace que seas igual que todos, que todos los miles de hombres que viven, que los miles de hombres que te han precedido, que los miles de hombres que vendrán. ¡Tan igual, tan universal! No puedes separarte ni siquiera por un instante de tu sed. Así desde cero hasta los cien años, con el corazón como un desierto árido sin agua que produce constantemente el deseo de un oasis. Pero tú, niño, me gritas inexorablemente “tengo sed” desde el primer gemido y exiges una respuesta. Eres la imagen del hombre mendigo, herido, árido que exige una respuesta total. Sin respuesta se acaba tu humanidad y tu grandeza. Sin respuesta te deformas, tengas cero o treinta años, o cincuenta, o cien. Sin respuesta ya no eres tú. Requiere constantemente que otro responda. Parece que el objetivo es que al “hacerse mayor respondas solo”. Pero ¡Al contrario!! Al ir creciendo, tu sed se vuelve cada vez más compleja, dramática. Tu sed espero sea implacable e incesante hasta que no encuentre lo que verdaderamente la apaga. También yo tengo sed, hijo mío”. 

Pero, entonces, me preguntaréis (Y esta vez a mí que estoy aquí y no a Maioli) ¿quién  podrá encontrar respuestas? Creo que el método de rastreo está en la realidad. La realidad está escrita y no me refiero a un destino inquebrantable. No creo en una existencia donde hay dioses que tiran de nuestras cuerdas y movemos las extremidades a su antojo. Todos tenemos la experiencia de que nuestra libertad decide y mucho. Metemos la pata hasta el fondo y también algunas veces hacemos la vida bella. No me refiero a esa escritura, sino, y de nuevo, a la del presente. A la que ahora podemos leer mirando de frente las circunstancias. Este código está reservado para los audaces. Si miramos bien iremos comprendiendo su lenguaje. Pero este requiere de las preguntas, que son aquellas que ponen nuestra libertad en pie. Si no queremos, no leeremos nada. Nosotros decidimos. Tú decides. Adelante.

 

 

 

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