Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Flannery O'Connor y el sentido del sufrimiento

Susana Miró

¿Cuál es el sentido del sufrimiento? ¿Tiene de hecho algún sentido, puede tenerlo? Es verdad que cuando se mira el dolor desde fuera, como si se analizara en un laboratorio, podemos atrevernos a dar alguna “explicación”. Pero, bien analizado, este acercamiento es casi sacrílego, porque distorsiona la realidad y hiere a quien sufre. Y, sin embargo, como una exigencia de nuestra naturaleza, no podemos dejar de cuestionarnos acerca de su sentido. Hay quienes, en medio del dolor, han sido capaces de vislumbrar una luz. Más aún, han sabido sacar fuerza de la fragilidad y se han constituido como maestros en “la ciencia del sufrir”. Su testimonio y su palabra pueden iluminar las noches oscuras de otros hombres. 

Uno de estos maestros es la escritora americana Flannery O’Connor (1925-1964). Su obra se fundamenta en un profundo conocimiento del ser humano y en su visión cristiana de las cosas, y permite encontrar cierta luz al misterio del dolor y descubrir que sólo lo Absoluto podría tomar sobre sus espaldas tanto nuestros sufrimientos individuales como los sufrimientos de toda la humanidad, y transformar todo ese dolor en vehículo para que su gracia pueda ser acogida por la naturaleza caída del hombre. Así, O’Connor se dio cuenta de que el sufrimiento presente en la existencia ofrece al hombre la oportunidad de cultivar la misericordia y quizás también levantar ese velo de inmanencia que cubre nuestra época y le impide acercarse a la plenitud para la que fue creado.

La finitud del hombre y la necesidad de encontrar una respuesta al sentido de la existencia humana es una realidad que nos interpela a todos. Y es francamente difícil responder ante estos interrogantes en medio del sufrimiento. Si intentáramos sistematizar el sufrimiento y plantear un método para responder ante el mismo, podríamos hacerlo así: una situación inicial en la que el hombre se cree un ser perfecto; en algún momento de su vida esta situación se altera, por un sufrimiento físico, psíquico o espiritual; surgen así distintas actitudes ante el sufrimiento: –provocarlo, negarlo, huirlo, rendirse, resistirse, dominarlo o transformarlo hasta “vencer el mal con el bien”-; ¿de qué dependen estas actitudes tan diversas? Parece que no dependen tanto de las circunstancias previas del sujeto como del uso de su libertad interior; una libertad interior que a veces, aún en medio del dolor, le permiten al hombre abrirse a la gracia que Dios le tiende.

Es esta visión de O’Connor que nos gustaría compartir con el lector, porque es ahora cuando la escritora americana nos advierte de una cuestión francamente interesante y, es que, una vez aceptada la gracia, el camino sigue siendo doloroso –porque el sufrimiento no desaparece-. ¿Entonces que tiene que decir la fe ante el sufrimiento? Algo fundamental en estas circunstancias y es que el camino que queda por recorrer en este desierto, no se hace solo, si no con un guía al lado: Dios; el hombre se abandona confiado en Él y se llena de ese amor misericordioso -a veces, es consciente de la propia transformación; otras, simplemente clama por el hecho de sentirse abandonado, pero confía en Dios-.

El dolor más intenso es aquel que no encuentra ninguna respuesta a las preguntas; un dolor así puede llegar a destruir a la persona. Miremos por un momento la amarga queja de Job en el AT, pues ni él ni sus amigos tenían la solución a tan gran problema. Pero en el antiguo poema hebreo sucede algo de pronto que cambia las cosas: de modo extraño e inesperado Dios muestra su Presencia y Job la acepta, no porque “responda” y “clarifique” sus interrogantes, sino porque al hacerle entrar de lleno en el misterio, abraza su corazón, lo envuelve y lo llena con su paz.

Esta es también, la reflexión de Flannery O’Connor, aprendió que «ningún mal es totalmente malo», que en medio de su horror hay una «gracia más oscura», una «gracia que corta para sanar», y por eso nos enseña a afrontar los sufrimientos que nos toquen y a vivirlos como ella los vivió: «[…] evil is not simply a problem to be solved, but a mystery to be endured»[1].

[1] Mystery and Manners.Occasional Prose. Selected and edited by Sally and Robert Fitzgerald. Farrar, Straus and Giroux, New York, first paperback edition, 1970, (1ª Ed., 1969), 209.

 

 

Susana Miró es Doctora en Humanidades y profesora de la Universidad Francisco de Vitoria

Nací, como otros hombres, en un trozo de tierra que amo porque allí jugué de niño, allí me enamoré y platiqué con mis amigos en noches celestiales. Y ahora me siento perplejo. ¿Por qué deberían ser una nimiedad esos jardincitos en los que declaramos nuestro amor o esas calles de las que sacamos a nuestros muertos? ¿Por qué tendrían que ser un absurdo? (El Napoleón de Notting Hill. G.K. Chesterton)

Es preciso entender que, en cierta manera, toda pretensión nacionalista se apoya íntegramente sobre una tensión semi-teológica: la resistencia a aceptar la desnaturalización-desacralización del ámbito de convivencia en el que comparece el sentido de la vida humana para entregarlo a una organización mayor que no puede comprender de manera alguna su profundidad. Cuando lo que la experiencia personal exigiría es proclamar: "descálzate, pues el suelo que pisas es sagrado" (Ex. 3:5) , lo que a menudo se nos ofrece es la imagen de una justicia "ciega" que sirve tanto para resolver un conflicto contractual como para avalar que el suelo "sagrado" se expropie para hacer una autopista.

No es extraño que existiera en la Antigüedad la devoción a los "dioses del hogar" (los penates), pues hay algo de salvaje, arcano, profundo e incomprensible -acaso divino- en aquella realidad que experimentamos de forma tan inmediata que llega a hacérsenos familiar, sin dejar por ello de ser incontrolable. Frente a la desvalorización de todo que representa el Estado, lo ordinario esconde un valor por el que nos levantamos cada mañana para entregar la vida. No es sino por lo más corriente de todo, nuestra familia, por lo que estaríamos dispuestos a emprender la más épica de las batallas.

—¡Oh, Reyes, Reyes! —exclamó con desprecio—. Declararíais la guerra por una frontera o por los aranceles de un puerto extranjero, derramarías sangre por los derechos de aduana sobre el encaje o por el saludo a un almirante. En cambio, en las cosas que hacen la vida digna o miserable, ¡cuán humanos sois! Declaro aquí, y sé muy bien lo que me digo, que jamás ha habido guerras necesarias amén de las religiosas. Que nunca ha habido guerras justas amén de las religiosas. Que nunca ha habido guerras humanas amén de las religiosas. Pues aquellos hombres luchaban por algo que al menos perseguía la felicidad y la virtud de su prójimo.(El Napoleón de Notting Hill. G.K. Chesterton)

La cuestión es tremendamente compleja, porque nada explica que lo estatal tenga que entrar de forma necesaria en contradicción con lo ordinario, siempre y cuando se limite a ordenar y garantizar aquellas necesidades que esto, por su propia naturaleza, no alcanza a generar. Tampoco se entiende claramente por qué razón una serie de cotidianeidades que nos son, como poco, secundariamente familiares tienen que ser por fuerza una amenaza para la propia, en lugar del don de una familia extensa. Igualmente, no se comprende en qué medida una población de 7 millones de personas puede constituir un "nosotros" cercano. Y, sobre todo, a la luz de la historia de nuestra democracia, no se alcanza a vislumbrar de qué manera, si no es por medio del engaño y de la manipulación, cientos de miles de personas han sentido en su fuero interno una amenaza a esa cotidianeidad colectiva de sentido que en su imaginación teopolítica constituye Cataluña. ¿No ha sido la mano del Estado más laxa y delicada con Cataluña que con cualquier otra región?

Quizás la clave se encuentre en la orientación del moderno sentido religioso de las sociedades secularizadas. Un sentido religioso que no es ya una aspiración a abrazarlo todo -a pasar de la selva mundana de lo desconocido a la familiaridad del jardín del Edén- de quien está en el mundo siendo amado por un Padre, sino un retorno al terror totémico: al miedo a lo desconocido, a la libertad propia y, sobre todo, a la libertad del otro. Pues solo en la esperanza de que el otro es un bien puede el hombre tejer junto a otros hombres los lazos de una convivencia que vaya más allá del mero intercambio o de la competencia, y que, a través del afecto, sea capaz de inaugurar ese ámbito donde comparecen en perfecta armonía lo ordinario y lo sagrado.

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